29/01/2021
LIBROS

“Río Negro”, de Mariano Quirós: lo desopilante como reverso de lo trágico y viceversa

Desde el mes de diciembre del año pasado, y a través de la colección Andanzas de la editorial Tusquets, la novela Río Negro, del escritor chaqueño Mariano Quirós, se halla al alcance de nuevas lecturas. Se trata de un libro que Gárgola Ediciones publicó originalmente en el 2011.

Las nuevas lecturas -puede aseverarse de antemano- se producirán en un doble sentido, el de acceder por primera vez a sus páginas y el de los efectos en su interpretación atribuibles a la década que transcurrió desde su escritura. Ahora bien, esto no involucra la necesidad de corroborar la vigencia de alguna tesis, tras cuyo planteo corresponde advertir cierta intención en la trama. Aun así, con los elementos que usa el trabajo de esta ficción, se experimenta el escozor que afecta el tejido sensible de una realidad dura e inmediata: resulta imposible pasar por alto que el cadáver de una adolescente (objeto de profanaciones repugnantes) se encuentra en el centro del enredo de las peripecias.

De las aguas estancadas del río Negro (quizá el protagonista sobresaliente del texto), que atraviesa la ciudad de Resistencia, emergen historias truculentas con finales siempre trágicos. A ese memorial acude -mientras la modorra que parece caracterizarlo lo arrastra a una especie de estado contemplativo que no condice con la urgencia de la situación- el narrador de la novela, un escritor que disfruta de un relativo prestigio y al que le cuesta muchísimo, como padre, tolerar las ineptitudes incorregibles de su hijo. Son acontecimientos de diversas épocas (una actual y varias lejanas y borrosas) que chapotean en las mismas orillas fangosas en las que se hunde la malograda relación paterno-filial de quien los evoca y lleva a cabo, como corolario, el recuento imparable de cuerpos muertos.

El relato está dividido en dos partes. En la primera impera una quietud de remanso, la cual propicia los raptos de introspección tristona en los que el narrador va dando a conocer la mirada que tiene de las cosas que lo rodean; de modo aislado desliza comentarios donde la autocomplacencia se entremezcla con prejuiciosos lugares comunes, sin dejar nunca de confesar el desvelo que le provoca observar a su hijo demorado en una pubertad a la que le falta -así lo juzga él- los sacudones de la virilidad. Aprovechando la ocasión que ofrecen los días que deben quedarse solos en su casa, se le ocurre -guiado por sus concepciones machistas- un plan para subsanar ese «defecto», pero lo único que termina haciendo es apurar un desenlace lamentable. Durante la segunda, se impone el ritmo impetuoso de una correntada. La desgracia inopinada que se ha desatado (un daño irresoluble que les cae, a padre e hijo, encima) frustra cualquier intento de contenerla, se replica y añade otros -sangrientos- infortunios. Un desopilante camino de ida. Si se lo compara, por ejemplo, con Desgracia, una novela de 1999 de J. M. Coetzee, acá no llega a haber un período de calma y detención en el que el personaje (el creado por el Premio Nobel de Literatura sudafricano también es escritor, con una cuota similar de frivolidad) busca acomodarse después del vuelco del destino que sobrevino y destruyó los cimientos de la placidez de su vida.

En esta novela de Mariano Quirós, lo cómico se vuelve el reverso de lo criminal y viceversa. Y todo sucede bajo el influjo del río Negro, algo que el narrador comprende a la perfección: «Viviendo junto a un río como este, tarde o temprano, uno se convierte en algo extraño, no importa si en héroe o en un villano, pero está clarísimo que en algo extraño».

 

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