31/05/2021

“Harvey” de Emma Cline: Megalomanía, patetismo y superficialidad en el ocaso de un depredador sexual

Una novela de un realismo crudo e impactante

“El día siguiente a estas horas lo sabría todo. Bueno, no exactamente a estas horas, más bien hacia las diez, pero, en cualquier caso, estaría todo decidido. Examinó las posibilidades en un intento de calibrar las evidencias de un modo u otro. Pero ¿qué opción habría?: creía, con toda sinceridad, que lo absolverían. ¿Cómo no lo iban a absolver? Estábamos en América”.

El textual pertenece a las primeras páginas de Harvey, la breve novela editada recientemente por Anagrama, en la que la escritora Emma Cline relata en clave de ficción cómo vivió Harvey Weinstein, un productor de cine estadounidense acusado de violación y abuso sexual, el desenlace de las 24 horas previas a conocerse la sentencia del juicio en el que obtuvo una condena de 23 años de prisión por los cargos que se le imputaban.

La cita condensa lo fundamental del libro en cuanto a contenido y forma: es un recorrido por las maneras en que se expresa la omnipotencia de la mente de un sujeto que examina, calibra y, fundamentalmente, se sabe inocente no por el hecho de serlo sino a partir de su propia creencia, encarnada en él y en su contexto. Después de todo, es uno de los fieles representantes del sueño americano: una de las personalizaciones del ‘self-made man’ que tantas veces habían reproducido las luces de ese Hollywood que no solo lo alumbraron sino que, en gran parte, le pertenecían en su carácter de superproductor.

Cline elige una forma seca, corta y dura para mostrar (y no contar) ese proceso, y el resultado es la edificación de una lograda verosimilitud. Si bien es ficción -y hasta se cuidan detalles como no mencionar el apellido- el efecto de lectura es de un realismo que, a veces, hasta impacta: estamos frente a Weinstein y es muy probable que él haya actuado así en ese momento.

Una superficial megalomanía patética

Cline ya había visitado la zona de la complejidad psicológica de personajes construidos por ella en ficciones montadas sobre hechos terribles y oscuros. Su debut literario fue con Las Chicas, novela en la que logra retratar de un modo atrapante los complejos procesos del hacerse adulto para unas adolescentes en tiempos de comunas, líderes carismáticos e idealismo hippie. Esas chicas terminan formando parte de la carnicería de Charles Manson y su clan.

En Harvey, Cline no alcanza ni la profundidad en la descripción de acciones y procesos que hay en Las Chicas ni el desarrollo de su densidad narrativa. Elige no hacerlo. Harvey es un personaje bastante menos profundo, no tiene tantas aristas: es un buen hijo del patriarcado burgués pasando por una etapa decadente, y un depredador sexual que en el aquí y ahora de la novela se encuentra recluido y así aparece en la misma. No hay derivas existenciales ni jugueteos ‘psicologizantes’; hay un hombre en tiempo y espacio que actúa, y podemos inferir (como lo sugiere la ficción) en cómo lo hacen esos hombres. Pero el relato lo describe -y este es otro logro- en su complejidad sin remarcar nada, sin subrayar ni valorar, lo que vuelve más preciso ese retrato.

Harvey se levanta, le duele la espalda, desayuna y pone el foco en el jurado número 5, ese que se cruza de brazos cuando testimonian mujeres. El gesto le permite a él leer cierta complicidad misógina tan necesaria para ese momento. Pero hay más: ese resentimiento de trabajador podría también volcarlo a su favor. Así parece haber vivido Harvey: leyendo indicios, buscando, escudriñando, descubriendo puntos débiles para lograr sus cometidos. Ese andar de cazador reaparece en la espera de la sentencia en su versión farsesca, la trágica lo llevó a juicio.

Hay otros elementos en la ficción que construyen el narcisismo y la megalomanía: se busca en internet compulsivamente. No elude lo que dicen de él, le importa y se aferra al comentario de un tal “Maverick1973” que, después de criticar a las mujeres denunciantes, destaca que Harvey hizo lo que cualquiera hubiera hecho: aprovechar la situación frente a lo que ellas querían obtener de él. Ese solo mensaje le sirve para llegar a la conclusión de un apoyo popular que estaría recibiendo. Se sabía víctima de “un intento de aniquilación” que él experimentaba como un “intento de magnicidio” y entendía que la gente estaba con él. Lo interesante es que ese modo de actuar no era tanto una negación personal de la realidad sino más bien todo lo contrario: una afirmación.

Afirmaciones y sentencias

La novela destaca un detalle de enorme importancia casi al pasar. Por supuesto que la caída en desgracia de Harvey tuvo como consecuencia que mucha gente se alejara, pero también que otra no lo hiciera e, incluso, que nuevas personas se acercaran a él. Siempre una sociedad descompuesta tiene lugar para uno de sus más fieles representantes. Weinstein fue amparado por su clase social; de hecho, la espera de la condena se produjo en una casa de campo cedida por esa gente que “corrió a llenar el vacío” y que hasta “le dejaron consultar con los abogados de la familia”. Es, justamente, a partir de esos detalles o indicios que Cline permite que la lectura haga la crítica.

La novela tiene un innegable sentido de la oportunidad. La condena a Weinstein y el eco del Me Too (Yo También), un movimiento generado en Estados Unidos a partir de sus agresiones sexuales que motorizó a las mujeres a denunciar las sufridas en carne propia, que tuvo su expresión en Argentina con el Mirá Como Nos Ponemos y la denuncia de Thelma Fardín contra Juan Darthés, resuenan como una clara elección marketinera.

Que sea muy breve y que haya sido Cline la elegida también apuntan en ese sentido. Sin embargo, tiene muchas cosas a favor en cuanto a lo que elude de lo esperable sobre el tema (relata un solo caso de ataque sexual y lo hace enfocando en la situación previa y en el entorno de Weinstein que los favorecía), a lo que enfrenta y al modo de hacerlo a partir de indicios y detalles. El mayor de ellos seguramente sea el plan faraónico que Weinstein edificó en su mente durante este corto tiempo que cuenta la novela luego de descubrir (o imaginar, da lo mismo) que su vecino era el escritor Don Delillo, autor de una novela inadaptable al cine como Ruido de fondo, pero que él decidió llevar a la pantalla grande. Ambición desmedida y un plan irrealizable para recuperar el prestigio son el modo en el que el Weinstein de Cline, que para caminar debe servirse de un andador, procesa su situación, no negando lo que le está sucediendo, sino afirmando lo que es y lo que está siendo.

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