02/04/2020

El hoyo: una analogía entre cínica y confusa sobre el reparto de la riqueza

Se trata de uno de los últimos lanzamientos de la plataforma de Netflix que se ha convertido en un éxito entre los espectadores, en tiempos de pandemia y crisis mundial. “El hoyo”, película del director vasco Galder Gaztelu-Urrutia, ha despertado distintos debates sobre la sociedad, la riqueza, la solidaridad, el capitalismo y el socialismo.


La película se centra en la historia de Goreng, quien despierta en una moderna edificación vertical, al estilo de una prisión, con habitaciones cuadradas, y con un hoyo en el medio que conecta los distintos niveles de una instalación que parece tornarse interminable, tanto hacia arriba como hacia abajo. Lo acompaña un compañero de piso llamado Trimagasi, que al poco tiempo le irá explicando la dinámica del lugar.


Cada nivel cuenta con dos compañeros de piso, que son seleccionados aleatoriamente, pero que una vez asignados deben permanecer juntos, a menos que uno de ellos muera o cumpla su período. La mayoría ha ingresado al lugar voluntariamente; para evadirse de penar en una instalación carcelaria o a cambio de algún beneficio del Estado. La institución que regentea el edificio, denominada “La Administración”, parece depender o vender sus servicios al Estado, aunque no se especifica.


 



 


La numeración de cada nivel es uno de los factores más importantes de esta unidad social distópica. Resulta que la comida se entrega solo una vez al día, por medio de una plataforma flotante que recorre todos los pisos y que inicia desde el Nivel 0 repleta de comida. Allí cada quien devora lo que puede durante el momento que la plataforma recorre su nivel, lo que implica que los primeros pisos puedan darse una panzada mientras que a los más bajos no llega alimento alguno. Está prohibido tomar y guardar alimentos para más tarde: solo se puede comer cuando la plataforma se encuentra en el nivel. Pasado un mes, los huéspedes del edificio son cambiados aleatoriamente de nivel, lo que puede implicar un mes de abundancia (en los niveles de arriba con numeración más baja) o una casi sentencia de muerte (en los de alta numeración de abajo).


Por último, cada habitante puede seleccionar una pertenencia, de cualquier orden, con la cual ingresar al lugar. Goreng ha seleccionado una copia del libro del Quijote, mientras su compañero ha pensado mejor en un cuchillo.


Capitalismo idealizado


Goreng no demora en corroborar que el sistema, tal como está diseñado, no funciona. En efecto, quienes se encuentran en los primeros niveles devoran vorazmente todo lo que pueden y aún más; los del medio llegan a recibir alguna parte del banquete (maltratado y corrompido por los de arriba), y para los de abajo no hay nada. Esto genera en los de abajo todo tipo de reacción adversa, desde el suicidio al canibalismo. Ante la sola idea de racionar la comida, Goreng es tildado por su compañero de comunista, quien a su vez le advierte que “los de arriba no escucharán” y que “los de abajo están abajo”.


Este funcionamiento nos induce a pensar una crítica al sistema capitalista, donde la riqueza social no es distribuida de manera equitativa sino acorde a la ubicación social de cada individuo. Es el carácter que le ha atribuido la crítica a la película, aunque el director no se haga cargo de tanto.


Lo cierto es que la dinámica de este laboratorio humano dista mucho de funcionar como analogía del actual régimen social. Por ejemplo, la riqueza total se compone de la comida justa -si todos comiesen lo indispensable- para la supervivencia de los huéspedes, mientras que el capitalismo es un régimen aún más perverso, que le niega a la enorme mayoría de la humanidad una producción que excede por lejos las necesidades inmediatas.


Otro punto controvertido es que los grupos sociales de El Hoyo cambian periódicamente de lugar, lo que más que una crítica al capitalismo parece repetir uno de sus más viejos baluartes ideológicos: que todos eventualmente podemos estar al tope de la jerarquía. Lo que ha señalado la crítica marxista y demostrado la historia es más bien todo lo contrario: la tendencia al derrumbe del capital, su centralización y concentración en menos manos y una mayor proletarización del conjunto de la humanidad. Los de abajo no llegan arriba, y menos por azar.


Como analogía, parece sufrir todos los defectos de una mirada ceñida a la distribución de la riqueza, que Marx demoliese al demostrar que el corazón de la cuestión social no está en la esfera de la distribución sino en la de la producción. Así, los grupos de El hoyo distan de las clases sociales, no solo por su ubicación cambiante, sino porque allí nadie trabaja y nadie se queda con el fruto del trabajo ajeno.



La “naturaleza humana” y el Estado


El concepto fuerte que nos ofrece la película es acerca de una supuesta naturaleza perversa y egoísta del ser humano, que no está dispuesto a colaborar, ni aunque eso signifique que mañana podría verse perjudicado por sus propias acciones. Goreng y otros personajes pujan por una sociedad más justa, que a la mayoría no le interesa.


Uno de los protagonistas justifica sus acciones bajo la premisa de que los de arriba lo obligan, como si no le hubieran dejado otra opción. El director de El hoyo, Galder Gaztelu-Urrutia, solo tiene para agregar, como lo hizo en una entrevista, que “todos somos egoístas, y hay otros que son más egoístas. Y les usamos como excusa”.


Circunstancias de la película ubican a Goreng en la posición de idear un plan con el propósito de romper con el statu quo: si cada quien toma solamente su ración habrá alimento suficiente para todos. Pero sus reflexiones lo han llevado a dos conclusiones forzadas: no es posible crear una conciencia solidaria, y los de arriba son inalcanzables. La proeza de Goreng estará signada por imponer un reparto justo de la riqueza por medio de la fuerza y contra los de abajo. Algunos ubican este acto en los marcos de una socialización forzosa de tipo comunista, donde lo que escasea se raciona por el empleo la fuerza; sin embargo, representa todo lo contrario.


Goreng simboliza más bien al Estado. No es el pueblo subvirtiendo el orden y a sus reglas; es el Leviatán domando los “instintos egoístas” del humano salvaje. No hay incitación a la rebelión, sino a un poder que se erija por sobre los hambrientos.


El hoyo realiza un cuestionamiento difuso de la sociedad, donde La Administración parece no tener culpa alguna y donde todos somos individualmente responsables. No existe forma de alcanzar una conciencia superior. El ser humano necesita ser aleccionado. En tiempos de crisis mundial y de grandes penurias de la población, es una señal que refuerza la tutela del Estado, capitalista, más o menos benefactor, por sobre las masas hambrientas. Manifiesta una clara desconfianza a la capacidad del pueblo trabajador de organizar una salida propia del hoyo al cual lo somete el actual régimen capitalista y sus consecuencias devastadoras.

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