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19 de diciembre de 2016

Turquía: un crimen que trasluce una fractura del aparato estatal

El asesino del embajador ruso en Turquía proclamó, antes de ser abatido, “no se olviden de Alepo”, en referencia a la segunda ciudad más importante de Siria, reconquistada recientemente en forma integral por la dictadura de Al-Assad con el auxilio decisivo de asesores militares rusos y de fuerzas ligadas al régimen iraní.
 
La población de Alepo ha sufrido una espantosa masacre y la ciudad quedó devastada después de meses de combates y bombardeos cruzados entre dos bandos reaccionarios, uno de ellos patrocinado por el imperialismo yanqui y el otro por Rusia e Irán.
 
De acuerdo al gobierno turco, que confirmó que el atacante es un policía de un escuadrón antidisturbios, el atentado sería un intento de enturbiar el reacercamiento del país con Rusia.
Putin, a su turno, calificó el hecho como una provocación. El 20 debía desarrollarse un encuentro tripartito Rusia-Irán-Turquía para discutir el conflicto sirio.
El atentado se inscribe en una serie de acontecimientos que indican una fractura al interior del aparato estatal.
 
En julio pasado, 44 personas murieron en un atentado en el aeropuerto de Estambul en el marco de una seguidilla de ataques del Estado Islámico que –por sus dimensiones- serían inconcebibles sin la anuencia de un sector de los servicios de inteligencia.
 
Inmediatamente después, la fractura de la burguesía y del aparato estatal quedaron al rojo vivo en el intento de golpe de Estado por parte de una fracción de las fuerzas armadas contra Erdogan, que éste atribuyó al clan Gülen (rival islamista del líder turco) y a los Estados Unidos.
 
 
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Al golpe fallido, Erdogan le opuso un contragolpe que derivó en encarcelamientos masivos, cierres de periódicos y un reforzamiento de la opresión y masacres contra el pueblo kurdo. El último de estos episodios fue la detención de la dirigencia del Partido Democrático de los Pueblos (HDP).
 
En la guerra civil siria, el régimen de Erdogan (que ha sido acusado de pretender una “islamización” del país),   ha perseguido dos objetivos fundamentales: sostener una influencia regional frente al bloque chiíta (Al Assad, Irán) y –sobre todo- coartar toda posibilidad de desarrollo de una región autónoma kurda en el norte del país, que potenciaría la lucha de los millones de kurdos que viven dentro de Turquía.
 
En función de estos objetivos, Erdogan fue ensayando diversas políticas. Financió inicialmente al Estado Islámico (EI), enemigo mortal de Al-Assad y de los kurdos del norte sirio, para enlistarse después en la coalición contra el EI patrocinada por Estados Unidos.
 
En los últimos meses, restableció un canal de negociaciones con Rusia.
 
Todos estos reacomodamientos han tenido su impacto y consecuencias en la vida política turca. Turquía no podría ser ajena a la enorme desestabilización regional.
 

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