07/05/2020

Murió Florian Schneider, profeta de la rebelión de las máquinas

Integrante de la emblemática Kraftwerk, fue una figura clave de la revolución electrónica de la música.

Sintetizadores, cajas de ritmo, samplers, synthpop, house, minimal wave, techno, hip hop, raves, trance, trap, etc.


Todas ellas palabras familiarizadas hoy en la música, la juventud y la cultura popular, y que en este mundo digitalizado se han convertido en parte de lo cotidiano. Conceptos que alguna vez fueron parte de una generación que, en el ayer, trato de imaginar los sonidos del futuro y que hoy, en ese mismo futuro idílico, despide a uno de sus más pioneros creativos, Florian Schneider, el cofundador de la banda alemana Kraftwerk.


Su muerte, ocurrida hace una semana y mantenida en reserva por familiares con el mismo hermetismo con el que transcurrió su vida artística, ha conmovido tanto a las generaciones que vivieron a Kraftwerk como un fenómeno vanguardista e influyente, a las que la experimentaron como un simple mainstream de boliche y a quienes la evocan como una banda de culto que logró hacer de las máquinas herramientas para la creación de un arte de masas.


La rebelión de las máquinas


Originario de Düsseldorf e hijo del arquitecto responsable del aeropuerto de Cologne, Schneider comienza a fines de los 60´s a desarrollar proyectos relacionados a la experimentación musical. El primero fue en el dúo Pissoff en 1968, y en 1969 fundó la banda de rock progresivo Organisation, la cual compartió con Ralf Hütter, también cofundador de Kraftwerk  A pesar de ser el embrión de esta, nada parecía indicar esa tecnofilia ultra modernista por la que se conocería a estos artistas años después: en ese entonces su propuesta se acercaba más a un Jam psicodélico de instrumentos como el violín, el triángulo, los órganos y las guitarras, con Florian destacándose en la flauta traversa.


En esa década la extinta República Federal de Alemania vivía el apogeo de la llamada “Wirtschaftswunder“, el “milagro económico alemán”. Los supuestos “treinta años gloriosos del capitalismo“ habían logrado, gracias a la ruina y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, erigir una Alemania dividida con una tasa de crecimiento económico anual del 7%, transformado al país bávaro en la principal potencia económica de Europa, con una sociedad obsesionada con olvidar su pasado nazi y reconstruirse desde cero, enfocada en el consumo material, la moral y las buenas costumbres.


Inclusive la propia música pop alemana respondía a estos estandartes como lo fue el Schlager, un género que se asemejaba a propuestas pasatistas y cursis más propias a un Palito Ortega -o directamente con grupos que buscaban copiar, sin mucho éxito, a los Beatles.


Fue en este contexto donde la juventud alemana, conmovida por las convulsiones políticas y sociales del Mayo Francés, decidió que también debía reconstruir desde cero una nueva identidad musical, no para tapar el pasado alemán, sino para trascenderlo.


Identidad que inclusive miraría más allá del rock and roll anglosajón, para así crear uno de los más originales e intransigentes géneros musicales de los 70´s: el Krautrock.


Bandas como Neu!, Can, Popol Vuh, Faust, Gurú Gurú, Amón Duul y el propio Kraftwerk lograrían transcender al rock and roll más allá de los pantanos de los clásicos acordes bluseros del Misisipi; despojándolo de todo tipo de localismos e incluso, si fuera necesario, tomando como fuente de inspiración la vida industrial -con sonidos de mezcladoras de cemento y bloques de hormigón- hasta el propio espacio exterior.


Sin límites


Esta necesidad de crear nuevos sonidos inexistentes llevarían a Schneider y Hütter a ir incluso más lejos que el krautrock, al cual estaba en un principio arraigada la banda, replanteando el formato de la misma y hasta creando sus propios instrumentos para lograrlo.


Fue a partir de su segundo disco Autobahn (1974) donde sucedería ese punto de inflexión en el grupo, desechando por completo las guitarras eléctricas y las baterías para darle todo el protagonismo a los sintetizadores, las cajas de ritmos y los vocoder.


Junto a este nuevo paradigma, el look de la banda también mutaría hacia elegantes ropas de alta costura y pelos cortos. Toda una fingida performance irónica sobre la placidez burguesa del progreso de la Alemania de posguerra, con el propósito de mostrar -de forma cruda y ácida- los efectos que generan los avances tecnológicos, el crecimiento de las sociedades industrializadas y el desarrollo de la cultura del entretenimiento, creando una imagen de humanos sintéticos, fríos y programados como robots -casi una alegoría de la alienación humana en la sociedad capitalista.


El milagro alemán


A partir de la segunda mitad de los ‘70, Kraftwerk y el propio Florian se ganarían el respeto en una escena musical aún regida por el virtuosismo y las grandes producciones, que contrastaban con el bajo perfil de la banda y su devoto minimalismo. Para ese momento comenzaban a aparecer en el resto de Europa músicos que emularían los pasos de la banda, como Jean Michel Jarre, Giorgio Moroder, Klauss Schulze y Vangelis. El propio David Bowie, en su “etapa berlinesa”. le dedicaría un tema a Florian en su disco Heroes (1977).


Pero no sería hasta 1979 y en el país “tabú” del movimiento Krautrock, Inglaterra, donde el “hazlo tú mismo” -el cual había estremecido a la isla dos años antes con el punk- llegaría a la música electrónica. El avance tecnológico había logrado simplificar los primeros sintetizadores, dignos de un laboratorio de ingeniería y por demás costosos, en pequeñas unidades no más grandes ni caras que una guitarra eléctrica. Fue en ese contexto donde una juventud tan inconformista y vacía como su par alemana diez años antes, había encontrado en los minimoog, los Roland y los Korg la posibilidad de hacer catarsis, dando así vida a una generación de músicos que moldearon los ‘80 como Human League, Visage, Depeche Mode, Gary Numan, New Order, Suicide y Pet Shop Boys.


Había ocurrido el verdadero milagro y Alemania volvía a ser parte de Europa y del mundo.


El futuro llegó, hace rato…


La extraordinaria progresión creativa de la música electrónica  a partir de los ‘90 quedará siempre vinculada a la obra de Kraftwerk: fueron y son el punto de partida para la posterior digitalización de la música y el primer grupo que proyectó de manera convencida a las máquinas como herramienta de creación de un arte de masas.


Si miramos todo nuestro alrededor, prácticamente nuestras vidas están íntimamente ligadas con lo electrónico, y más en estos tiempos de pandemia y distanciamiento social.


Finalmente ese futuro imaginado en los ‘70 nos alcanzó.


Y aunque Florian Schneider llevaba más de 10 años fuera de la banda, fue esa energía y esa obsesión por el sonido, junto a la de Hütter, la que logró que el milagro de la juventud alemana de los 60’s y 70’s cambiara la música moderna para siempre.


Ha muerto no solo un hombre y un artista sino –usando los términos que el propio Hütter supo utilizar alguna vez para la banda- un trabajador de la música.



 

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