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22 de marzo de 2018 | #1495

El envenenamiento del ex espía ruso

Otro eslabón de una crisis internacional

El atentado contra el ex espía ruso Skripal y su hija en Londres desató una crisis política de carácter internacional. La autoría del episodio permanece confusa. Las víctimas fueron envenenadas por un tóxico de uso militar que, según Londres, es de origen soviético

Las acusaciones, sin embargo, han disparado no pocas dudas. Hay dos elementos que llamaron la atención en la conducta británica. Por un lado, omitió las disposiciones de la Convención sobre Armas Químicas, que impone que el país acusado debe recibir muestras del tóxico y en un plazo de diez días producir un descargo.

Por el otro, sorprendieron las contradicciones en que incurrió el gobierno inglés, afirmando primero que Skripal fue envenenado con un opiáceo sintético más poderoso que la heroína y luego que se trató de un gas nervioso como sarín o Vx para finalmente concluir que era el temible “novichok” soviético. 

El ex embajador británico Craig Murray aludió a una fuente dentro de su gobierno británico que confirma que “los científicos de Porton Down no son capaces de identificar que el gas nervioso fue producido por Rusia y han cedido a la presión sobre ellos para hacerlo” (SWS, 19/3).

Incluso si se aceptase la conclusión del gobierno británico de que se trata de Novichok, esto no prueba que Rusia haya dirigido el ataque. En todos estos puntos se apoyó el líder opositor laborista Jeremy Corbyn cuando interpeló a la primera ministra, Theresa May, en el Parlamento. y puso en duda las evidencias que respaldan las acusaciones del gobierno.

Moscú niega cualquier vinculación con este hecho, pero las sospechas sobre su responsabilidad tienen que ver con la existencia de una gran colonia de emigrados en Londres, el centro opositor más activo contra Putin que funciona en el exterior. Dicha colonia alberga a acaudalados empresarios, ex burócratas y miembros de los servicios que fueron expulsados o quedaron desplazados durante el mandato de Putin.

Putin ha intentado salvar la restauración capitalista en Rusia, reforzando la injerencia y el arbitraje del Estado entre las mafias y oligarquías, descabezando, si hiciera falta, a algunos de ellos. Quienes sostienen la responsabilidad del Kremlin plantean que se trata de una suerte de advertencia contra la acción de estos núcleos. Hay antecedentes en la materia como el asesinato de otro notorio espía ruso, Alexandr Litvinenko, en Londres en 2006, envenenado con una sustancia radiactiva. El descubrimiento en estos días de que otro desertor ruso, asilado en Londres -Nicolás Glushkov-, fue, en realidad, asesinado reforzaría esa hipótesis.

No debe descartarse que haya habido una mano no directamente vinculada con el Estado ruso. Se trataría de sectores que actúan con cierta autonomía respecto del aparato oficial.

Sin embargo, como lo han destacado diversos analistas “el incidente de Londres parece un precio demasiado alto para ese propósito” (Clarín, 17/3).

Escalada imperialista

Más allá de esas especulaciones, lo importante es ver el alcance y las consecuencias políticas que el episodio tiene. El atentado ha sido utilizado para reforzar una escalada del imperialismo mundial contra Rusia. Se anuncian nuevas sanciones contra el régimen que se sumarían a las que ya soporta desde la anexión de Crimea.

Los planes de Trump apuntan a una colonización de los ex Estados obreros, llevando hasta el final el proceso de restauración capitalista, hoy inconcluso. El régimen de Putin, al igual que el chino, fue señalado por la nueva doctrina de seguridad norteamericana como “una amenaza” para el destino de Estados Unidos.

Gran Bretaña está en la misma sintonía. La Oficina Central de Comunicaciones Generales, una de las principales agencias de inteligencia británicas, informó que se está preparando para una guerra cibernética con Rusia.

Esta escalada contra el Kremlin es también un tiro por elevación en lo que se refiere al futuro de Siria y el derrotero más general de Medio Oriente. Luego de la expulsión de Isis, el conflicto se ha intensificado y adquire la forma de una guerra internacional directa. Los últimos acontecimientos en la zona (el asedio y la conquista de Ghouta, así como la incursión del régimen de Erdogan en Siria) hablan de la consolidación de un eje entre Rusia e Irán y, un poco más alejado, de Turquía. Ese desenlace es inaceptable para Washington y sus aliados israelíes y sauditas. El cambio que acaba de imponer Trump en su cancillería, que pasó de Tillerson al ultraconservador Mike Pompeo (al que le seguiría el relevo de otros funcionarios clave del gabinete) iría de la mano de un viraje en la política en la región y apuntaría a  voltear el acuerdo nuclear con la potencia persa.

Una preocupación importante en Londres y Washington es mantener la unidad de la Otan, poniendo a los países de la Unión Europea (UE) en línea detrás de la campaña antirrusa en curso. El mes pasado, en la Conferencia de Seguridad de Munich, los representantes alemanes y franceses anunciaron un reforzamiento de su potencial bélico para desarrollar una maquinaria militar independiente de Washington. Varias potencias de la UE, incluido París, señalaron su intención de desarrollar lazos económicos con Rusia y reducir las sanciones económicas impuestas a petición de Estados Unidos. Un elemento importante en el manejo por parte de la Otan-Reino Unido del caso Skripal es el intento de minar los esfuerzos de un eje Berlín-París de acercarse a Moscú. Hay quienes destacan, incluso, que el principal destinatario de esta escalada sería, en realidad, la UE, más que el propio régimen ruso, del cual Trump pretendería valerse como punta de lanza contra las metrópolis del continente europeo. El magnate norteamericano acaba de saludar a Putin por su victoria electoral.

No debemos obviar, por último, que esta escalada oficia, por un lado, como un instrumento para reforzar la regimentación política, atacar los derechos democráticos y avanzar hacia un Estado policial en los países involucrados y, por el otro, como cortina de humo para amortiguar sus crecientes desequilibrios. Todos los gobiernos involucrados en la campaña en marcha enfrentan severas crisis. Reino Unido está siendo azotado por el cimbronazo post Brexit. El gobierno de Trump viene a los tumbos y está actualmente en medio de una nueva depuración de altos funcionarios. En Alemania, los partidos oficialistas pudieron recién formar un gobierno después de casi seis meses de las elecciones en setiembre. Rusia tampoco es una excepción. Putin, quien acaba de ganar holgadamente las elecciones presidenciales no se ha privado de aprovechar la campaña lanzada contra Rusia para hacer demagogia nacionalista. Pero esa victoria electoral no puede disimular las contradicciones explosivas que enfrenta (ver nota sobre las elecciones rusas).

Campaña mundial

Denunciamos las guerras del imperialismo norteamericano y europeo, así como los planes de guerra de la Otan, que tienen por objetivo último la hegemonía de la transición capitalista en los ex Estados obreros. Llamamos a emplear todos los medios de lucha contra esta guerra, no en defensa de la restauración capitalista de los Putin o Xi Jing Ping, sino de la revolución socialista y la dictadura del proletariado.

La clase obrera sólo puede combatir el peligro creciente de guerra por medio de su propia acción política independiente, en oposición a la burguesía, sus Estados y sus partidos. Alertamos a los trabajadores acerca del uso de la amenaza de la guerra como una extorsión para deponer o ceder en sus reclamos y luchas. Lejos de amortiguar la lucha de clases, es necesario intensificarla. Llamamos a motorizar una gran campaña mundial de los trabajadores contra la guerra, que es inseparable de la lucha por la emancipación nacional y social.

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