23/08/2021
SERIES

“Young Royals”: la monarquía cruje bajo el peso de la juventud moderna

Tomando la clásica historia del príncipe y la plebeya y volviéndola patas para arriba, el nuevo drama escandinavo de Netflix desafía a las tradiciones y da voz a los jóvenes.

La última producción original de Netflix Suecia, «Young Royals» (Jóvenes Altezas), fue lanzada en julio de este año y ha tenido una repercusión internacional que incluso sus propios creadores no esperaban. Guionada por Lisa Ambjörn, Sofie Forman y Tove Forman, y dirigida por Roja Sekersöz y Erika Calmeyer, la serie retrata una iteración más de la clásica historia del príncipe y plebeya, con la particularidad de que el príncipe Wilhelm (Edvin Ryding) se enamora de un plebeyo con «o», llamado Simón (Omar Rudberg).

Hijo de la ficcional reina Kristina de Suecia (Pernilla August), Wilhelm es el hermano menor adolescente del heredero al trono, quien en su ambición de ser normal al no tener que formarse como futuro rey, insistió con asistir a un secundario común, pero fue filmado borracho en una fiesta agarrándose a las trompadas. Lo que normalmente sería anecdótico se convierte en un escándalo mediático que preocupa a una familia real cuyo lugar en la sociedad de hoy es endeble, y Wilhelm es enviado a Hillerska Riksinternat, una escuela pupila de elite en el campo. Una historia que a primera vista podría ser desestimada como anacrónica y repetitiva, se destaca por su retrato vívido de la juventud actual, con su fluidez, su cuestionamiento a los estándares de belleza y su rol social, además de tener actuaciones genuinas y sentidas de actores adolescentes, una excelente banda sonora y una crítica a la existencia misma de la monarquía.

La llegada de Wilhelm a Hillerska está rodeada de pompa y circunstancia, con su primo aristócrata August (Malte Gårdinger) dándole la bienvenida y cooptándolo a su grupo de hijos de nobles y ricachones. Esta elite de la escuela contrasta fuertemente con Simón y su hermana Sara (Frida Argento), que son dos alumnos becados, que viven en una casa en el pueblo vecino de clase trabajadora con su madre latina con quien hablan español y cuyo padre es alcohólico y desempleado. Ya desde el comienzo a Simón sus compañeros de clase lo llaman «sossen», que es la forma despectiva con la cual se llama a los socialdemócratas en sueco, que con algunos hiatos han estado en el poder en Suecia por más de 75 años y son los creadores del estado de bienestar en ese país. No tarda mucho en hacerle justicia a su nombre ya que, en el primer capítulo, durante la clase de Ciencias Sociales, la profesora pregunta a los alumnos acerca de si consideraban mas grave el crimen de evasión de impuestos o fraude para recibir un plan social.

Inmediatamente los hijos de grandes empresarios se lanzan a hablar de como los impuestos altos afectan la productividad y expulsan a las empresas de Suecia, que al menos los empresarios evasores de impuestos generan trabajo, y que al contrario los que reciben planes sociales solo piden y no dan nada. El «sossen» Simón no se hace esperar, y expone la hipocresía burguesa de llamar a uno evasión y al otro fraude, que los ricos reciben planes sociales gigantescos en forma de exenciones impositivas, y que de todas maneras es vox populi quiénes son los que reciben el plan social mas grande en el reino de Suecia, al mirar inequívocamente al príncipe Wilhelm.

Por más de que la familia real representada en la serie sea ficcional, Suecia es hoy en día una monarquía, con el rey Carl XVI Gustaf en el trono hace casi 48 años. La familia real sueca hoy goza de altos niveles de aprobación en las encuestas de opinión, con alrededor de un 60% de la población a favor de su existencia, y alrededor de un 25% a favor de su abolición. Sin embargo, en la última década estas cifras han empezado a decaer en favor del bando republicano. No es menor notar que a principios de siglo se supo que el padre de la reina Silvia era miembro activo del partido nazi alemán durante el ascenso de Hitler, una revelación que la Corte quiso acallar con todo tipo de métodos sucios sin éxito. A su vez en el presupuesto nacional la monarquía tuvo asignadas 141 millones de coronas suecas (16,3 millones de dólares) anuales en 2020, pero la Asociación Republicana calcula que el costo real es de 1.500 millones de coronas (173,5 millones de dólares). Esto en un país donde el gobierno socialdemócrata recorta año a año el presupuesto para sostener la salud, la educación y la vivienda que son el mascarón de proa del estado de bienestar construido a fuerza de impuestos altísimos a los trabajadores suecos.

Más allá de la crítica al costo económico que tiene la familia real en la serie, al comenzar el romance entre Wilhelm y Simón, que no se hace esperar, la corte es la primera en expedirse en contra y exponer su carácter reaccionario y homofóbico. Por otro lado, los hijos del poder en la serie no tardan en mostrar la hilacha al querer culpar a los inmigrantes y a los pobres cuando están en riesgo que sus aventuras con las drogas y el alcohol sean descubiertas por las autoridades de la escuela. Estos son algunos de los conflictos principales de «Young Royals», pero seguir contando ya sería spoilear demasiado. Esta nueva producción original de Netflix está en sueco con subtítulos en español, y da una vuelta de tuerca digna de nuestra época a un cuento de hadas clásico, dándole espacio a un romance gay que cuestiona una institución tan arcaica como la monarquía.

Una mención especial hay que hacer a los dos conmovedores números musicales de Omar Rudberg, para quien «Young Royals» es su primer trabajo en actuación, siendo hace ya algunos años una figura conocida del pop sueco, que ha traído el calor del reggaetón latino al Subártico escandinavo. Aún con sus momentos cursis, «Young Royals» se desenvuelve muy bien en su rol, combinando un drama adolescente con un romance gay prohibido, que a su vez cuestiona en voz baja tanto a la burguesía como a la monarquía sueca, y ya promete una segunda temporada.

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