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11 de diciembre de 2018

Toda Europa en el candelero

A falta de una salida política al derrumbe de su gobierno, Emmanuel Macron juega a las imitaciones – se ha recluido en el silencio, protegido por sus tropas de asalto, para obtener una inútil expectativa por su anunciado pronunciamiento. Un De Gaulle de menor estatura. En la previa del adefesio que brotará de su boca, el último sábado llenó a Francia de policías anti-motines, a razón de un represor por manifestante. Si las cifras oficiales conservan algún valor, los 120 mil policías y gendarmes empatan a los 150 mil ‘chalecos amarillos’ que salieron a la calle a lo largo del territorio de Francia. Como la caracterización oficial de la crisis es “que están en juego las instituciones”, el presidente ordenó sacarlas a la calle en masa para defenderlas. Primero gases pimienta y lacrimógenos, tanquetas y balas de goma – después vendrán las tergiversaciones políticas. La Asamblea Nacional había dado el visto bueno a la operación un día antes: “El conjunto de los diputados rindieron homenaje a las fuerzas del orden, aplaudiéndolas de pie, con excepción de los de LF Insumisa” (Le Monde, 7/9). El sindicato de empleados de la policía, mientras tanto, lanzaba una huelga indefinida, y en varias localidades los policías se sacaban los cascos para abrazarse con la población. Da la impresión de que Macron enfrenta obstáculos para recurrir a estos métodos con la frecuencia que impone la situación. De Gaulle, el alto, se vio obligado a renunciar más de una vez, después de sus silencios.

La votación parlamentaria sobre ‘las fuerzas del orden’ comporta una diferenciación política instructiva, porque pone a la derecha (LR y Frente Nacional) contra los ‘chalecos’. Traduce asimismo una diferenciación dentro de los ‘chalecos’, donde una fracción denominada “libres” quiere negociar con el gobierno. La fascistoide Marine Le Pen no dejó de vociferar contra la ‘racaille’ (chusma) cuando se enteró de una disposición de los barrios del conurbano de París de participar en las manifestaciones. Durante la semana hubo, significativamente, confraternizaciones entre ‘chalecos’ y obreros de fábricas, con inmigrantes o descendientes de ellos, e incluso una convergencia con una marcha de defensores de la lucha contra la contaminación ambiental – que Macron supuestamente estaría defendiendo con el encarecimiento de las naftas y el diésel. “La lucha en defensa del medio ambiente es también una lucha contra la desigualdad social” – explicaron. La movilización de secundarios se incrementó, con la consecuencia de un número enorme de detenidos; fueron ocupados varios edificios públicos – en varios de los cuales se declararon huelgas, y se ha anunciado una huelga de camioneros y una manifestación de propietarios agrícolas. Los ‘chalecos’ volvieron a ocupar los Campos Elíseos, la zona vedada por el estado, que las burocracias sindicales no se cansan de respetar. El Arco de Triunfo ha dejado de ser la zona reservada para el homenaje al militarismo francés.

Bienvenidos a la retaguardia

La burocracia de los sindicatos ha decidido ponerse al frente de la defensa del gobierno. Siete centrales sindicales firmaron una declaración para “llamar a la calma” a los ‘chalecos’. Phillipe Martinez, el secretario general de la CGT fue por demás claro. “No llamamos a marchar al Eliseo, ni a la dimisión de Emmanuel Macron, ni a la disolución de la Asamblea Nacional; nos inquieta el aumento de la violencia” (ídem, 8/9). Martínez juega al estadista, como la mayor parte de la izquierda y la extrema izquierda, que recela, detrás de los ‘chalecos’, una operación de la derecha. Se refugia en la necesidad de un aumento de salarios, o sea en usar esta reivindicación como moneda de cambio de un acuerdo. En lugar de trabajar sobre la delimitación que se desarrolla ya en el movimiento de ‘chalecos’, le da la espalda, entregándola efectivamente a la derecha, en la eventualidad. Reduce la carencia popular a una negociación de salarios, esto con un régimen que ha impuesto una liquidación del derecho laboral. Martínez, vista la pérdida de posiciones sindicales en las grandes empresas, debido a la entrega de sus luchas, reclama a la patronal que le abra un espacio en ellas, a cambio de una contención del movimiento actual. En esta línea, la CGT ha llamado a una “jornada de acción”, para el viernes próximo, claramente dirigida a convertir a la burocracia en interlocutor de una negociación con la patronal y el Estado. Es, precisamente, la convocatoria que prepara Macron, de acuerdo a lo que ha trascendido. Esta operación de pinzas contra el movimiento, de un lado de parte de la izquierda y la burocracia sindical, y del otro del gobierno, las patronales, los partidos y la Asamblea Nacional, ha sido históricamente lo que ha permitido a la extrema derecha la captura de las clases medias lanzadas a la desesperación por el capitalismo en bancarrota. La extrema izquierda coincide en la oposición al planteo de cuestionar la continuidad del gobierno y la Asamblea y en encaminar la situación a una lucha salarial (ver por ejemplo Lutte Ouvriere, 7/9, o las publicaciones del NPA).

El argumento central de esta retaguardia es que la clase obrera se encuentra en reflujo y con una disposición limitada a la lucha. Esto no significa, sin embargo, que debe enterrarla todavía más en esa situación, por medio de un acuerdo con el gobierno y las patronales (una Grenelle como se conoce a estas traiciones en Francia), ignorando a la masa de trabajadores que han perdido su condiciones de dependencia laboral como consecuencia de la liquidación del derecho laboral. La crisis tiene un carácter social de conjunto, razón por la cual debe ir a la raíz del régimen político que la protege por medio del aparato del estado en todas sus manifestaciones. La izquierda realmente existente presenta el planteo de poder como una ‘aventura’, donde cualquiera puede terminar pescando. Pero eso solo lo puede producir la confusión, es decir, la negación de que hay una crisis en desarrollo. Es necesario definir las alternativas de la etapa que se abre y plantear las de la clase obrera.

 ¿El poder? No, gracias

A la pregunta de por qué no ‘fuera Macron, disolución de la Asamblea Nacional’, la extrema izquierda responde: ‘el que venga después puede ser peor’. A falta de alternativa política no se plantea siquiera construirla. Se deforma el llamado reflujo al aislar a la clase obrera de la crisis política y de las movilizaciones sociales en aumento. Hace pocos meses hubo una empeñosa huelga ferroviaria, que fue llevada a la vía muerta por su dirección. Después del Mayo francés vino ‘algo peor’, pero la izquierda luchaba por acabar con el gobierno de De Gaulle y la V República, y por un comité nacional de huelga, para imponer otra salida. Los partidos patronales opositores, incluido el FL Insumiso, plantean la disolución de la Asamblea Nacional, con la expectativa de disputar una mayoría parlamentaria, pero no ‘fuera Macron’, ni la disolución presidencia de la República. Una consigna de poder no es sinónimo de ultimátum – diseña una perspectiva y prepara el desenlace. El llamado a una huelga general con un programa definido, como el salario y la jubilación mínima igual al costo de la canasta familiar y el control obrero de la producción, plantearía, objetivamente, una cuestión de poder. Imponer el programa mínimo no rescataría al gobierno; una victoria lo derribaría. Por eso la huelga debe ser desarrollada por medio de comités de huelga y comités de acción. La burocracia sindical y la izquierda han llegado hace mucho a la conclusión de que una situación revolucionaria en Francia no es previsible ni deseable. Por eso tampoco quiere la huelga general; una huelga general desarrollará todas las premisas subjetivas de una lucha por el poder.

Los corresponsales de Izquierda Diario han desarrollado un planteo curioso: democratizar a Francia, desmantelar la V República, por medio de una Asamblea Nacional Única, revocable y, como es obvio, con salario de docentes. Eso significa, sin embargo, primero una Asamblea Constituyente, que no se limite a una discusión constitucional, como emerge del planteo, sino que ejerza el poder político. En segundo lugar, el programa de una Constituyente no puede reivindicar la democracia formal sino las reivindicaciones de conjunto de los explotados, o sea un ataque a la dominación de la burguesía. No se trata de abatir el régimen presidencial, se trata de la realización de las aspiraciones sociales de las masas. Los partidos patronales defienden la continuidad de Macron y de las ‘instituciones’. Sólo si la clase obrera toma esta reivindicación política de la Constituyente, se podrá hacer realidad, o sea que la convocará, en definitiva, un gobierno obrero.

La movilización en curso en Francia tiende a empalmarse con una movilización europea, en primer lugar en Bélgica y en España, y con una crisis política excepcional, junto a Francia, Gran Bretaña. Nos encontramos en las primeras etapas.

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