15/06/2021

“State Funeral”: unas grotescas pompas fúnebres montadas por un régimen asesino

Sobre la película del director ucraniano Sergei Loznitsa, disponible en la plataforma MUBI.

La noche del 5 de marzo de 1953 falleció Joseph Vissarionovich Stalin. Había sufrido, tres días antes, una apoplejía (un término desusado que se aplicaba a lo que hoy la medicina nomina accidente cerebrovascular). Setenta y dos horas de estertores agónicos de los que los megáfonos dieron cuenta mientras cantidades ingentes de personas se agolpaban en calles y plazas de la URSS para despedir los restos mortales del Presidente del Consejo de Ministros y Secretario del Comité Central del Partido Comunista. Desmenuzaron con rigor de diseccionista, ventilándolos, los partes del diario forense en el que se constataron los signos de un deterioro irremisible y se certificó finalmente el deceso. El arranque de la jornada de duelo es traída al presente por el tramo inicial de «State Funeral», trabajo documental del director ucraniano (realizador de la cruda adaptación de 2012 de una novela del escritor bielorruso Vasil Bykov, «En la niebla») Sergei Loznitsa.

Se puede escuchar una insistencia que repiqueteaba, como corolario, en esos comunicados: la memoria eterna del hombre supremo desmentiría por siempre su extinción física. Se conoce que en la mente de un científico soviético, Ivanov, llegó a germinar la ilusión prometeica de hibridar monos y humanos con el objetivo de crear una especie indestructible; los panegíricos oficiales dedicados a Stalin, proferidos por Georgy Maximilianovich Malenkov, Lavrenty Pavlovich Beria y Vyacheslav Mikhailovich Molotov, lo elevaban a la condición de un ser burlador de la muerte. Así de macabro y de grotesco.

Habilitar consideraciones de tamaña índole resulta un mérito de las palabras -las cuales construyen la película de un modo casi coral- e imágenes que Sergei Loznitsa seleccionó del material de archivo fílmico. A través del recorte y del montaje detenta la autoría de la obra. Y lo mismo hace mediante los ramalazos sonoros que les superpone a diversas secuencias, con las composiciones de Mendelssohn Bartholdy, Mozart y Chopin que remarcan el clima general de salmodia.

La capacidad de confeccionar un relato con lo que originalmente se registró sin ninguna perspectiva narrativa posee un hito insoslayable en la magistral «La caída de la dinastía Romanov» (1927) de Esfir Shub, que cohesionó las disímiles maneras en que se produjeron las fuentes visuales de las que echó mano. En «State Funeral», la alternancia entre el blanco y negro y el color subraya la impresión de que los distintos fotogramas, integrados con coherencia lineal a la totalidad, no tienen un solo origen. La replicación abrumadora de los retratos de Stalin (sobre todo aquel en el que su mirada parecía columbrar un destino manifiesto) constituyen el único elemento constante. Gigantografías, pancartas, portadas de periódicos, el mármol y los lienzos en los que un escultor y algunos pintores, respectivamente, buscaron inmortalizar el cuerpo que se estaba velando.

¿Qué tarea comandó a quienes se colocaron detrás de las cámaras que grabaron este «día histórico», ahora recuperado? Cuando un primer plano se detiene encima de una cara anónima, una de tantas en la multitud, desfigurada por el llanto, se descubre que sí existió una intención -¿pero de qué tipo?

Vale agregar que bajo los «dictums» del realismo socialista se pretendió que el llamado séptimo arte cumpliera el papel de un estímulo a la voluntad de grandeza y sacrificio. Bastan como pruebas, de las que no corresponde negar su hechura formidable, «Balada de un soldado (Grigori Chujrái, 1959), «La epopeya de los años de fuego» (Yuliya Solntseva-Aleksandr Dovzhenko, 1961), «Tengo veinte años» (Marlen Jutsiev, 1964) o «Yo tenía diecinueve años» (Konrad Wolf, 1968). Al contrario y a causa de los tiempos convulsos que sobrevinieron luego, Kira Murátova, por ejemplo, reflejó en «El síndrome asténico» (1989) el agotamiento de tales consignas.

Sergei Loznitsa intensifica la sensación de desagradable patetismo al musicalizar la introducción del féretro dentro del mausoleo, acompañada por la suspensión momentánea de las actividades laborales y las salvas de artillería en honor al líder fenecido, con un auténtico testimonio de la idolatría que se promovió, una canción de cuna lírica en la que la letra conmina a un niño a que se duerma tranquilo, puesto que lo protege el puño férreo del tovarich Stalin. Algo que remite a una suerte de leyenda que cita uno de los intelectuales entrevistados en «Noticias de la Antigüedad Ideológica: Marx/Einsenstein/El Capital», el ambicioso proyecto que concretizó en 2008 el cineasta alemán Alexander Kluge; ella aseguraba que al caer la noche oscura en Moscú, nada más que la luz del buró del invencible camarada permanecía prendida.

El metraje de «State Funeral» concluye con un recordatorio que denuncia el horror oculto tras las fastuosas pompas fúnebres: durante el período del gobierno estalinista, 27 millones de soviéticos padecieron encarcelamientos, fueron ejecutados o torturados hasta expirar, y 15 millones de víctimas fatales provocaron las hambrunas que impuso dicho régimen.

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