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29 de julio de 2005 | #910

China: la revaluación permanente

La decisión del gobierno de China de revaluar su moneda, el yuan, de 8,28 a 8,11 por dólar, ha provocado ríos de tinta en la prensa financiera internacional. A partir de ahora, la moneda china dejará de estar pegada al dólar y oscilará de acuerdo con la cotización de una canasta de monedas, entre las cuales estarán el yen japonés, el euro y otras dos o tres monedas asiáticas, además del dólar.

La importancia de la medida no reside en el porcentaje de la revaluación, apenas un 2%, sino en el reconocimiento de la necesidad de hacer frente a un desequilibrio económico internacional de características potencialmente explosivas. Según distintas estimaciones, el yuan estaría desvalorizado, en su cotización actual, entre un 20 y un 40% con relación al poder adquisitivo de otras divisas, en particular el dólar. Aunque China tiene un comercio exterior relativamente balanceado, su superávit comercial con Estados Unidos es enorme, alrededor de 250.000 millones de dólares. Estados Unidos financia este déficit con emisión de moneda que recupera por la compra de títulos públicos norteamericanos por parte de China. China, mientras tanto, tiene que emitir moneda para absorber el excedente de dólares, lo que plantea el riesgo de una estampida inflacionaria. La expectativa de una revaluación del yuan había provocado el ingreso de una enorme masa de capital especulativo a China. Todo sumado, China enfrenta una presión monetaria enorme, con sus efectos inflacionarios y la inevitabilidad de una crisis financiera. Por otro lado, si el déficit comercial norteamericano persiste, podría producirse una devaluación del dólar que obligaría a China a vender los títulos de Estados Unidos en su poder. Esto acentuaría la devaluación del dólar y la posibilidad de una crisis financiera en Estados Unidos. Una revaluación del yuan pretende contrarrestar la necesidad de una devaluación del dólar.

Es claro, sin embargo, que una revaluación del 2% no resuelve nada; al despegar al yuan parcialmente del dólar, a lo sumo se podría esperar que no siga acompañando por completo, de aquí en más, las devaluaciones que sufre el dólar. La expectativa de que deba producirse otra revaluación, en un plazo no muy largo, seguramente acelerará la entrada de capitales a China y agravará las tensiones que produce la cotización actual del yuan. En este escenario, estaríamos asistiendo al inicio de una cascada de revaluaciones, o sea a la revaluación permanente del yuan. Pero incluso en esta alternativa, no es claro que las tensiones económicas internacionales ofrezcan la posibilidad de alargar tanto en el tiempo el ritmo de la revaluación prevista.

El otro problema que enfrenta la moneda china es que para obtener la posibilidad de un acceso sin restricciones a los mercados de los países principales, China debe cumplir con la disposición de que el valor de la moneda del país no sea determinado por las autoridades del Estado. La decisión de dejar que el yuan fluctúe de acuerdo con las oscilaciones de una canasta de monedas va en esa dirección, pero no autoriza ni de lejos una fluctuación libre de la divisa. Un comercio libre de la moneda significa la intervención de los bancos y de los fondos financieros, que en el caso de China son muy débiles o están en situación de quiebra. De acuerdo con una estimación, los préstamos incobrables de los bancos chinos oscilarían entre los 500.000 y los 800.000 millones de dólares, o sea entre el 40% y el 70% del PBI. Un libre comercio de la moneda vaciaría los cofres de estos bancos y los llevaría a la bancarrota. El gobierno de China afirma que la libertad monetaria está condicionada a una previa consolidación del sistema bancario, pero no es claro cómo se llegará a ello. Hay quienes sostienen que hay que actuar a la inversa y dejar que los bancos exploten como consecuencia de una desregulación financiera.

La cuestión principal, sin embargo, es que China no tiene una estructura económica similar u homogénea con los principales países con los que comercia, por lo cual los desequilibrios con ellos no son de origen monetario. Según un informe, “En algunos sectores, la utilización de equipos, diseños y constructoras nacionales les permite a los chinos construir fábricas e instalar maquinarias a un valor entre un 30% y un 50% del valor que pagarían los competidores extranjeros (...) General Electric, por ejemplo, tiene más de 300 agentes de compras en el país para certificar proveedores aptos para un abastecimiento global” (El Cronista, 20/7). Querer nivelar esta ventaja competitiva por medio de una revaluación de la moneda equivale a promover, no ya la destrucción económica de China, sino un aumento generalizado de los costos de producción internacionales. El desequilibrio podría ser resuelto por una planificación internacional de las inversiones, pero esto es incompatible con la anarquía que caracteriza al modo de producción capitalista.

Además: “La revaluación del cambio arriesga con acentuar la brecha entre la ciudad y el campo. El ingreso de los campesinos depende de los precios agrícolas, que son fijados en dólares en la Bolsa de Chicago: si la moneda china se refuerza con relación al dólar, el precio del arroz y de los granos en los mercados internacionales cae y los campesinos se empobrecen” (Corriere della Sera, 22/7). “Pero hoy —continúa el comentarista italiano— el problema de la distribución de los ingresos ocupa el centro del debate político. El gran problema de China es cómo reequilibrar el crecimiento, pero sin frenarlo, porque (...) si el crecimiento se interrumpiese, el régimen tendría los días contados (...) La revaluación es un arma de doble filo: empobrece a 800 millones de campesinos.”

China y la economía mundial se encuentran en una impasse, porque China sólo puede evacuar sus tensiones internas desequilibrando las relaciones económicas internacionales e, inversamente, un reequilibrio a costa de China dejaría al régimen ‘con los días contados’.

La tensión creada por este desequilibrio mundial no tiene precedentes. La continuidad del excedente comercial chino y su reciclaje hacia Estados Unidos y Europa (así como las oportunidades comerciales que brinda a las exportaciones a China por parte de Japón, Corea del Sur o Alemania) explican el crecimiento de la economía mundial y el crecimiento aún mayor de la especulación y del endeudamiento internacionales (también hay que incluir aquí el nuevo reciclaje de dólares de los países petroleros). Se ha llegado al extremo de que la tasa de interés que pagan países que están quebrados es inferior a la que paga General Motors, debido a la confianza de que el flujo de dinero no se detendrá. Muchos confunden la reducción del llamado riesgo-país con estabilidad económica, cuando se trata apenas del agotamiento de las posibilidades excepcionales para invertir el dinero sobrante. De aquí que muchos teman las consecuencias catastróficas que pueda tener una resaca. Eso ocurriría si se produjera un parate de la demanda de China en el mercado mundial.

China es una plataforma del capital mundial para disputar el mercado mundial. Exporta más de la mitad del PBI, lo que significa que el peso del consumo interno es muy bajo; invierte el 40% del PBI, la proporción más alta que se conozca. “Sólo el 4% de los hogares de China tiene ingresos superiores a los 20.000 dólares al año. El PBI per cápita en la región costera es de 2.100 dólares; en el resto del país promedia los 750 dólares al año” (El Cronista). “Hace sólo siete años, el ingreso per cápita en las ocho provincias más ricas era el doble de las veinte provincias más pobres; hoy la diferencia es de tres veces y la relación de ingresos entre la ciudad y el campo ha subido de 2,5 veces a 3,2” (Corriere).

El episodio de la revaluación de la moneda apenas oculta una situación histórica explosiva.

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