05/05/2021

Mary Lou Williams, una pianista a la que el blues jamás abandonó

Por su condición de mujer instrumentista y compositora se forjó una inestimable reputación de pionera.

Una niña negra de tres años de edad encaramada al regazo de su madre para alcanzar las teclas de un órgano y arrancarle algunas notas sueltas que sin embargo ya buscaban conjugarse en una melodía identificable. Tal es la estampa primigenia de una autodidacta brillante, la pianista Mary Lou Williams (su nombre original era Mary Elfrieda Scruggs, y tomó el apellido Williams de un saxofonista con el que estuvo casada entre 1926 y 1940). Encontrándose la enseñanza académica totalmente vedada a alguien que portaba un color de piel del que el crimen segregador hizo uno de sus objetos odiosos, prestó oído a los arrullos de una sonoridad íntima, heredada, y aprendió ensamblando las distintas entonaciones de las músicas tradicionales de su comunidad de procedencia y de pertenencia. Después, siendo todavía muy pequeña, empezó a concurrir, custodiada por varios de sus nueve hermanastros, a las matinés que se organizaban en las residencias señoriales de la ciudad de Pittsburgh, donde se la contrataba para que ejecutara piezas que permitiesen que se sostenga una atmósfera amena. Ayudaba de paso a la economía de supervivencia familiar.

Debió vérselas además con el machismo, tan naturalizado en esa época como la compacta humareda de tabaco dentro de los clubes nocturnos. A fines de la década de 1920, siguiendo a su primer esposo, rezagó su propia carrera; él fue convocado para que se integrara a la banda que dirigía Andy Kirk, cuyos «shows» se llevaban a cabo en el estado de Kansas, mientras que a ella se le asignó el rol forzoso de chofer del automóvil en el que se trasladaba el conjunto.

Que quede claro: allanarle el camino a su deseo no le resultó tarea sencilla. Pero, al igual que la trombonista Melba Liston o la arpista Dorothy Ashby, se forjó, por su condición de mujer instrumentista y compositora, una inestimable reputación de pionera. Desembozada e hipócritamente, el denominado «American dream» suele vanagloriarse de estas epopeyas individuales.

 

Decidida a avanzar en solitario (luego contrajo otra vez matrimonio, una unión que duró poco, con el trompetista Shorty Baker) y asentada en Nueva York, impartió clases particulares como un modo de parar la olla. Tuvo entre sus fascinados alumnos a Thelonious Monk, a Richie Powell (el hermano menor, también pianista, de Bud, que murió junto con su jovencísima pareja y Clifford Brown en el trágico accidente de tránsito acaecido el 26 de junio de 1956), a Charlie Parker y a Miles Davis.

Si bien en el fuentón de las creaciones de Mary Lou Williams bullía la palmaria expresividad del «ragtime» y del «boogie», e inclusive la emoción del góspel o de los «spirituals», a través de Benny Goodman estrechó los lazos que la conectaron a la era del «swing» y mediante sus colaboraciones con Dizzy Gillespie participó de la generación «bebopper». Nunca se mantuvo impasible ante la radicalidad ascendente de las exploraciones artísticas que se desarrollaron desde el período de entreguerras hasta casi culminar los años setenta (impulsos vanguardistas que el londinense David Toop detalla rigurosamente en su monumental libro «En el maelström»). Lo testimonia el concierto a dos pianos que compartió con el extremoso Cecil Taylor, publicado en 1978 bajo el título de «Embraced». A que esta perspectiva se considere válida aporta asimismo «Music for Peace», un álbum que elaboró como una reacción a las revueltas políticas que en 1969 conmocionaron a toda Kenia tras el asesinato de un legislador, identificado con la fracción de la etnia Lou, llamado Tom Mboya.

Su biografía no se muestra exenta de retraimiento y cavilaciones. Una noche de 1954, durante su estadía parisina -coincidente con el momento en que muchas figuras del jazz norteamericano migraron hacia «la urbe de la luz»-, interrumpió de golpe y porrazo una actuación en vivo, arguyendo sentirse asqueada del oropel que revestía la vanidad de los escenarios. En pos de lograr el grado máximo de una austeridad solidaria, por ejemplo, dispuso que en el departamento que poseía en el barrio neoyorquino de Harlem pernoctaran personas sin techo. No se trató del despojarse de lo fútil y largarse a la ruta que promovía en aquellos tiempos el movimiento literario «beatnik»; lo suyo respondió a una alunada revelación religiosa, de la que creyó obtener la cura del abatimiento anímico -al que se sumaban numerosos problemas de dinero- que la agotaba.

Nació el 8 de mayo de 1910 y falleció -a causa de un cáncer de vejiga- en 1981, el 28 del mismo mes. Se cumplen, por lo tanto y respectivamente, 111 y 40 años, algo que la ubica quizá en un punto de referencia demasiado remoto. Aun así, la cualidad imperecedera e indomable del blues continúa diciendo presente en su disco «Zoning», un trabajo de atrapante «groove» que grabó en 1974 acompañada por los contrabajistas Bob Cranshaw y Milton Suggs, el baterista Mickey Roker, el percusionista Tony Waters y la pianista de formación clásica Zita Carno. Algo siempre novedoso se redescubre con la escucha de la obra de Mary Lou Williams.

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