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23 de septiembre de 2010 | #1147

ESTADOS UNIDOS | Té cargado

La arrolladora marcha del Tea Party ha tenido un efecto contradictorio en el Partido Republicano. Insuflado por un nuevo y masivo activismo conservador, lo ha corrido más a la derecha y, al mismo tiempo, ha estrechado su base electoral. En la elección de Florida, el candidato del establishment partidario propuso una ley inmigratoria incluso más severa que la de Arizona, pero no le alcanzó para ganarle al candidato del Tea Party. Los últimos resultados aumentarán las posibilidades de que Sarah Palin, la gobernadora Alaska y figura principal del movimiento, sea la candidata republicana a la presidencia en 2012.

Pero la elección de candidatos extremistas no significa que el Partido Republicano se haya podido reestructurar alrededor de una nueva política. Según una encuesta de The Economist, el 40% de los votantes independientes comparte los argumentos del Tea Party, pero menos de una cuarta parte muestra simpatías por sus dirigentes. La campaña xenófoba puede transformarse en un arma de doble filo y reducir los votos del partido Republicano. Una parte importante de los capitalistas apoya la necesidad de una reforma migratoria y rechaza la Ley Arizona (ver Prensa Obrera Nº 1.138, 22/7).

El ascenso ultraderechista ha acentuado las tendencias a la dislocación del Partido Republicano. Según el presidente del Comité Nacional Demócrata, Tim Kaine, "el Partido Republicano vive una auténtica guerra civil" (El País, 15/9). Por este motivo, se viven momentos de optimismo para los alicaídos demócratas, cuando la popularidad de Obama está cayendo en picada (40%). En estas condiciones, los demócratas podrían retener la mayoría en el Senado. Los demócratas tienden a abandonar su tradicional discurso progresista en un desesperado intento por evitar una fuga de simpatizantes hacia el Tea Party (Obama ha deportado más inmigrantes que Bush y acaba de hacer aprobar una partida de 600 millones de dólares para reforzar los controles fronterizos). El principal enemigo de los demócratas de Obama es la abstención electoral, que promete ser muy superior a la de dos años atrás.
Si Obama, con una mayoría holgada en ambas Cámaras del Congreso, apenas pudo hacer aprobar algunas reformas -dolorosamente y en una versión desdibujada-, no es descabellado pensar que será incapaz de aprobar una sola ley en la segunda mitad de su mandato. Estados Unidos se enfrentará a la nueva etapa de la crisis capitalista con un régimen político paralizado.

 


“Que se vayan todos” a la yanqui

El Tea Party, movimiento popular ultraderechista -a la vera de los partidos tradicionales, pero incidiendo cada vez más fuertemente en el republicano- moviliza a una parte muy pequeña de la población (The New York Times, 15/9). Sin embargo, interpelan el hartazgo de la población con el establishment político. Una reciente encuesta de The New York Times reveló que la mayoría de los votantes desconfía hoy tanto de los demócratas como de los republicanos: "Es la primera vez en mucho tiempo que se acude a elecciones con dos tercios de los votantes diciendo que ninguno de sus representantes merece quedarse" (La Nación, 19/9).

No sólo "es la economía..."

Centro de la crisis capitalista mundial, en Estados Unidos uno de cada siete de sus habitantes ya es pobre, el desempleo aumenta (10%; un 25, si sumamos los subempleados y los que dejaron de buscar trabajo). La peor situación social en 45 años.

En este contexto, la ultraderecha es la única voz de protesta audible en Estados Unidos. A pesar del reguero de despidos y ataques a las condiciones de vida de los trabajadores, las organizaciones obreras están paralizadas. Se prepara una movilización de los organismos de derechos civiles y sindicatos para el 2 de octubre, pero para dar su apoyo a la campaña electoral del Partido Demócrata. Un analista destaca el repetido hecho de que "el movimiento obrero hace todo por los demócratas, pero no recibe nada a cambio" (Corriere della Sera, 15/9). Mientras tanto, aunque sea básicamente un movimiento pequeño burgués, el Tea Party ha sabido utilizar bien el descontento en la clase obrera, especialmente la blanca, que está abandonando en masa al Partido Demócrata (un aviso de la O'Donell la definía como "la candidata de la clase trabajadora"). El movimiento de los inmigrantes ha sido llevado -por ahora- a la parálisis por sus dirigentes, siguiendo también los tiempos y la política de los demócratas.

En 1964, un movimiento similar, encabezado por el fascistizante Barry Goldwater, hizo sapo, desapareció enseguida, aunque el relevo lo tomó Nixon. La situación es mucho más grave que entonces porque hoy hay varias guerras en curso, no una como la de Vietnam, y una crisis social demoledora. El Tea Party expresa la desesperación de la pequeña burguesía norteamericana, debidamente aceitada por magnates como Rupert Murdoch, que controla la cadena Dow Jones-The Wall Street Journal. Pero Estados Unidos no está preparado todavía para el fascismo; antes, es probable que el Tea Party desate un backlash -una reacción en sentido contrario de las masas.

Pablo Rabey

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