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6 de diciembre de 2018 | #1531

Después del G20

Entre el derrumbe de Wall Street y la guerra comercial

El júbilo por la tregua en la guerra comercial entre Estados Unidos y China duró poco. A un par de días del G20, donde tuvo lugar esa tregua, estamos frente a un nuevo derrumbe accionario en Wall Street y en las principales bolsas del mundo.

Con el correr de las horas, quedó clara la fragilidad de los resultados que arrojó la cumbre. Las disparidades en los mensajes entre Washington y Pekín, así como las contradicciones de la propia Casa Blanca, pusieron de relieve que los compromisos estaban en el aire. El régimen chino, a su turno, tomó distancia de las declaraciones del magnate.

Lo cierto es que en estas ultima semanas, hemos asistido a un recrudecimiento de la guerra comercial. En vísperas del G20, un alto funcionario de la Casa Blanca se entrevistó con Bolsonaro, con el propósito de privilegiar las inversiones yanquis y ponerle un límite a la presencia china en Brasil. En el encuentro que Macri mantuvo con Trump, tomó estado público la exigencia norteamericana para que Argentina enfrente la acción “depredadora” de China. El nuevo acuerdo firmado con México, en el marco de la readecuación del Nafta, plantea, entre otras cosas, una reducción de los insumos chinos en la producción automotriz a comercializar entre los firmantes del tratado. Estas presiones sobre America Latina se dan cuando Trump ha acentuado su escalada sobre Europa y las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Europea han llegado a uno de sus picos más altos, como se constató en la visita del magnate a Francia. El presidente norteamericano ha salido a torpedear el acuerdo de la premier británica con la Unión Europea en torno del Brexit, planteando que es un obstáculo para las relaciones económicas entre Washington y Londres.

La gota que rebalsó el vaso es el nombramiento de Robert Lighthizer, secretario de Comercio Exterior, como el líder del grupo negociador con China. Lighthizer es conocido por sus frontales criticas a las políticas comerciales de Pekín. 

Este escenario dominó las deliberaciones del G20. El comunicado final no pudo disimular los profundos antagonismos reinantes en la arena mundial.

Crisis y división

El apuro de Trump por arribar a un compromiso con China obedece, en primer lugar, a su propio frente interno. La guerra comercial hace sentir sus secuelas en la economía norteamericana, abriendo una división creciente en la burguesía. Los agricultores se han visto seriamente afectados por las represalias de China a las exportaciones norteamericanas. Por su parte, el aumento de aranceles al acero y al aluminio han aumentado los costos industriales. El rechazo al proteccionismo de Trump se ha extendido a la industria automotriz. General Motors anunció el cierre de cinco plantas, cuatro de ellas localizadas en territorio estadounidense, señalando que se ven perjudicados en sus posibilidades de exportación por el incremento de sus insumos importados. Esto también es un golpe a la población, al provocar un aumento general de los artículos de consumo importados.

Estamos frente a una verdadera bomba de tiempo, en momentos en que asistimos a una desaceleración de la economía mundial. El PBI en Alemania se contrajo a una tasa anual del 0,8 por ciento en el tercer trimestre. China podría descender, por primera vez, por debajo del 6 por ciento. A esto se agrega el colapso en que han entrado los países emergentes. El temor fundado es que la guerra comercial termine por dislocar la economía mundial y conduzca a una recesión generalizada.

El derrumbe de esta semana en la Bolsa norteamericana es el tercer desplome en el año. Ello delata la precariedad de la recuperación norteamericana, de la que se venía jactando el magnate. Su crecimiento, superior al 3,5 por ciento, venía impulsado por el recorte de impuestos a las ganancias corporativas y personales dispuestos por el gobierno. Pero esto no ha redundado en un aumento de la inversión. El mayor aumento de las utilidades ha sido utilizado para las recompras de acciones y operaciones financieras, y ha sido el caldo de cultivo de una nueva burbuja bursátil. Este proceso fue de la mano de un creciente endeudamiento corporativo, que se ha ido agravando a partir de la subas de las tasas del interés dispuestas por la Reserva Federal.

Quienes lideran la caída bursátil son las “tecnológicas”. Las llamadas Faangas (Facebook, Apple, Amazon, Neflix y la compañía matriz de Google, Alphabet) han tenido bajas de un 20 por ciento. De la crisis de sobreproducción reinante en el mundo no han podido escapar ni siquiera las estrellas del mercado. Netflix se ha tropezado con limites en su demanda, en medio de una competencia salvaje de sus rivales, y soporta una endeudamiento cada vez más pronunciado.

La guerra comercial no sólo perjudica a los productos chinos fabricados por firmas de ese país, sino también a aquellos producidos por empresas norteamericanas, con filiales en el exterior y en especial en el gigante asiático. Apple señala que las barreras impuestas por Trump perjudican seriamente a sus productos elaborados en China. La escalada de Trump ha acentuado la hostilidad del capital norteamericano,  que tiene una estructura de producción globalizada.

Los recortes impositivos dieron un impulso a la economía, pero al mismo tiempo han demostrado sus límites. Dicho estimulo fiscal no es suficiente para que las corporaciones norteamericanas abandonen sus planes de relocalización y retornen a Estados Unidos, teniendo en cuenta las ventajas que obtiene en el exterior, especialmente en lo que se refiere al menor costo de la mano de obra y de la materia prima.

A través de la tregua establecida en Buenos Aires, Trump ha buscado calmar la tormenta interna que viene provocando la guerra comercial, aunque todo indica que no ha logrado el efecto buscado, sino más bien lo contrario: ha avivado la incertidumbre y la desconfianza de los mercados.

Es que estamos ante una crisis de fondo. La agencia de calificaciones Moodys advierte acerca “del gran abismo (de Estados Unidos y China) entre sus respectivos intereses económicos, políticos y estratégicos”.

La demanda clave de Estados Unidos es que China emprenda un cambio fundamental en su economía al eliminar básicamente su programa económico “Hecho en China 2025”, que apunta al avance de industrias de alta tecnología. Esa incursión de China en ese campo es inadmisible para Estados Unidos y de un modo general, para las grandes potencias capitalistas (Japón y la Unión Europea), a la que consideran una amenaza directa a su hegemonía económica y militar. La política del gobierno de Trump es abrir la economía del gigante asiático y promover una amplia colonización económica bajo la tutela norteamericana, completando el proceso de restauración capitalista que aún está inconcluso.

Perspectivas

El magnate ha apuntado sus cañones contra la Reserva Federal, a la que responsabiliza por el desplome de Wall Street, que asocia con la suba de las tasas de interés. Powell, presidente de la Reserva,  ha planteado que no había nuevos aumentos a la vista. Pero eso no ha alcanzado para calmar a los mercados y no hay que descartar que sea tarde para lograrlo. Colocar un freno a  nuevas subas no es suficiente para revertir la desaceleración de la economía y la amenaza de una recesión, y menos aún para hacer frente al endeudamiento. Sin capacidad para superar los desequilibrios actuales, podría abrir nuevos. No hay que olvidar que Estados Unidos tiene una deuda pública de 20 billones de dólares, que supera su PBI y que necesita,  no sólo renovarla, sino ampliarla constantemente. Un congelamiento de la tasa de interés puede comprometer esta posibilidad, lo cual planteraría un escenario explosivo.  

Este cuadro  de creciente división y choques de la burguesía norteamericana puede replantear el pedido de juicio político del presidente, con más razón a partir de una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Hay quienes señalan que la cancelación de la entrevista con Putin prevista en el G20 tiene que ver más con la crisis interna que con los incidentes de Ucrania. Trump necesitaba tomar distancia  en sus relaciones con Putin cuando la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016 y la posible conspiración de Trump y su entorno con Moscú, progresa. A eso se suma la apertura de nuevas investigaciones, esta vez, para verificar si hay o no una conexión ilícita entre el ejercicio del poder presidencial y los negocios que sostiene el magnate. La crisis económica se enlaza con la crisis política, y abre una transición convulsiva en Estados Unidos y a escala mundial. Trump, pero también Xi Jingping, Putin, Macron, Merkel y May, están envueltos y condicionados por el torbellino de la crisis mundial.
 

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