22/11/2012 | 1249

14N en España: una huelga convocada a regañadientes

La huelga general que ha paralizado el país es la segunda que se realiza contra el gobierno del Partido Popular (PP) en lo que va de año. El paro estaba convocado en Portugal, en España y en Italia, mientras que en otros países se producían movilizaciones contra la política de recortes desatada en toda la Europa del capital. Las ilusiones en el gobierno derechista que existían hace unos meses entre los sectores más atrasados se han disipado para no volver. Más de cuatro años de recortes sociales y de leyes antiobreras -iniciados con gobierno del PSOE y continuados bajo el del PP- no han hecho más que agravar la situación.


Uno de cada cuatro trabajadores se encuentra sin trabajo y los pocos puestos que se crean son temporales y precarios. Más de la mitad de los jóvenes no tiene trabajo ni perspectivas de tenerlo. Recorte de salarios, congelamiento de las pensiones, desmantelamiento del sistema público de sanidad y de educación, aumento de los impuestos sobre los productos básicos, mientras se entregan miles de millones de euros a los bancos para que saneen sus cuentas y para que eviten la bancarrota.


Cada día se ejecutan en todo el país una media de 500 desahucios contra familias trabajadoras, mientras millones de viviendas -propiedad de los bancos- se encuentran vacías. Los presupuestos que el gobierno acaba de aprobar para 2013 serán los más regresivos de las últimas décadas y prometen llevar la situación social a cotas explosivas.


Entre la espada y la pared


Este es el panorama que ha llevado a la cúpula de CCOO y UGT a convocar, muy a su pesar, un nuevo paro general. Su poco entusiasmo se ha expresado en la escasa movilización de los cuadros sindicales. El mayor peso de los preparativos ha recaído en las organizaciones políticas y sociales de base de los pueblos y de los barrios de las ciudades.


La desacreditada burocracia sindical se encuentra entre la espada de la ofensiva del gobierno y de la patronal y la pared del creciente descontento popular. Enseña los dientes al gobierno para demostrar que sigue siendo necesaria como apagafuegos social, pero es consciente de que el malestar y la radicalización pueden llevar las cosas mucho más lejos de lo que le interesa. La división y el sectarismo de los sindicatos alternativos les ha impedido hasta ahora capitalizar buena parte del descontento de los trabajadores. Como muestra, un botón: en Euskadi la huelga fue un fracaso -entre un 5% y un 20%-, porque los sindicatos nacionalistas ELA y LAB se negaron a convocar el paro y prefirieron llevarlo a cabo dos semanas antes. La división de los trabajadores no debilita a la burocracia de CCOO y UGT, pero da un respiro a la patronal y al gobierno.


En los días anteriores a la huelga se evidenció la rabia y la indignación de la población -con numerosas muestras de simpatía hacia la movilización-, pero también quedó clara la resistencia a sumarse de amplias capas de trabajadores precarios, por temor al despido y a la represión patronal. La timidez de la convocatoria por parte de la burocracia sindical no hizo más que fortalecer ese miedo y la sensación de que todo estaba escrito y de que el paro no iba a servir para nada.


Un éxito, a su pesar


El Estado español se paralizó el día 14. Mientras la huelga era total en los polígonos industriales y en las grandes empresas, el transporte fue escaso -apenas los servicios mínimos pactados. También se produjo el cierre de numerosos comercios y de pequeñas empresas, que se solidarizaban con la movilización y protestaban por la subida de los impuestos, que condena a muchas de ellas a la extinción. Es la primera vez que un sector importante del comercio y de la pequeña empresa se suma a las movilizaciones obreras. Esta actitud contrasta con la amenaza que la dirección de las grandes cadenas comerciales lanzó contra sus trabajadores, para que no secundaran la huelga. El paro tuvo especial intensidad en los sectores más golpeados: maestros, estudiantes, personal sanitario.


El gobierno puso en marcha su aparato represivo para tratar de desbaratar el paro. Los choques entre la policía y los piquetes se extendieron a lo largo de todo el día. Hubo decenas de heridos y de detenidos; pero la represión no pudo detener la oleada de luchadores y de activistas que inundaron las calles de las grandes ciudades. Por la tarde, miles y miles de trabajadores, que por temor a la represión patronal no habían ido a la huelga, se sumaron a las más de cien manifestaciones que se desarrollaron por todo el país.


Hay que destacar el fortalecimiento de los sindicatos alternativos y de las organizaciones clasistas y combativas barriales, que en Madrid y en Barcelona convocaron manifestaciones paralelas -al margen de los mayoritarios- y se nutrieron de una masa de jóvenes, que miran con desconfianza las vacilaciones de la burocracia sindical pactista.


Rajoy no tardó en proclamar que la movilización había sido un fracaso y que la única política posible es la que él está llevando a cabo. Pero las consecuencias ya han empezado a verse. No tanto por las promesas de la Unión Europea de moderar su política contra el déficit, sino por la creciente descomposición social y política que corroe el aparato de Estado. Apenas tres días después de la huelga, 8.000 policías se han manifestado en Madrid contra los recortes salariales y para desmarcarse de la represión protagonizada por los matones "antidisturbios". Esto no sería más que una anécdota si apenas unas semanas antes, colectivos militares portugueses no hubieran declarado que no están dispuestos a ser utilizados como instrumento de represión contra sus propios ciudadanos.


Un nuevo fantasma recorre Europa


No basta una huelga general que le lave la cara a la burocracia de los sindicatos. El paro tiene que ser el punto de partida de nuevas y de mayores movilizaciones contra la política del gobierno, hasta la retirada de todas las leyes antiobreras y de los recortes. ¡Por una huelga general indefinida hasta derribar al gobierno de los capitalistas y banqueros!


Hace un año y medio la irrupción del movimiento de los indignados sembró la semilla que desde entonces no ha cesado de crecer. La huelga general sólo ha sido un paréntesis en el camino de las movilizaciones. Cada día se cruzan en las calles de las ciudades, en medio de un caldeado ambiente de lucha y de indignación, las manifestaciones de los colectivos golpeados por la crisis -sanitarios, docentes, estudiantes, afectados por las hipotecas y trabajadores despedidos por los expedientes de regulación de empleo, entre otros. Es necesario levantar un poderoso movimiento clasista que una todas estas luchas, basado en las asambleas y en la democracia directa, que comience a preparar una alternativa socialista y revolucionaria frente a un capitalismo que nos condena a la miseria y a la barbarie.


Grecia, Portugal, Italia, España… Mientras la Europa del capital se transforma en un estercolero maloliente de corrupción, de crisis y de bancarrotas, parafraseando a Marx y a Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, un nuevo fantasma empieza a vislumbrarse en el horizonte de Europa: el de la movilización y del estallido social.

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