14/09/2020

«Nasha Natasha»: importando una ídola en tiempos post-soviéticos

El documental de Netflix, centrado en el furor ruso por Natalia Oreiro y de claro corte promocional, deja entrever aspectos de interés sobre una parte de la industria cultural.

Nasha Natasha («Nuestra Natalia»), estrenada mundialmente en Netflix el pasado 6 de agosto, es la versión final de un filme documental cuyo primer corte tuvo su presentación en el 38° Festival de Cine de Moscú en 2016.

El dato, en apariencia demasiado específico, arroja algunas pistas que la película luego confirma. El documental es un producto publicitario for export donde “lo global” y “lo local” se intersectan -lo que haría las delicias de los legos y los especialistas que celebran las mezclas y las hibridaciones- pero que, bien mirado, demuestra lo bien que se llevan ambos con la lógica capitalista. El pronombre posesivo del título (“nuestra”) muestra que el enunciador es Rusia, que se ha apropiado de Natalia Oreiro hasta convertirla en un ícono de su cultura de masas -cosa que la película narra generosamente. Pero además son los rusos, en primer lugar, los espectadores ideales o proyectados por el filme. Si a eso se le suma que el documental está dirigido y guionado por un uruguayo, Martín Sastre, y que la producción del mismo estuvo a cargo de dos productoras, una uruguaya y otra con sede en Los Ángeles, Londres y Buenos Aires, la promesa de un cóctel cosmopolita a la hora de mostrar o narrar aparece tan rápido como se va: es un producto publicitario mainstream de una estrella pop como cualquier otro.

El documental toma como base el registro íntimo de la gira musical que Natalia Oreiro realizó por Rusia en 2014 y desde allí reconstruye, a través de testimonios e imágenes, su vida personal y profesional, a la vez que pone el foco en la enorme fascinación que logra Oreiro en el público femenino en Rusia.

El film promocional cumple con todos los parámetros previsibles de género y estilo: la exacerbación del registro (el del largo viaje en avión, primero, y en el tren transiberiano, después; el de los ensayos y el de la cotidianeidad de la estrella) y de la efusividad de las fanáticas: la “oreiromanía”. Todo con el fondo musical de las canciones de la artista y narrado por momentos con una estética ágil, muy tributaria del videoclip.

No es de extrañar, dado que lo que se busca es la insistencia en fórmulas conocidas. La primera de ellas es la firma del filme que reactualiza el tándem Natalia Oreiro-Martín Sastre en tanto estrella-director, que ya tuvo su bautismo en la comedia musical Miss Tacuarembó (2010) y con la cual hay ciertas continuidades en forma de guiños. Otra es la estructura del testimonio personal como vertebrador del relato y de la construcción de la imagen de Natalia y la de todos sus roles: papá Carlos y mamá Mabel muestran a Natalia como hija; Ricardo Mollo lo hace en tanto esposa; Facundo Arana, como artista en sus comienzos y las fanáticas de Oreiro desnudan su relación con ella como ícono o ídola popular.

Con estos recursos, más las canciones de Oreiro, el filme gira en derredor del proceso doble de construcción de una figura pública y privada o, si se quiere, de una personalidad y de una persona, que es el límite donde pareciera ubicarse el objetivo del filme: pendular entre la descripción de la artista (de masas) y la persona con todo lo de humana que tiene y hacer de esos aspectos -tan humanos como globales- la clave de su éxito.

Es a partir de esos aspectos de lo elementalmente humano sobre los que se monta tanto la biografía de Oreiro como su capacidad de interpelación como artista. Natalia hija, madre, esposa -en cuanto a roles sociales bien definidos y con toda su carga positiva- pero también soñadora, muy trabajadora, simpática, emotiva y siempre dispuesta para sus fans.

El documental está dividido en segmentos numerados que tienen placas con títulos aclaratorios. Sobre esas placas, escritas en español, una voz en off narra en ruso pequeños fragmentos de textos del escritor uruguayo Eduardo Galeano… Esta rara mezcla se adosa a cierto preciosismo fílmico expresado en imágenes de paisajes nevados y de noches oscuras en cámara lenta. Elementos todos que, en su mezcla, hacen un pastiche donde lo estético asoma como mero exceso que no logra compensar ni en un ápice lo claramente promocional.

Reconocimientos de mercado

Sin dudas lo más interesante del documental es la fascinación que despierta Oreiro en sus fans en tierras y culturas tan lejanas. No tanto por las respuestas que da el filme a ese fenómeno, como por lo que permite entrever.

En sus testimonios las fanáticas destacan que frente a la dureza del régimen post-soviético y a la oclusión de todo lo sentido y emotivo, las series o telenovelas de Oreiro (Muñeca brava, fundamentalmente) reponían esas zonas. “Era una chica como cualquiera de nosotras” pero que mostraba carácter y se permitía llorar y sentir. Otros testimonios resaltan la belleza de Oreiro y cómo todas querían parecerse a ella.

Por su parte, Natalia Oreiro ensaya una respuesta: “Muchas veces me pregunté por qué pasaba lo que pasaba conmigo en Rusia (…) y en esta última gira comprendí, finalmente, qué era lo que sucedía. Y lo que pasó, creo, es que lo que te pasa en la infancia te queda marcado en el corazón. Y la mayoría de las personas que vienen a verme crecieron conmigo”.

Todas tienen algo de razón. Es cierto que esa zonas ocluidas ya desde el régimen obrero degenerado, y en el que lo continuó tras la caída del Muro, iban a pugnar por emerger y a terminar haciéndolo. También es cierto que la importación de cierto canon de belleza, de cierta femineidad mainstream, de una sensualidad y una emotividad de fórmula -presente y fundamento de la industria cultural- logra instalarse como marco o “espirítu de época”. Mucho más en tiempos de transición, de una restauración capitalista -aún no completada- que en el ámbito cultural se ha destacado, entre otras cosas, por la importación de mercancías culturales como las series, las telenovelas y las canciones de Natalia Oreiro -que han logrado una indiscutible capacidad de interpelación y un enorme reconocimiento por parte de su público.

Todo eso puede verse, oblicuamente, en Nasha Natasha: el funcionamiento de parte de la industria cultural, la innegable capacidad interpeladora de sus productos y el reconocimiento -no necesariamente superador- de parte del público.

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