22/06/2017

Yo, Daniel Blake: Ken Loach y la clase obrera en el laberinto de la crisis

Se estrena la ultima película del director de Tierra y libertad.

Un hombre maduro debe solicitar un subsidio en las oficinas de seguridad social británica en New Castle luego de que un infarto le impida seguir con su trabajo en una fábrica maderera. Sin embargo, la tarea que a simple vista podría postularse como un sencillo trámite, se convierte en un farragoso laberinto kafkiano al que Daniel Blake, el hombre en cuestión, ingresa y del que parece no saber salir. No lo ayuda el hecho de no que, a pesar de ser un eximio carpintero que sabe apreciar los materiales que su trabajo transforma, no sabe usar computadoras ni la web, requisitos indispensables, como remarcan los burocráticos oficinistas que se dedican a atender, por lo general, con una frialdad robótica a todos los que concurren a esas oficinas en busca de una ayuda estatal. Allí, Blake conoce a Katie, recién llegada desde Londres con sus dos hijos porque sólo puede mudarse a un precario departamento que no podría solventar en la capital británica, donde vivía en una habitación de la seguridad social junto a los dos niños. Las dificultades de los dos protagonistas para lidiar con la pobreza y las condiciones misérrimas que atraviesan los sectores más pauperizados de la clase trabajadora, incluso en una potencia imperialista como Gran Bretaña, forman parte de la cotidianidad de esas vidas –que la realidad no desmiente: tan sólo hace unos días decenas de personas murieron en el incendio de un edificio habitado por familias obreras e inmigrantes en pleno Londres.


 



 


También se hacen presentes los lazos de confraternización, la amistad y los vínculos que se crean al son de la crisis –aunque también el aprovechamiento brutal que esas crisis pueden generar. Una de las escenas más impactantes se da en un Banco de Alimentos, instituciones que otorgan artículos de primera necesidad a los más necesitados a pocos kilómetros del Palacio de Buckingham y la City londinense.


 


La película de Loach –un gran director que desde sus comienzos retrató a la clase obrera británica y también la de otras latitudes– carece en esta oportunidad de héroes colectivos y muestra sobre todo lazos tenues en una sociedad atravesada por la crisis capitalista y una burocracia estatal que se muestra inconmovible ante los dramas personales que el Estado mismo provoca en las clases subalternas. La película, que ganó la Palma de Oro de Cannes en 2016, se estrena este jueves 22. Sin alcanzar las cumbres de Loach como Riff Raff, Tierra o libertad, Ladybird, ladybyrd o el documental Days of hope; el cine de Loach mantiene una coherencia estética y de contenido, que centra sus historias en los hombres y mujeres que producen la riqueza de las naciones, que son expoliados por la burguesía y sus Estados y que un día, más tarde o más temprano, gobernarán el destino de sus vidas.

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