fbnoscript
13 de julio de 2006 | #954

Con una pequeña ayuda del exterior

La burla del destino: el Estado que está desarrollando una amplia campaña internacional por un boicot está desarrollando, con la misma determinación, una campaña paralela contra un boicot. Un boicot que daña seriamente las vidas de millones de personas es legítimo a sus ojos porque está dirigido contra aquellos que define como sus enemigos, mientras que el boicot que está destinado a lastimar su torre de marfil académica es ilegítimo a sus ojos sólo porque está dirigido contra él. Este es un doble estándar moral. ¿Por qué la campaña de boicot contra la Autoridad Palestina, incluyendo el bloqueo de ayuda económica esencial y el boicot a dirigentes electos en comicios legales y democráticos, es una medida permisible en Israel y el boicot de sus universidades está prohibido?
 
Israel no puede reclamar que el arma del boicot es ilegítima. Hace un uso extensivo de esta arma, y sus víctimas están sufriendo bajo severas condiciones de privación, desde Rafah a Jenin. En el pasado, Israel llamó al mundo a boicotear a Yasser Arafat, y ahora está llamando a boicotear al gobierno de Hamas, y por la vía de este gobierno, a todos los palestinos de los territorios. Israel no ve esto como un problema étnico. Decenas de miles no recibieron sus salarios por cuatro meses como consecuencia del boicot, pero cuando hay un llamado a boicotear a las universidades israelíes, súbitamente el boicot se convierte en un arma ilegítima.
 
Los que llaman a un boicot contra Israel también están inficionados de un doble estándar moral. La Asociación de Maestros en la Educación Media y Superior (NAFTHE) en Gran Bretaña y el Sindicato de Empleados Públicos de Ontario (Canadá), que han decidido boicotear a Israel, no actúan de manera similar para protestar contra los crímenes de guerra y las ocupaciones de sus propios países —el ejército británico en Irak y el ejército canadiense en Afganistán. Sin embargo, el puñado de defensores de los derechos humanos y oponentes de la ocupación en Israel deberían agradecer a esas dos organizaciones por el paso que han dado, a pesar de su fallido doble estándar.
 
Hubiera sido preferible que los opositores a la ocupación en Israel no necesitaran la intervención de grupos externos para luchar contra la ocupación. No es fácil llamar al mundo a boicotear el país de uno. Habría sido mejor que no hubiera habido necesidad para Rachel Corrie, James Millar y Tom Hurndall, gente de fuerte conciencia que pagó con sus vidas después de haberse mantenido en pie frente a los bulldozers destructores en Rafah. Estos jóvenes extranjeros hicieron el trabajo vital y peligroso que los israelíes deberían haber hecho.
 
Lo mismo es verdad para los pocos activistas por la paz que todavía se las arreglan para llegar a los territorios, para protestar y para ofrecer asistencia a las víctimas de la ocupación en el marco de organizaciones como el Movimiento de Solidaridad Internacional, al cual Israel combate, impidiendo a sus miembros entrar en sus fronteras. Hubiera sido mejor si los israelíes se movilizaran para luchar en lugar de ellos. Pero excepto algunos grupos pequeños y modestos, no hay protesta en Israel y no hay movilización. Entonces, sólo queda esperar la ayuda del mundo.
 
El mundo puede ayudar a Israel a salvarse de sí misma de maneras limitadas. En una situación en la cual los gobiernos de Occidente efectivamente apoyan la continuidad de la ocupación, incluso si declaran su oposición a ella, este papel le corresponde a las organizaciones civiles. Cuando un grupo de abogados norteamericanos que incluía a judíos llamó a boicotear a la compañía Caterpillar, cuyos bulldozers destruyeron barrios enteros en Khan Yunis y Rafah, se les debería agradecer por esto. Lo mismo se aplica al boicot a las universidades: cuando una asociación de profesores universitarios británicos boicoteó a sus colegas israelíes que no estaban preparados al menos para declarar su oposición a la ocupación, deberíamos apreciarlo. Cada grupo en su campo, y quizás esto pueda algún día incluir funcionarios de turismo, empresarios, artistas y atletas. Si todos ellos boicotearan a Israel, quizá los israelíes comenzarían a comprender, quizá de una manera dura, que hay un precio a pagar por la ocupación —un precio en sus bolsillos y en su status.
 
La ocupación no sólo es el dominio del gobierno, el ejército y las organizaciones de seguridad; todos están concernidos: instituciones de justicia y leyes, los médicos que permanecen en silencio mientras los tratamientos de salud son impedidos en los Territorios, los maestros que no protestan contra el cierre de las instituciones educacionales y el libre movimiento de sus pares, los periodistas que no pueden informar, los escritores y artistas que permanecen mudos, los arquitectos e ingenieros que prestan su mano a las empresas de la ocupación —las colonias y el muro, las barreras y las rutas, y también los profesores universitarios que no hacen nada por sus colegas presos en sus territorios, sino que desarrollan programas de estudios especiales para las fuerzas de seguridad. Si todos ellos boicotearan la ocupación no habría necesidad de un boicot internacional. El mundo ve una injusticia grande y creciente, ¿permanecerá en silencio? Esta no es, por cierto, la única injusticia en el mundo. Tampoco es la más terrible. ¿Pero esto hace menos necesario actuar contra ella?
 
Es fácil exceptuarnos de nuestra responsabilidad moral y atribuir, como siempre, cualquier crítica al antisemitismo. Puede haber incluso ciertos elementos de antisemitismo entre aquellos que critican el boicot. Pero también entre ellos hay grupos e individuos, incluyendo muy pocos judíos, para los cuales Israel está cerca de sus corazones. Quieren un Israel justo. Ellos ven un Israel que ocupa y es claramente injusto, y piensan que deben hacer algo. Debemos agradecerles desde el fondo de nuestro corazón.

En esta nota:

Compartir

Comentarios