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1 de octubre de 2015 | #1383

Bolivia: una turbia salida al mar

La Corte Internacional de Justicia (CIJ) ha aceptado su competencia ante la demanda boliviana de exigirle a Chile una negociación por una salida al mar. La votación -14 a 2- es una derrota política del gobierno de Bachelet, que había reclamado la plena vigencia del acuerdo de 1904 que pretendió sellar la pérdida de los territorios perdidos por Bolivia en la Guerra del Pacífico -reservándose Chile la oportunidad de una negociación bilateral. El papa Francisco, en su reciente visita a Bolivia, había pedido que se “dialogue” sobre el mar. 
 
En la Guerra del Pacífico, que corresponde llamar Guerra del Salitre y que respondió por entero al interés británico, Bolivia perdió 120.000 kilómetros cuadrados -algo menos que la provincia de Santa Fe- y todo su litoral marítimo.
 
¿Acaso un tribunal constituido por la ONU y que responde a los Estados ha adoptado un fallo de reparación histórica?
 
Bolivia no pidió a la CIJ que le otorgue los territorios perdidos ni la salida al mar que perdió en 1879, sino que establezca si Chile tiene la obligación de negociar un acceso soberano al Océano Pacífico. Es sólo éste punto el que la CIJ se compromete a estudiar y dándose sus tiempos -acaba de dar un plazo hasta julio de 2016 para que Chile haga su descargo.
 
Litoral marítimo y negocios
 
Bajo la amenaza de anular los tratados internacionales que forzaron la pérdida del litoral marítimo, Evo Morales ha colocado la cuestión de la salida del mar en un nuevo escenario. En 2013 propuso un trueque de "gas por mar"; adujo, entonces, que con el gas proveniente de Bolivia las familias chilenas podrían pagar la mitad de su consumo domiciliario actual. La condición del acuerdo era una vía soberana al mar. 
 
Por otra parte, en 2008, bajo el primer gobierno de Bachelet, Bolivia y Chile firmaron un pre acuerdo por el uso de las aguas del Silala, un curso de agua boliviano que desagota en el norte de Chile y es vital para esa zona, no sólo para consumo sino para desarrollo de la minería. 
 
El canje no sería, sin embargo, sólo "agua y gas por mar".
 
En mayo de este año culminó la construcción en Bolivia de la ruta Transoceánica entre Brasil y el Pacífico, que parte de Puerto Suáres (Santa Cruz), fronterizo al Brazil y próximo al Mutún, la mayor reserva de hierro en el mundo. Junto al Corredor Norte, en construcción, que uniría Brasil con el Pacífico, pasando por Bolivia, aseguran un tránsito en doble dirección: producción de Brasil a Asia -básicamente soja y minerales- y de Chile y China hacia Brasil. Ese tránsito contempla el intercambio proveniente de los procesos que se acometan, en sal y litio, en el mayor reservorio del mundo: Uyuni.
 
Bolivia reclama que la cesión de paso por su territorio tenga como contrapartida un acceso soberano al Pacífico. 
 
Todo este conjunto de intereses puja por abrir una vía al Pacífico para Bolivia.
 
Del mismo modo que la explotación del guano y del salitre llevó a la guerra que amputó territorios vitales de Perú y Bolivia en beneficio del capital inglés a fines del siglo XIX, un conjunto de pulpos gasíferos, petroleros, sojeros y mineros pueden terminar poniendo un fin provisorio a un litigio centenario. Reproduciría, años más tarde, la paz que impusieron los pulpos mineros a ambos lados de la frontera entre Chile y Argentina, para asegurar la depredación ambiental y laboral que hoy practican.
 
Brasil, Chile...
 
Mas allá de las declaraciones altisonantes sobre la integridad territorial, la diplomacia chilena no es ajena a estos intereses. Fue la propia Bachelet la que firmó un preacuerdo para asegurar un enclave marítimo bajo "normas bolivianas, pero sin soberanía". Brasil propuso que Unasur oficie de "padrino" político de este intento de acuerdo y hasta Marco Aurelio García -su hombre fuerte en relaciones internacionales- pidió esperar para actuar al fallo que acaba de producirse. Con el respaldo del Papa, bingo.
 
Un acuerdo sobre estas bases entre Chile y Bolivia sería una operación gigantesca de entrega de los recursos bolivianos estratégicos al gran capital (¡una vez más¡) oculta bajo el disfraz de la satisfacción de una reivindicación nacional.
 
Es una expresión más del "capitalismo andino" asentado en el Estado, las comunidades indígenas y el gran capital internacional, que se presenta como la base "teórica" del falso Estado plurinacional.
 

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