31/08/2020

“Todos estamos inventando cosas o escarbando en viejos oficios”: Ana Sol Torroixa, Edi Vallarino y Mariana Bianchini

En la 14ª emisión de la radio de Músicxs Organizadxs, dialogaron sobre proyectos artísticos pasados y presentes y su situación laboral en la pandemia.

Con la conducción de Hernán “Cabra” de Vega, de Las Manos de Filippi y referente de Musicxs Organizadxs, esta agrupación emitió su 14º programa, en donde lxs músicxs cuentan cómo es su labor artística y situación laboral en el medio de la pandemia.

En esta ocasión lxs entrevistadxs fueron Ana Sol Torroixa, cantautora y percusionista; el baterista y percusionista Edi Vallarino y la cantautora Mariana Bianchini.

La emisión tuvo lugar a días del festival de lucha online que realizara Músicxs Organizadxs por la aparición con vida de Facundo Astudillo Castro, y mientras continúa en la lucha por el subsidio de 30.000 pesos mensuales ante el cese de actividades y por un impuesto a las OTT como Netflix y Spotify.

Escarbando en los viejos oficios

Ana Sol Torroixa nos contó que se crió en Venezuela, ya que sus padres tuvieron que exiliarse durante la última dictadura militar. Regresó a la Argentina empezando la secundaria y comenzó a estudiar teatro y luego percusión en el conservatorio. Conoció a Toto Rotblat, percusionista de los Fabulosos Cadillacs; tocó con Todos tus Muertos; y fue de gira por los EE.UU. con Cadena Perpetua y Un Kuartito: «era la única chica en la combi», relató.

Antes que se declare la cuarentena estaba tocando con Las Taradas y Miss Bolivia y trabajando como DJ. Su proyecto personal es Ana Sol y La Candela, que fusiona distintos estilos compuestos por ritmos urbanos y folklore latinoamericano como reggae, cumbia, hip hop, entre otros, con el que estuvo tocando durante el año pasado y ahora se dedica a grabar el nuevo material.

Consultada sobre cómo la afectó la cuarentena, Torroixa contó que ya desde el año pasado, «cuando cortamos con Las Taradas», había vuelto «a uno de mis oficios que es ser musicoterapeuta», y actualmente atiende online. Y resumió que «todos estamos inventando cosas o escarbando en nuestros viejos oficios». Cuando empezó la cuarentena pensó que iba a ser más corta y, como venía trabajando «a full» en el verano, le parecía hasta romántico quedarse en casa; pero ahora «tengo esa necesidad expresiva que hasta la siento en el cuerpo», señala. En toda su carrera de música solo había tenido un impasse, cuando nació su hija; siempre trabajó sin parar. Finalmente manifestó que como músicxs es necesario estar conectados para unirnos y organizarnos mejor.

Como el primer Genesis

Mariana Bianchini arrancó con la música en una banda de punk a fines de los ’90. Recordó que «en el under había de todo: mujeres en el rock, trans, enanos» y que «cuanto más distinta era la escena, la propuesta era más interesante». Eso -describió- se fue perdiendo un poco antes de Cromañón y a partir de allí, «fue más marcado el cierre de espacios donde se desarrollaban proyectos que no eran tan populares. Se fue haciendo un embudo en el que pasabas a un nivel más mainstream o te quedabas en under con bandas de otros estilos y mucho rock barrial: ‘bandas de chabones'».

Relató que en el Parakultural (el mítico e influyente centro artístico de los años ’80) había propuestas artísticas que eran «una deformidad», y eso era bueno porque el objetivo era buscar algo original y sorprender, romper ciertos límites, «jugar y divertirse». Lo comparó con «el primer Genesis, donde Gabriel salía con peluca» -en referencia a las primeras épocas de la banda inglesa y su creador. Esa «era la esencia del rock», que ella siente viva en sí misma y en algunos colegas. Se encontraban bandas de diversos estilos. Salía con un vestuario, máscaras, pinches en la cabeza, pero en un momento se sintió fuera de contexto en el que había nacido tocando. Si bien hay por parte de los sellos discográficos una necesidad de comercializar la música, ella cree que no sabemos cuál es esa búsqueda más comercial y en consecuencia «es un error empezar a hacer música a través de un filtro que ni siquiera conocés. Tenés que hacer lo que te dicta el corazón».

En un tiempo se dedicó al diseño de vestuario y ropa basado en cuentos, pero eso no le reportó suficientes ingresos y por ello terminó trabajando en los shows. También escribió un libro de cuentos infantil, Informes de Villa Estruendo, originado en los cuentos que leía a su hijo. Finalmente nos contó que en octubre saldrá el disco de Panza, banda que integra, que se terminó de grabar justo antes de la cuarentena y que previo a ella tenía una gira de presentación planeada; piensan subirlo a la plataforma Bandcamp con su letra. Señaló que todo lo que incluye el show en vivo no se puede reemplazar con el streaming, ya que «sin el público es otra cosa»; en ese sentido, a pesar de tener las necesidades cubiertas, señala que «la incertidumbre es dolorosa».

Del heavy metal al jazz

Edi Vallarino es un músico con un «alto pasado»: arrancó con el heavy metal y después llegó al jazz. Recordó que en su casa no había músicxs pero sí discos de distintos géneros, algo muy común en la década del 70. Empezó tocando la guitarra y luego pasó a la batería.

Antes que la cumbia «explotara» con Ricky Maravilla y Malagata, vio a Adrian y los Dados Negros: «ahí la batería se usaba distinto y me partió la nuca», señala, en una época «en la que la cumbia se tiraba a menos sin tener en cuenta la complejidad de su lenguaje». Remarcó que en el ambiente del rock siempre se iba a pérdida pero en la cumbia se cobraba, y entonces a principios de los ’90 había muy buenos músicos y grupos tocando cumbia: Angora, Karicia. Fue importante el «aluvión peruano», llegando percusionistas de calidad. Luego -relata- «el ambiente decayó», en lo que tuvo influencia el Efecto Tequila (la crisis financiera de 1994), los representantes mafiosos, los problemas entre estos y los sellos discográficos. Como no rendía, se bajó. De ahí pasó al jazz, integrando la agrupación Mamani y XL. Señala que pasar del rock a la cumbia fue un quiebre interesante que le permitió pasar a otros estilos, buscar cosas.

Vallarino es miembro del taller de vientos XLBrass Line, con el que participó tocando contra la reforma del Código Contravencional de Horacio Rodríguez Larreta. Señala que a partir de la cuarentena, la economía se resintió puesto que las clases particulares y el taller de vientos pararon, aunque continúa dictando clases de percusión en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) en forma online. En relación con ello, señaló que «las clases virtuales son tristes», ya que se pierde parte de la relación con lxs alumnxs.

Por otro lado el músico, que publicó en el 2008 su libro Second Line & otros ritmos de Nueva Orleans, señaló que ahora aprovecha el tiempo para hacer cosas que siempre «pateó para adelante»: un proyecto como investigador adjunto con un antropólogo, Pablo Cirio, de música afroargentina; y otro sobre la vida de Pepe Corriale, primer baterista de Piazzolla. Añade que se siente muy a gusto con el trabajo de investigador «con gente grosa, ya que empiezan a aparecer cosas interesantes».

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