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17 de agosto de 2017 | #1470

El atentado fascista de Charlotteville

El ataque en la localidad de Charlottesville, estado de Virginia, donde un militante supremacista blanco atropelló con su coche una manifestación antifascista dejando un muerto y decenas de heridos, ha puesto al desnudo que la actividad política fascista es abiertamente apañada desde el Estado.
 
Aunque bajo una fuerte presión, el presidente Donald Trump terminó por criticar expresamente el racismo. En su declaración inicial había dicho que repudiaba la violencia… “de todos los bandos”. Una especie de teoría de los dos demonios a la norteamericana.
 
En rechazo al atentado de Charlotteville se produjeron movilizaciones en todo el país, una de las cuales tumbó un monumento confederado. Están muy lejos, de todos modos, de alcanzar las movilizaciones masivas anti-Trump que tuvieron su mayor expresión en la marcha de mujeres durante el primer día de gobierno del dirigente republicano.
 
Copamiento fascista
 
En Charlottesville, las fuerzas fascistas que se reunieron bajo el lema “Unir a la derecha” repudiaron el retiro de la estatua de un general confederado -es decir de los partidarios de la esclavitud durante la Guerra Civil norteamericana. “Decenas de milicianos armados con rifles de asalto, escopetas y cuchillos de caza”, tomaron el control de la ciudad bajo la mirada pasiva de la policía. El viernes por la noche, cientos de personas ingresaron en el campus de la Universidad de Virginia durante una marcha de antorchas al grito de “un pueblo, una nación, fin de la inmigración” y “sangre y tierra”, un canto antisemita usado por los nazis (Word Socialist Web Site, 13/8). Ondearon banderas confederadas, esvásticas, imágenes del Ku Klux Klan (KKK) y carteles de campaña de Trump.
 
Las contramanifestaciones de repudio, entre las que figura la aludida al comienzo de esta nota, fueron atacadas físicamente por los grupos derechistas antes del atentado.
 
Los grupos de derecha presentes en el mitin son tributarios de la política de “América Primero” del gobierno. Allí estuvieron, además del Ku Klu Klan (KKK), los “Proud Boys” (partidarios de “restablecer un espíritu de chauvinismo occidental durante una era de globalismo y multiculturalismo”) y referentes de la llamada alt-right (derecha alternativa). La conexión de estos grupos con el poder estatal no sólo se ve en que algunos de sus exponentes ocupan cargos en el gobierno o son parte del círculo íntimo de Trump, sino también en la persistencia de símbolos confederados en el país. En los dos últimos años se han retirado 60 monumentos públicos de este tipo en Estados Unidos (Democracy Now, 7/8) en rechazo a esta presencia. Ni hablemos del gatillo fácil policial que se ensaña con los negros y de la profunda desigualdad social a la que son sometidos.
 
Fuerza de choque
 
Los demócratas, con el alcalde de la ciudad y el gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, a la cabeza, salieron a atacar a Trump por sus declaraciones y sus vínculos con estos grupos. Buscan crear un dique de contención popular -aquí cabe inscribir también a Bernie Sanders- y atraer a su campo al activismo anti-Trump en función de un revival demócrata. Temen, sobre todo, un desarrollo de la polarización social en el país a partir del carácter incendiario del magnate. Un columnista del Washington Post (13/8) se alarma ante los hechos de Charlottesville: “Trump está jugando con fuego”.
 
Los fascistas, por lo pronto, han anunciado nuevas movilizaciones para las próximas semanas, que serán correspondidas por nuevas contramanifestaciones de naturaleza democrática. Se ha ingresado en una dinámica de marchas y contramarchas que despierta una honda preocupación en el régimen sobre el control de la calle.
 
Los grupos fascistas que actuaron en Charlottesville fungen como fuerza de choque de un gobierno que desenvuelve un plan de guerra contra los explotados, para lo cual procura poner en pie un Estado policial.
 
Por la defensa de los derechos democráticos y un frente único para derrotar los comandos fascistas. Por las reivindicaciones sociales de los trabajadores y por el desarrollo de una alternativa política de los trabajadores.

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