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26 de mayo de 2018

El 70 aniversario de la limpieza étnica de Palestina

El sionismo ha celebrado recientemente el 70° aniversario de la creación del Estado de Israel, un evento brutal que tuvo lugar en el marco de la expulsión de 800.000 palestinos de sus tierras. Dicha limpieza étnica de Palestina –como la denominó Ilan Pappe, el principal historiador de este evento– no fue, como afirman los sionistas, producto de las condiciones de su “guerra de independencia” de 1948, sino de un plan sistemático de desposesión de la población árabe nativa, que practicaron desde los comienzos mismos del asentamiento sionista y que volvieron a practicar en 1967 durante la Guerra de los Seis Días, que resultó en 200.000 nuevos refugiados palestinos como resultado de la ocupación de la Franja de Gaza y Cisjordania. Este es el origen de la cuestión de los refugiados, que está en el corazón de la causa palestina: hoy en día hay alrededor de 7,2 millones de refugiados palestinos, y uno de cada tres refugiados en todo el mundo es palestino. Lo primero que debe quedar en claro, por lo tanto, es que el sionismo es un movimiento colonialista, y que el derecho incondicional al retorno de todos los refugiados es la demanda central del movimiento de liberación nacional palestino, un derecho democrático elemental que sólo puede ser implementado poniendo fin a la partición de Palestina impuesta por el sionismo y unificando al país en el marco de un estado único, laico, democrático y socialista. Es el honor del pequeño grupo trotskista que operaba en aquel entonces en Palestina haberse pronunciado abiertamente contra la partición –ver la declaración “¡Contra la partición!”, publicada en el periódico Kol Ham'amad (La voz de la clase), No. 31, de septiembre de 1947, por la Liga Comunista Revolucionaria - Sección Palestina de la Cuarta Internacional.

El sionismo como movimiento colonialista de la etapa de decadencia capitalista

A este planteamiento histórico y político de la cuestión palestina y de su solución se puede objetar que otras Estados, incluyendo la Argentina y EEUU, también tuvieron raíces colonialistas y fueron creados sobre la base de un proceso de expulsión y exterminio de la población local, proceso que de hecho continúa hasta el día de hoy, como lo testimonia la muerte de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel, el joven mapuche asesinado por  la Prefectura. Lo que diferencia a estos procesos del sionismo, además del lugar central que ocupa en la política contemporánea en Palestina la lucha contra al colonialismo, es que el sionismo es un movimiento colonialista que se originó tardíamente, como producto de la decadencia del capitalismo –más precisamente, con el estallido del caso Dreyfus en 1894. Mientras que el capitalismo, en su etapa de ascenso, liberó a los judíos de los guetos y los integró a la sociedad burguesa, desde fines del siglo XIX, y masivamente después de la Primera Guerra Mundial, observamos el ascenso de movimientos y partidos antisemitas. Mientras que los marxistas llamaron a combatir el antisemitismo integrando a los trabajadores judíos al movimiento obrero y socialista, e instando a los trabajadores a luchar contra cualquier forma de racismo y discriminación, el sionismo tomó el rumbo opuesto: adaptándose a la decadencia del capitalismo, afirmó que la integración de los judíos proclamada por las revoluciones burguesas era un error, y que los judíos debían volver a vivir en un gran gueto, que esta vez tomaría la forma de un Estado judío en Palestina. Como la ideología sionista tiene una base no sólo colonialista sino también teológica (en Israel no existe el matrimonio civil, y las parejas “mixtas” –pertenecientes a religiones diferentes– deben casarse en el extranjero), los sionistas declararon la guerra al idioma que hablaban entonces los judíos europeos, el yiddish –en torno al cual se había desarrollado una cultura con una fuerte impronta socialista– y revivieron el hebreo, el idioma de los rituales religiosos judíos, que ya para la época de Jesús se había extinguido y había sido reemplazado por el arameo. 

El imperialismo comprendió inmediatamente la utilidad de este nuevo movimiento político, y lo estimuló abiertamente. Zubatov, el director de la Ojrana zarista y organizador de “sindicatos policiales” antes de la revolución de 1905, fomentó abiertamente el sionismo a fin de meter una cuña entre los trabajadores judíos y rusos. Pero lo que mejor testifica los lazos históricos estrechos entre el colonialismo sionista en Palestina y el imperialismo es la Declaración Balfour, una carta fechada el 2 de noviembre de 1917, del Secretario de Asuntos Exteriores británico Arthur James Balfour, a Lord Rothschild, un líder de la comunidad sionista británica, para su transmisión a la Organización Sionista Mundial, la cual establecía la posición, acordada en una reunión del gabinete británico el 31 de octubre de 1917, de que el gobierno británico apoyaría los planes sionistas para el establecimiento de un "hogar nacional" judío en Palestina. En aquel entonces los sionistas poseían solamente el 2% de la tierra de Palestina, por lo que la carta representaba un claro aliento al asentamiento de colonos sionistas en territorio árabe, motivado por la comprensión de que la hostilidad que dicha actividad generarían entre la población nativa desposeída transformaría a los colonos en instrumentos útiles en manos de los imperialistas.

“Sionismo versus Bolchevismo: Una lucha por el alma del pueblo judío”

Quien mejor comprendió el significado profundo del sionismo para el pueblo judío fue el ideólogo y líder del imperialismo británico Winston Churchill. En un artículo publicado en el Sunday Herald el 8 de febrero de 1920, afirmó abiertamente que la lucha entre sionismo y bolchevismo era “una lucha por el alma del pueblo judío”. Los judíos, esa “raza mística y misteriosa”, habían dado lugar al “evangelio de Cristo” y al “evangelio del Anticristo” (el bolchevismo). Churchill procedió entonces a alabar a lo que llamó los “judíos nacionales” y a denostar a los “judíos internacionales” –entre los que nombró a Karl Marx, Trotsky y Rosa Luxemburg– como responsables de una “conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización”. Después de hacer una enumeración de personalidades judías destacadas en el gobierno soviético y en el comunismo alemán,  Churchill procedió a afirmar que, “en violento contraste con el comunismo internacional, el sionismo presenta al judío una idea nacional de carácter imperioso. Le ha tocado al gobierno británico, como resultado de la conquista de Palestina, tener la oportunidad y la responsabilidad de asegurar para la raza  judía de todo el mundo un hogar y centro de su vida nacional. La habilidad política y el sentido histórico del señor Balfour estuvieron prestos a aprovechar esta oportunidad.” 

La creación de “un Estado judío bajo la protección de la Corona británica” en Palestina “sería beneficioso y estaría particularmente en armonía con los más auténticos intereses del Imperio británico.” Churchill pensaba que “el sionismo ya se ha convertido en un factor en las convulsiones políticas de Rusia, como una poderosa influencia que rivaliza en los círculos bolcheviques con el sistema comunista internacional”, citando como prueba “la furia con la cual Trotsky ha atacado a los sionistas”, y concluía haciendo un llamamiento a “los judíos leales” a “combatir la conspiración bolchevique” mediante “la construcción con la mayor rapidez posible de un centro nacional judío en Palestina”.

Restrospectivamente, es claro que los planes del imperialismo fueron exitosos: los judíos que quedaron atrapados en las redes del sionismo, tanto en Palestina como fuera de ella, se han alejado cada vez más de cualquier actividad revolucionaria y en la actualidad son arrastrados al proceso de fascistización creciente que está teniendo lugar en Israel. Para citar sólo un ejemplo reciente, el 14 de mayo de 2018 Israel asesinó a 60 palestinos e hirió a 2.771 manifestantes más en Gaza en menos de 24 horas.

Las tareas de los revolucionarios en Palestina

El estalinismo jugó y juega aún hoy un rol nefasto en la desarticulación y desorientación de la izquierda palestina, desde el apoyo que Stalin dio a la partición del país en 1948 hasta el apoyo actual del Partido Comunista de Israel a los “dos estados” –un eufemismo para el confinamiento de los palestinos en campos de concentración como Gaza. Pero la crisis del trotskismo también jugó un rol en la desorientación de la izquierda mundial en torno a la cuestión palestina, desde el llamado de Moreno a expulsar a los judíos de Palestina (una barbaridad que sólo puede contribuir a forzar a los trabajadores judíos en Palestina a cerrar filas en torno al sionismo) hasta el apoyo de ciertas “internacionales” trotskistas contemporáneas a la partición de Palestina (la filial israelí del Committee for a Workers’ International, Ma’avak sotzialisti, apoya la posición de los “dos estados”). 

Frente a toda esta descomposición política, las posiciones que los revolucionarios en Palestina deben defender son claras, y están ancladas en las posiciones hsitoricas del trotskismo en Palestina: el derecho incondicional al retorno de los refugiados; el fin de la partición y la creación de un estado único, laico, democrático y socialista en Palestina; por un gobierno de trabajadores, campesinos y refugiados. Pero dado que la diáspora palestina está fuertemente presente en los países limítrofes como Jordania, el Líbano y Siria, y que la suerte del pueblo palestino está íntimamente ligada a la de los trabajadores de la región, la mayoría de los cuales sufre bajo el doble yugo de los despotismos locales y de las intervenciones imperialistas, dichas consignas deben ir ligadas indisolublemente a la lucha por una federación socialista del Medio Oriente.  

 

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