15/09/2020

Hater: el arte de la manipulación y la exculpación del Estado

Situada en la ciudad polaca de Varsovia, Hater («Odiador») nos ofrece una reflexión acerca de la manipulación y el control de la opinión pública, desde la óptica del protagonista de una ficción que revela los entretelones de las Fake News y la industria de los trolls.

En la película recientemente difundida por Netflix, la historia de Tomas trata de presentarse como la comunión entre el derrumbe personal del protagonista y el acceso a un empleo en el mercado de las «relaciones públicas» -que más bien asume la forma de una empresa hostil de sabotaje y manipulación al servicio del mejor postor: sea en el terreno comercial o incluso en el político.

Divulgación de información falsa, mensajes de odio, campañas ficticias, cuentas truchas, provocaciones, filtración de información: todo esto y más es parte del repertorio de herramientas con los que actúan los profesionales de la manipulación. Lo que en nuestro país se conocería como un «call center de trolls», y que en el pasado ha llegado incluso a dejar en ridículo a un ex mandatario.

La película adquiere dinamismo cuando a Tomas se le asigna la tarea de restarle puntos al candidato socialdemócrata a la alcaldía de Varsovia. El protagonista pondrá todo su empeño profesional y personal en resolver su tarea, incluso valiéndose de su propio entorno familiar para asegurar su resultado.

De esta forma, la trama acentuará el foco en la naturaleza vil, cínica y decadente de su principal personaje, proyectada al máximo por un negocio para el cual no importan los medios sino los resultados. La propia jefa de Tomas tiene como fuente de inspiración las enseñanzas del estratega militar chino Sun Tzu, plasmadas en su conocida obra El arte de la guerra, de lo cual se valerá Tomas para reforzar sus instrumentos de manipulación.

Hater vuelve a machacar sobre un tema de suma actualidad y recurrente en los últimos años: el control de la opinión pública y la utilización de las redes sociales como un medio para consumar las aspiraciones de uno u otro sector del capital o del que mejor se desenvuelva en este «juego».

Sin embargo, oculta la verdadera dinámica de estos acontecimientos en la realidad. La figura cínica, despolitizada, carente de principios e ideales de Tomas sirve como pretexto perfecto para exculpar al Estado de estas prácticas e incluso a las propias «empresas de trolls», las cuales -se figura- actuarían bajo ciertos límites éticos. Así el daño sería la consecuencia de una expresión deformada, extrema, del capitalismo, y no de su naturaleza intrínseca: la opresión de clases, garantizada y reforzada por el Estado.

En la vida real es el propio Estado el que infiltra a las organizaciones políticas y militantes; el que sabotea movilizaciones o monta provocaciones; desde donde se pinchan los teléfonos y se compila información de referentes u organizaciones opositoras. Son los propios servicios de inteligencia o las fuerzas de seguridad las que actúan con el manual del hater, el troll o El arte de la guerra. Para ello basta con recordar el Proyecto X de la “seguridad democrática” de Nilda Garré bajo el kirchnerismo, o la crisis de escuchas ilegales de la AFI y Gustavo Arribas bajo el macrismo.

Que se trate de una producción situada en una ex República Soviética tampoco es casual, ya que supone una «mayor debilidad institucional» y la combinación de una reciente sociedad capitalista con elementos del pasado estalinista. Lo cierto es que son las propias metrópolis imperialistas los escenarios donde más operan estos grupos de desinformación, y donde el Estado más ha avanzado en estas prácticas de manipulación -desde el descrédito de las denuncias ambientales hasta las operaciones mediáticas para respaldar la invasión a países considerados «enemigos».

Más allá de cualquier emprendimiento privado con algunas computadoras y empleados, los principales centros de manipulación se encuentran en los subsuelos de la estructura represiva del Estado, para ser utilizados contra el pueblo trabajador en todo momento.

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