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3 de mayo de 2018 | #1500

Lo que está en juego en Corea

El viernes pasado, los jefes de Gobierno de Corea, norte y sur, anunciaron la firma inminente de un tratado de paz en una ceremonia cuya coreografía fue preparada con la meticulosidad característica del show político. Los mandamases de todo el mundo saludaron el apretón de manos de los mandatarios y la Bolsa de Seúl se adelantó al evento con subas elevadas. Hyundai Construcciones, mascarón de proa del capital sureño, se disparó un 28 por ciento, mientras bajaba la cotización de los seguros contra defol. El diario Financial Times (25/4), que registra la noticia, comenta que Hyundai es la compañía con mayor experiencia en el sector de construcción de Corea del Norte y que “ha trabajado en proyectos de alto perfil, incluido aquellos relacionados con hoteles en el sudeste, un estadio en Pyongyang y un complejo industrial próximo a la zona desmilitarizada”. Los chaebol (holdings de empresas) surcoreanos y los ‘comunistas’ norteños son viejos conocidos.

‘Fuego y furia’

Luego de dos años de ensayos misilísticos, de parte de Norcorea, con capacidad para transportar ojivas nucleares, incluso algunos de largo alcance, que podrían alcanzar la costa oeste de Estados Unidos, ¿cómo habría que interpretar este giro aparente de 180°? En este mismo período, el gobierno de Trump trasladó una armada cargada de cohetería nuclear al noreste de Asia, con la proclamada intención de desatar “el fuego y la furia” contra Corea del Norte. Logró, además, algo en principio sorprendente -que Rusia y China se asociaran a una acentuación del embargo económico contra el régimen de Kim Jong-un. En varias oportunidades, el Financial Times citó a fuentes de China que advertían de una discusión política acerca de la posibilidad de que China pudiera acompañar a Trump en un ataque a Corea del Norte. La agencia rusa de noticias, Russia Today, dio a conocer la última advertencia de Rusia: “No podemos tolerar las pruebas nucleares de Corea del Norte cerca de nuestras fronteras” (18/4). O sea que una semana antes del ‘día histórico’ en la zona desmilitarizada de la frontera, la presión a favor de la “desnuclearización” de Corea del Norte seguía sin tregua.

Trump se apresuró a festejar el encuentro entre Kim Jong-un, el norteño, y Moon Jae-in, el sureño, como la consecuencia de su política de apriete bélico y económico extremo. Un observador especializado sostiene, sin embargo, lo contrario, porque ha sido bajo el gobierno de Trump (y en la última etapa de Obama), precisamente, cuando Norcorea realizó sus ensayos militares más significativos. Por otro lado, la iniciativa adoptada por el jefe de Gobierno de Surcorea ya había sido anunciada en la campaña electoral que lo llevó a la victoria. Ha sido la orientación estratégica del centro-izquierda desde mandatos anteriores, que fue bloqueada por Estados Unidos y por crisis internacionales.

Esta estrategia, que lleva la etiqueta de Sunshine, aboga por la penetración económica en el Norte, bajo la tutela política del Estado policial en presencia. Este planteo de ‘reunificación’ de la península, que evita la unificación estatal, ganó impulso como consecuencia del hundimiento de la derecha surcoreana, opuesta al Sunshine, cuyo último gobierno terminó en la cárcel por actos de corrupción.

Capitalismo a la norcoreana

Es incuestionable, entonces, que en un marco de extorsiones internacionales excepcionales, por un lado, y amenazas de guerra y de contra guerra, por el otro, el régimen de Kim Jong-un ha acompañado la iniciativa de alcanzar un acuerdo de paz, bajo la presión de sus propios intereses sociales, como ya intentó hacerlo en el pasado. En 2009, Goldmann Sachs proyectó que el producto interno bruto de una Corea unificada podría superar los de Francia, Alemania e incluso Japón en 30 años, apuntando a la enorme riqueza mineral de Corea del Norte. La expectativa del banco acerca de una unificación era del tipo Hong Kong-China, no de la alemana.

Ese acuerdo de paz, sin embargo, requiere el apoyo de Estados Unidos y de China, incluso porque son los firmantes del armisticio que se encuentra en vigencia desde 1953, cuando finalizó la guerra de Corea. El desafío político estratégico para las masas trabajadoras del norte y del sur es la capacidad para imponer, por la vía de la movilización y la construcción de una alternativa política independiente, la autonomía política de Corea en su conjunto, frente a las presiones y condicionamientos del imperialismo yanqui, por un lado, y el restauracionismo capitalista chino, por el otro. Trump y el chino XI Jing-pin están relativamente unidos en evitar que la crisis coreana derive en un proceso autonómico.

El plato fuerte de este proceso, sin embargo, todavía no ha sido servido. Aunque el ex director de la CIA y actual secretario de Estado, Mark Pompeio, se reunió con Kim en Pyonyang hace poco, los resultados de la reunión no han sido concluyentes. Corea del Norte solamente aceptaría llegar a una “desnuclearización” cuando se cumplan todas las condiciones de un acuerdo general; Trump exige que sea el punto de partida. Para Norcorea, la ‘desnuclearización’, al final del proceso diplomático, debe incluir la clausura de las bases norteamericanas en el Sur e incluso la presencia de una armada nuclear de Estados Unidos en el noreste asiático. Todo esto es lo que deberían discutir Trump y Kim en una reunión prevista, aunque sin fecha, si es que antes se aceptan las condiciones mínimas de uno y otro. El imperialismo yanqui, con todo, no tiene una posición unificada, porque para muchos grupos de poder, la exigencia de “desnuclearización” debería ser reemplazada por un control “intrusivo” de los sitios y arsenales de Corea del Norte, de modo de no dilatar un proceso de colonización económica que pondría en acción a numerosos actores capitalistas que se encuentran opacados, en la actualidad, por la omnipresencia del régimen burocrático-policial. De acuerdo con numerosos observadores, esta variante sería la que más preocupa al régimen de Pekín, porque podría resultar en una hegemonía norteamericana en Corea del Norte.

Crisis mundial

Es bastante claro que la cuestión coreana se desenvuelve condicionada por una crisis mundial, que va desde el resurgimiento de tendencias a un crash financiero, la guerra económica y las crisis políticas en varios Estados, con el centro ocupado por los enfrentamientos de Estados Unidos, de un parte, y Rusia y China de la otra -sin minimizar los choques comerciales de Trump con la Unión Europea. En este escenario, la ruptura del tratado nuclear con Irán, firmado por todas las grandes potencias en presencia, que ha prometido Trump, ocupa un lugar relevante. No solamente atiza la guerra en el Medio Oriente, por el reclamo de que Irán se retire de Siria y del Líbano, y de que abandone el espacio geo-político que va hasta el Mediterráneo, que sería ocupado por Israel y Arabia Saudita. También significa una luz roja para la cuestión coreana, porque refuerza la desconfianza de que Trump cumpla los términos de los papeleríos que se firmen. Las negociaciones de paz, en relación con Corea, se presentan como una pulseada política que opera como el preludio de la guerra que dice querer evitar.

La diplomacia ha sido siempre un juego mafioso de las grandes potencias, pero es evidente que su degeneración ha alcanzado niveles mucho mayores desde la disolución de la URSS. Todos los acuerdos firmados por la Otan con la burocracia rusa fueron enviados al tacho de basura -desde la anexión de Alemania oriental, el bombardeo y fragmentación de Yugoslavia, el asalto a la periferia de la ex Unión Soviética, hasta la más reciente anexión virtual de Ucrania. Macron y Merkel ya han anunciado que exigirán a Irán una revisión del acuerdo, con énfasis en la contención política de Irán en las crisis de Siria, Bahrein, Qatar, Yemen, Líbano -o sea, dar satisfacción a la expansión criminal del sionismo.

Las masas y los aparatos

Una mayoría inmensa de coreanos, según encuestas, apoyan un acuerdo de paz e incluso, condicionalmente, una unificación de la península. Es indudable que son amparados en parte por el poder político, que busca un respaldo popular para su objetivo del Sunshine. En Seúl se han registrado manifestaciones masivas de jóvenes en apoyo de un acuerdo de paz, pero que podría evolucionar, a partir de las contradicciones de todo el proceso, hacia el reclamo de una unificación autónoma y democrática. Esta evolución demuestra el papel estratégico enorme que podría jugar la clase obrera, que tiene una tradición de combatividad enorme en el Sur. Un planteo a favor de una Asamblea Constituyente libremente electa en Corea en su conjunto, sería un golpe monumental al imperialismo y al restauracionismo, que se enfrentan por un nuevo reparto de Corea, y liberaría a las masas coreanas del yugo del Estado policial, que no solamente caracteriza al Norte sino también al Estado capitalista super-explotador del Sur. Una política propia de los trabajadores de Corea ofrecería una nueva perspectiva a los de Japón, cuyo régimen enfrenta una crisis política terminal y que constituye uno de los principales obstáculos a una salida autónoma, democrática y potencialmente socialista para toda la península coreana.

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