22/07/2015 | 1373

Opinión: Un debate sobre industria cultural


Max Horkheimer y Theodor W. Adorno advirtieron en «Dialéctica de la Ilustración», a comienzos de los años 40, contra la creciente influencia de la industria del entretenimiento, la comercialización del arte y la uniformización totalizante de la cultura. El capítulo de la industria cultural se refería a la industria cinematográfica y mediática, sobre todo al cine de Hollywood y a las emisoras de radio privadas de Estados Unidos. Adorno y Horkheimer valoraron a la industria cultural como una adaptación del arte a las exigencias del mercado. Consideraban una «mala palabra» al entretenimiento y no podían comprender que, en el sistema capitalista, toda producción en general se rige por sus normas.


A través de un desarrollo que es desigual y combinado, el capitalismo unifica toda producción. Trotsky destaca que en la industria cultural hay producciones que semejan y/o conviven con lo artesanal junto a otras que aprovechan lo más desarrollado del capitalismo. Me refiero, desde ya, a la cultura en sentido restrictivo, comprendiendo a las expresiones artísticas, a lo que posteriormente se ha denominado industrias creativas.


Desde que Walter Benjamín escribió en 1936: «El arte en la era de la reproductibilidad técnica», se evidencia la pérdida del «aura» y del valor cultual, con la fotografía y el grabado («el aquí y ahora del original constituye el concepto de su autenticidad»). Aclaremos: el sistema de las bellas artes -como nosotros lo conocemos- nace casi con el mismo capitalismo, poco antes del Trecento; lo anterior es algo que nosotros llamamos arte, pero no era así entendido (como una actividad diferenciadora) por esas culturas. Para los pueblos más antiguos, el arte cumplía el ritual (la representación de animales en las cuevas era un acto del momento de su caza, según gran parte de los investigadores), y otros posteriores, funciones religiosas y de poder.


Arte y capitalismo, pues, son casi coetáneos. Algunas de sus expresiones, como el grabado desde hace siglos, y la fotografía, más recientemente, admiten múltiples reproducciones; una mala noticia para aquellos que aún hoy creen que la obra es única. Tanto la fotografía como el grabado (en especial la xilografía) se producen en serie, una característica central de la industria. Pero precisamente, en virtud de aquella ley mencionada -hay que reconocerlo-, existen expresiones artísticas elaboradas artesanalmente.


Si la obra es una mercancía, pues, lo es de una manera especial: tiene valor de cambio, pero no valor de uso, y perdió el valor cultual; pero el diseño (que invade todo arte) conserva el valor de cambio, pero también el de uso. Las artes escénicas, en tanto (el único arte en vivo), conservan valor de uso, de cambio y cultural.


Entonces, si la producción artística no es artesanal (no produce objetos únicos), en las décadas más recientes el proceso se ha acentuado. A principios del siglo XX, ¿Duchamp no «inventa», acaso los ready-made (ya hecho)? ¿No trabajan hoy los artistas (y vale tanto para el cine, como para el diseño, la música o el teatro) sobre materias ya fabricadas, ya hechas, en un fenómeno intertextual, de citas y rizomático, que no tiene fin? Millones de dólares alimentan el mercado de arte que en sus últimos años se ha convertido en un refugio de capitales en tiempos de crisis. El mercado del arte es, igualmente, un mercado especial; el concepto de mercancía aplicado a una obra no es, pues, idéntico al que se traslada a cualquier objeto, desde que se considera que el arte no tiene valor de uso. En ese mercado especial, no rige -no al menos en su totalidad-, las famosas leyes de la oferta y de la demanda. Porque, excepto con obras clásicas o modernas, que escasean decididamente, y por tanto, no hay oferta (y una mayor demanda eleva su precio), con artistas vivos, ¿cómo se explican cotizaciones millonarias si sus fotografías, objetos, esculturas o pinturas se encuentran dispersas por toda Europa y Estados Unidos? Son operaciones del mercado para privilegiar determinadas tendencias, pero nada que los capitalistas no utilicen en otras mercancías o rubros del mercado.


«El capitalismo no satisface únicamente necesidades. También las crea» (Marx).


Desde estas posiciones, los trabajadores de la cultura, los artistas, debemos organizarnos en sus sindicatos, como lo han hecho históricamente los músicos, los actores, los bailarines y los propios artistas plásticos para reclamar sus derechos frente a los patrones. Patrón que, en los países atrasados, es el Estado, algo que el kirchnerismo alentó a través de los Mica y otros programas, una política que perseguía la cooptación de los artistas.


Criticar la industria cultural en sí mismo no pasa de ser una posición con resabios del romanticismo, que desconoce la realidad.


Los marxistas nunca llamamos a destruir la industria, sino a valerse de ella para cambiar la dirección de la sociedad.

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