08/10/2015 | 1384

Riiicardo: Norman Briski y su Shakespeare libertario


Norman Briski, a lo largo de su extensísima carrera como actor, escritor, director, docente y un largo etcétetra, formó diferentes grupos de artistas empeñados en la construcción de un teatro asambleario, político, no tanto en contacto sino encarnando el drama social. Octubre, Brazo Largo, el grupo de teatro de los trabajadores de ATE, Miguelitos, son algunos de los comités político-teatrales con los que Briski (Santa Fe, 1938) militó -milita- durante largos años.


 


Escribió en su libro De Octubre a Brazo Largo. 30 años de teatro popular en Argentina: «La enorme riqueza de circunstancias que vive Argentina tiene en sus contradicciones la necesidad de obtener visiones y versiones que en su diversidad promueven la discusión en la asamblea y ese es nuestro aporte». Ahora acaba de estrenar en dramaturgia y dirección Riiicardo, «versión libertaria» de Ricardo III, clásico de Shakespeare. Visiones y versiones. Y así Briski vuelve a desatar en su propio teatro (Calibán) una nueva asamblea teatral en la que la interpelación al espectador será constante y mediante múltiples estímulos: luces, pantallas, banda en vivo, un escenario desequilibrado, espejos, espadas, Ricardo escupiendo, poniendo en riesgo su cuerpo en peligrosas acrobacias… La obra nos podrá agradar más o menos de a momentos, pero nunca dejará de movilizarnos.


 


De la obra de Briski difícilmente pueda contarse algo así como un argumento. En esta adaptación, Ricardo llega a ser rey, pero todo lo arruina, lo dramatiza, lo expone con soberbia y humillación, y siempre está huyendo, mostrando las fisuras de su condición de clase que, heredada, es para él una fatalidad. Muestra, así, una profunda diferencia respecto al original del escritor inglés: allí Ricardo no rehúye del poder, sino que lo construye de forma despiadada.


 


El Ricardo de Briski, que sólo se toca con el de Shakespeare en su profundidad interpretativa del drama humano pero también en sus residuos y márgenes, expone desde el poder del Estado la posibilidad de que el Estado mismo sea derrumbado. Le dijo el autor a Página/12 (28/6): «Ricardo III es un desesperado, un alterado. No tiene buena relación con su cuerpo, con su cara, porque tiene la potencia de la fealdad. Todo lo que hace es porque tiene ganas de reparar algo. Lo que hace es extraordinario: es un luchador en contra del Estado. No le interesa el Estado para nada. Es un gran tema y nadie lo quiere agarrar. Pareciera que es imposible un lugar sin Estado. Si existe la democracia va a ser porque no hay Estado».


 


Se destaca la excelencia actoral del protagonista, Sergio Barattucci, acompañado entre otros por la prolija y movediza Laura Gargiulo. Si el escritor Leonel Santana escribió que «Shakespeare desvincula la imagen exterior de la interior», en el Ricardo que interpreta Barattucci pasa todo lo contrario: las tensiones a las que se expone el cuerpo del actor se superponen a las que siente por dentro, por eso la versión se encadena con la tradición expresionista, corriente artística de principios del siglo XX caracterizada por el énfasis de los sentimientos y las sensaciones. Se observa también la vitalidad del surrealismo (movimiento de rebelión contra la institución del arte). Es decir, la obra marca un pulso sobre lo sexual, lo intempestivo, la descanonización de un texto que parecía condenado al bronce inmóvil de una estatua. Allí donde Shakespeare se expone como un cortesano, Briski se planta libertario, tan arrabalero como universal.


 


Para ir a ver más de una vez, compleja, que opera más desde los sentidos que desde el entendimiento, Riiicardo es una obra controversial, polémica, política, atrevida, y por eso es, sin dudas, una de las mejores de las que se han escrito últimamente. Briski parece volver sobre aquello que decía Cortázar: «Literatura en la revolución y revolución en la literatura».

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