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29 de noviembre de 2018 | #1530

Brexit: Gran Bretaña y Europa convulsionadas

Brexit: Gran Bretaña y Europa convulsionadas

El acuerdo entre la premier Theresa May y la Unión Europea no conforma a ninguna de las partes

Theresa May, la premier británica, está en la cuerda floja. Es altamente improbable que pueda hacer aprobar en el Parlamento el acuerdo que acaba de firmar con la Unión Europea sobre el Brexit. May necesita una mayoría simple sobre los 650 escaños de la Cámara de los Comunes. Al menos 90 parlamentarios conservadores, entre euroescépticos y proeuropeos, ya han dicho que rechazarán un acuerdo que “deja al Reino Unido en peor situación que la actual”, como reconoció el propio Boris Johnson, ex ministro de Exteriores y adversario de May.

El Partido Laborista, a través de su líder, Jeremy Corbyn, se dispone a rechazar el pacto. “Este es el resultado de un miserable fracaso en las negociaciones que nos deja con lo peor de ambos mundos”, manifestó. Los unionistas norirlandeses del Partido Unionista Democrático (DUP), cuyos diez diputados sostienen la precaria mayoría parlamentaria conservadora, consideran una puñalada en la espalda mantener la regulación comunitaria en el Ulster, como se plantea en el acuerdo. La líder del DUP, Arlene Foster, ya anticipó el voto en contra de su partido.

El acuerdo

Gran Bretaña dejará la Unión Europea el 29 de marzo, pero permanecerá adentro del mercado único del bloque y puede estar sujeto a sus normas hasta finales de 2020, mientras ambas partes negocian una nueva relación comercial. Ese período de transición puede extenderse hasta dos años después del 1° de julio de 2020, si ambas partes coinciden en que necesitan más tiempo.

Uno de los puntos más conflictivos del acuerdo se refiere a la frontera irlandesa, que procura evitar el retorno a la vigilancia policial y preservar, a su vez, el acuerdo de paz de Viernes Santo de 1998. El acuerdo plantea preservar un área de libre comercio, en el marco de las tratativas generales, pero contempla, en caso de que las negociaciones generales no lleguen a buen término, una cláusula de “salvaguarda” para garantizar que, al menos, la frontera entre Irlanda, miembro de la Unión Europea, e Irlanda del Norte, que forma parte del Reino Unido, permanezca libre de aduanas u otras barreras.

Gran Bretaña acordó pagar unos 39.000 millones de libras (50.000 millones de dólares) para cubrir las pensiones del personal y compromisos con programas de la Unión Europea que el Reino Unido hizo cuando era miembro.

Los habitantes de la Unión Europea que viven en Gran Bretaña y los británicos en otras partes del bloque, continuarán con sus derechos de residencia y laborales. El proyecto de acuerdo prevé que más de 4 millones de ciudadanos (3,2 millones de europeos en Reino Unido y 1,2 millones de británicos en el resto del bloque) puedan continuar estudiando, trabajando, recibiendo ayudas y reagrupando a sus familias.

Crisis

El acuerdo no conforma a ninguna de las partes. Ni a los partidarios de un “Brexit duro” -que tiene un apoyo importante en las filas del propio Partido Conservador y califican al pacto de “humillante”, ni a quienes plantean preservar los vínculos económicos y políticos con Europa y, en definitiva, abogan por la permanencia en la Unión Europea. Estas tendencias contrapuestas están presentes en el partido gobernante, que está al borde del estallido. La tentativa de la premier británica, de navegar en medio de este torbellino y pilotear la crisis, han resultado infructuosas y lo más probable es que termine costándole la cabeza. El Parlamento europeo acaba de aprobar el acuerdo y el presidente de la Comisión Europea viene de exhortar a los británicos a aceptar el acuerdo, pero ese hecho no ha logrado calmar las aguas, más bien ha terminado por exacerbarlas.

La crisis en curso abre un conjunto de escenarios.

Un grupo de cinco ministros partidarios de la permanencia en la Unión Europea, liderado por el de Economía, Philip Hammond, ha comenzado a trabajar en un plan B para alterar el acuerdo en caso de que sea rechazado en la Cámara de los Comunes. Alientan un acuerdo “a la noruega”, que permita a Reino Unido permanecer en el área económica europea.

Los euroescépticos y rivales de May en el Partido Conservador confían en una moción de censura que derribe a May, y que un nuevo líder conservador negocie un “no acuerdo gestionado” de Brexit que conduzca a Reino Unido a un escenario sin ataduras en el que sólo imperen las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Nadie descarta un adelanto electoral, pero lo que inhibe a los conservadores rebeldes a avanzar en esa dirección es que eso podría catapultar al poder a Jeremy Corbyn, el líder laborista. Otra variante, que podría ir o no de la mano de una elección anticipada, es la convocatoria a un segundo referéndum sobre el Brexit, aunque eso obligaría a la Unión Europea a reabrir las negociaciones, opción que parece poco viable. La Comisión Europea no está dispuesta a actuar con mano blanda y revisar los acuerdos para evitar que el ejemplo incentive otras separaciones en el futuro.

Desintegración y guerra comercial

Este divorcio, cuyo desenlace está aún por verse, constituye una paso más en la desintegración de la zona euro, que se suma a la crisis migratoria que atraviesa todo el continente europeo; el auge de las corrientes xenófobas y nacionalistas, incluyendo a la propia Alemania y las crecientes tensiones con el gobierno italiano, que viene desafiando las normas presupuestarias y económicas de la Unión Europea, lo que abre potencialmente la amenaza de una salida de Italia de la zona euro. En caso de que esto ocurriera, sería el acta de defunción de la Unión Europea. La bancarrota capitalista, entre tanto, viene haciendo su trabajo implacable de topo, lo que se está traduciendo en una desaceleración del crecimiento de la Unión Europea por debajo de los ya magros pronósticos que se estimaban y que, incluso, podría ser el preludio de una nueva recesión.

La guerra económica es un factor clave que hace más explosivo el escenario. Washington no se ha privado de torpedear el acuerdo, apuntando, por esa vía, a asestarle un nuevo golpe a la Unión Europea. Ello, cuando las tensiones entre Europa y Estados Unidos han alcanzado un nuevo pico, como quedó expresado en la reciente gira de Trump a Francia.

Trump insinuó que el acuerdo del Brexit impediría que el Reino Unido pueda “comerciar con Estados Unidos” y señaló que el pacto acordado “suena como favorable para la Unión Europea”. Con lo cual se ha metido de lleno en la disputa política que domina el escenario político británico.

Perspectivas

Lo cierto es que el Reino Unido podría terminar siendo el principal afectado por el divorcio, ya que una salida de la Unión Europea, con más razón si es unilateral, sin pacto previo, podría disparar el desmembramiento de la propia Gran Bretaña, a través de la separación de Escocia (en la que, pocos años atrás, ya hubo un consulta que resultó muy reñida sobre el punto) y hasta de la propia Irlanda del Norte.

Por lo pronto, las principales analistas pronostican que el Brexit va a acentuar el impasse económico que ya domina el panorama británico. La economía del Reino Unido, en una década, estará cerca de un 4% por debajo de lo que estaría si el país hubiese seguido dentro del bloque. Esta es la principal conclusión a la que ha llegado el reputado think-tank Instituto Nacional de Investigación Económica y Social (NIESR, por sus siglas en inglés). 

Esta situación ha encendido las alarmas de la gran burguesía británica, que mayoritariamente rechaza el Brexit y que viene haciendo lobby para una transición lo más consensuada posible e, inclusive, si fuera posible, dar marcha atrás en la salida del Reino Unido de la Unión Europea, abriendo paso a un nuevo referéndum.

Entre tanto, el gran capital, empezando por la gran banca, ya ha empezado a tomar recaudos. Muchas instituciones financieras hicieron planes para relocalizar algunas de sus operaciones en otros lugares de la Unión Europea. Importa destacar que las operaciones en Londres venían ya golpeadas por una caída general en las transacciones financieras europeas durante los últimos años, como resultado de una más amplia crisis económica. El Brexit va a empeorar esto, especialmente si los bancos con base en Gran Bretaña no obtienen un “pasaporte” para operar con otros bancos en la Unión Europea.

En los años previos al Brexit, Londres tenía rivales en Europa, algunos más grandes en ciertas áreas de las finanzas, como es el caso de Luxemburgo, en el manejo de fondos de inversión. Pero Londres ha sido el centro más importante en un amplio rango de operaciones que engloba lo bancario, capitales de riesgo, derivados financieros y operaciones de divisas.

Pero la procesión principal es la que va por abajo. El impasse del capitalismo británico, acicateado por la bancarrota capitalista, ha provocado en esta última década un retroceso pronunciado en las condiciones de vida de los trabajadores. El llamado “estado de bienestar” viene soportando un enorme desmantelamiento, barriendo conquistas en materia de salud, seguridad, educación y asistencia social. Una de las señales irrefutables es el crecimiento de los indicadores de pobreza y marginalidad en el suelo inglés. A caballo de ello, crece el descontento y la insatisfacción social, que históricamente ha sido el caldo de cultivo de giros políticos en las masas. Esto ya se viene insinuando y es lo que explica el ascenso de Jeremy Corbyn, quien se presentó en las últimas elecciones (a mediados de 2017) con una agenda de reivindicaciones sociales y nacionalizaciones. Gran Bretaña, y de conjunto Europa, entra en una nueva transición de características explosivas.

 

 

Prensa Obrera N° 1530, disponible en la web y en PDF: debido a las imposibilidades logísticas que provoca la reunión del G20 en Buenos Aires, este número de Prensa Obrera no será impreso. 

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