17/11/2020
LIBROS

Soy la peste, de Guillermo Saccomanno: un paseo por el lado salvaje

La novela, que recorre el escenario apocalíptico creado por un mal virulento, produce el efecto que le exigía Roberto Arlt a toda literatura urgente y necesaria que se preciara de tal: el de un cross a la mandíbula.

Que uno de los autorretratos de Egon Schiele ilustre la cubierta del libro es un indicio nada despreciable. La delgadez crispada de la figura del pintor austríaco (quien falleció, precisamente, a los 28 años de edad a causa de la llamada gripe española de 1918) expresa una respuesta congruente a la tensión y a los sobresaltos que habitan la última novela publicada del escritor argentino Guillermo Saccomanno.

Soy la peste provoca el efecto que le exigía Roberto Arlt a toda literatura urgente y necesaria que se preciara de tal: el de un cross a la mandíbula. En ella se destaca una labor con el idioma que exhuma vocablos del lunfardo, los cuales no se leen como meros arcaísmos; por el contrario, hay términos, entre los desfosilizados, que denotan el desquicio flagrante de las estructuras sociales.

El narrador innominado se lanza a la aventura de explorar, bajo una constante tormenta de nieve que recuerda los asesinos copos fosforescentes de El Eternauta, el escenario apocalíptico creado por un mal virulento que de manera súbita siega un sinfín de vidas humanas. Le descorre el telón la intuición -que deviene certeza casi megalomaníaca- de que por algún raro designio ha sobrevivido a la extinción de la guarida de revientes en que nació y se crió escuchando leyendas decadentes. El cataclismo precipita la huida hacia el mar que ensoñaba.

Deambula con la seguridad que le brinda el arma que portará encima hasta el final del trayecto, no dudando en descargarla contra los seres que tengan la mala fortuna de despertarle sentimientos que relampagueen sobre los rincones tortuosos de su alma. Pero la sangre fría no lo caracteriza como depredador desde un inicio. Cuando representa una suerte de «remake» de la escalofriante escena de la película de 1947 El beso de la muerte, en la que el personaje de Tommy Udo tira por las escaleras a una anciana en silla de ruedas, no experimenta -a diferencia del sicario que interpretó el actor estadounidense Richard Widmark- ningún ataque de risa. Únicamente se hunde aún más en el desencanto.

La parálisis masiva en la que encuentra sumida a la ciudad obedece a una razón muy precisa. Los cadáveres desparramados pertenecen a las trabajadoras y a los trabajadores que con su fuerza garantizaban a diario el funcionamiento de las máquinas. Estas, torpes autómatas ahora, se transforman en ruinas de la civilización del confort, del que solo disfrutaba apenas instantes atrás la clase verduga, también fulminada por el contagio. Y cuyo dominio, sin embargo, la debacle no socavó. Las fuerzas represivas controlan las calles y despliegan una logística para limpiarlas de los cuerpos. Improvisan crematorios, ordenan cavar fosas comunes y reconvierten vagones de tren en morgues. Para llevar a cabo las tareas fúnebres usan a los mismos desahuciados de siempre como mano de obra barata.

La temática de un futuro post-catástrofe sitúa a este relato junto a las novelas La carretera (2006) del norteamericano Cormac McCarthy e Hijos de hombres (1992) de la inglesa P. D. James, distinguiéndolo de ellas la ausencia total de cualquier promesa de redención. Más bien en él reina el denominado caos entrópico que estalla en la novela Rascacielos (1975) del británico J. G. Ballard, donde la violencia -gratuita y sin objetivos claros- es una consecuencia natural de la asfixia que produce el sistema.

El runrún cínico del discurso capitalista, retransmitido hasta el hartazgo, insiste con la noción del comportamiento democrático de la pandemia. De modo descarado se desentiende de que las condiciones degradadas de existencia aumentan exponencialmente las posibilidades reales de enfermar y morir. El protagonista, con una indolencia canalla, celebra el extravío y la confusión que borran de la conciencia los componentes materiales de la desigualdad:

«Las estadísticas eran una rutina que ya nadie atendía. Podías morir lo mismo en Tierra del Fuego que en la Ruta de la Seda. El esquimal más solitario del planeta acababa igual que el narco siberiano más popular. La característica del mal era ser invisible. No te dabas cuenta hasta que te invadía. Primero una fiebre alta y después los trastornos espasmódicos que te perdían, pasabas un rato atontado y finalmente chau. Tal vez fuera una ventaja morirte en la catrera de un hospital de La Matanza imaginando que estabas agonizando en una clínica finoli en Oslo».

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