16/09/2020

Una excelente noticia editorial: salió la traducción rioplatense de Kronos, de Witold Gombrowicz

Un diario íntimo, sintético y confesional del irreverente autor polaco, que viviera en Argentina entre 1939 y 1963.

Salió a la venta hace pocos días la versión en castellano de Kronos, del autor polaco -y residente por largos años en Argentina- Witold Gombrowicz.

Editado por Cuenco del Plata y traducido al español rioplatense por Pau Freixa y a Bożena Zaboklicka, es un diario íntimo, sintético, confesional que comenzó a escribir en Francia en 1966.

Se trata de un material distinto al Diario que escribió mensualmente desde 1953 hasta su muerte en 1969 en Kultura (revista de la emigración polaca con salida en París) y que la misma Cuenco del Plata publicase en 2017 en Argentina, donde había una prosa cuidada que apuntaba a construir una imagen, a convertirse en su propio director de escena -según contaba Gombrowicz al director de dicha revista.

Ya en las palabras preliminares de aquel Diario, el autor advertía que prefería no incluir un material más íntimo. “Quizás algún día… más adelante”, dice Gombrowicz. Este material es Kronos, un registro cotidiano ordenado cronológicamente, en que se expone en miniatura, con una prosa telegráfica, todo un mundo a razón de dos páginas por año: desde 1922 a 1969. Exhibe de manera descarnada y lacónica su sexualidad, enfermedades (tuvo muchas), sus contradicciones: la máquina witoldiana a piel viva.

Puede que haya dos formas ideales de leer Kronos -y en el medio una cantidad infinita. Una es como “corresponde”, sin pasar por alto ninguna nota al pie. Dada la cantidad de aclaraciones y referencias, por momentos el texto es devorado por estas notas, como en el cuento de Rodolfo Walsh. En el otro extremo está la posibilidad de leerlo salteándolas. De cualquier forma, encarar una primera lectura de Gombro por Kronos a lo mejor no es lo ideal (Trans-Atlántico es quizás  más amigable), pero como lo ideal no existe, que se haga a experiencia. No obstante la persona que mejor conoce su obra, Rita Gombrowicz, dice en el prólogo que “se puede leer Diario sin Kronos pero no al revés”.

Quién fue Witoldo

Invitado, como joven escritor, a la inauguración de una empresa naviera que conectaba Polonia y Argentina, llega a Buenos Aires en agosto del 1939, en el momento en que se firma el pacto de no agresión germano-soviético (tras lo cual, días después, Alemania invade Polonia). Se queda en Argentina hasta 1963. En nuestro país produjo lo mejor de su obra.

Ignorado por Borges y el “círculo rojo” de la revista Sur (dirigida por Victoria Ocampo), establece algunas relaciones (Mastronardi, Galvez);  pero es en la bruma del café Rex, sobre la calle Corrientes, donde encontró un primer grupo de aspirantes y se produce un verdadero milagro literario. Con un limitadísimo conocimiento de polaco, este grupo se embarcó en la demencial tarea de traducir la novela de Ferdydurke, de Gombrowicz, con la ayuda de este, con escaso conocimiento de español y cuya elección de palabras se hace por enamoramiento sonoro y no por significación. En un ensayo titulado «¿Existe la novela argentina? Borges y Gombrowicz», Ricardo Piglia dice que conoce pocas experiencias literarias tan extravagantes y significativas, en referencia a la traducción de Ferdydurke. Una parte de la misma se publica en la revista Papeles de Buenos Aires a cargo del hijo del Macedonio Fernández, Adolfo de Obieta.

El (no) conde del café Rex

Se hizo llamar, sin serlo, conde (“teléfono para el conde Gombrowicz”, interrumpe el mozo del café Rex, mientras el polaco juega ajedrez), hasta que su grupo de seguidores supo por Los hermanos Karamazov de Dostoyevski que cualquier polaco fuera de Polonia se hacía llamar Conde; en el Diario, narra la indignación de sus seguidores. No obstante Witoldo replica que prefiere “ser considerado un conde tout court antes que un conde de las bellas artes, un marqués del intelecto y un príncipe de las letras”.

En 1958, por sus afecciones respiratorias, escapa de la humedad porteña y se instala en Tandil. Al llegar, se acerca a la redacción de un diario local alegando ser un escritor extranjero y pregunta si hay alguien inteligente en Tandil, que valiera la pena conocer. Inmediatamente percibe que no había acertado con la pregunta.

Martín Kohan, en una intervención en el Congreso Gombrowicz, en el 2015, retrata diez escenas de la irreverencia gombriowicziana, entre las que comenta la del diario de Tandil y suma otras de igual atractivo. Las anécdotas son leídas por Kohan como escenas que buscan contradecir, incomodar, irritar. Sólo en la incomodidad Witold se siente cómodo.

En Tandil conoce otro grupo de seguidores jóvenes que habían leído Ferdydurke. Al parecer en un bar de la ciudad serrana, rodeado por el nuevo grupo, escribe el nombre de su novela en un papel; Jorge Di Paola (considerado el próximo de sus herederos literarios) lo agarra y lee  “Ferdydurke, sí lo leimos”. Eufórico Witoldo aclama “¡un lector en la Pampa Salvaje!”

Alan Pauls dice a propósito del Diario que “en el fondo de sus dramas se escucha una queja banal, un llantito de hijo único, un berrinche que llama al sopapo”. Y agrega: “en parte porque esas performances de insoportabilidad están a la vista, exhibidas, puestas en escena, montadas, y con un grado de sofisticación que ya quisiera cualquiera para sus encantos, y porque, infantiles como son, tienen una eficacia extraordinaria: una vez saboteado por Gombrowicz, el mundo -la literatura, sin duda, pero también “la vida”- ya no es el mismo” (Télam, 1/9/17).

Evocando incomodidad y exageración, desde la trinchera del diletantismo, Gombrowicz apunta nuevamente sus cañones desde su fibra más íntima para modificarnos, una vez más, como lectores.

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