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16 de diciembre de 2018

Adónde va Gran Bretaña

Theresa May, la primera ministra de Gran Bretaña, desistió, a principios de semana, de presentar a la votación del Parlamento el acuerdo de principio que había firmado con la Comisión Europea para retirar al Reino de la UE, por la certeza de que sería rechazado. El resultado habría determinado la caída de su gobierno y una vuelta atrás de todas las negociaciones de salida, que llevan más de dos años. Volvió a salvar el pellejo enseguida al derrotar un voto de censura de parte del bloque parlamentario de su partido, el Conservador – por 200 votos contra 117. El elevado número de votos de la minoría confirma la previsión de derrota en una votación parlamentaria.

La mayoría del Parlamento que se opone al acuerdo es, sin embargo, heterogénea, reúne posiciones enfrentadas entre sí. De un lado se encuentran aquellos que sostienen que vulnera la independencia a Gran Bretaña; los que, por el contrario, quieren seguir en la Unión Europea; y por último un bloque contradictorio, en especial en el partido Laborista, que desearía provocar la caída del gobierno pero carece de uniformidad en cuanto a salir o no de la UE. May está sentada encima de un escenario de fuerzas que se anulan entre sí.

El embrollo podría llevar a la convocatoria de un segundo referendo popular, que anule o ratifique el que decidió el Brexit en 2016. Los plazos no ayudan mucho, porque la fecha límite para consumar el Brexit es a finales de marzo próximo. La incertidumbre acerca del desenlace afecta políticamente a toda la UE, que se encuentra surcada por la rebelión de los chalecos amarillos en Francia y por el enfrentamiento entre Italia y la Comisión Europea por el déficit fiscal y la crisis bancaria. De acuerdo a numerosos informes, el Banco Central Europeo no tiene los recursos para hacer frente a una crisis financiera sin una fuerte asistencia norteamericana. Alemania, la potencia rectora de la UE, ha entrado en recesión y enfrenta una crisis política en sus dos partidos tradicionales y al ascenso de los neo-nazis. Donald Trump ha alentado un Brexit sin compromisos con la UE y amenazado a May, en caso contrario, con boicotear cualquier acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. La guerra económica internacional pivotea a fondo en la disputa UE-Gran Bretaña.

La crisis política británica en torno al Brexit, amenaza la integridad del Reino Unido y la solvencia de la City de Londres – la plaza financiera internacional más importante. Desde la victoria del Brexit ha habido un traslado regular de las sedes bancarias de Londres a París o Frankfurt. El clearing (compensación) de transacciones de derivados (garantías de operaciones financieras), donde se mueven 600 billones de dólares, quedaría fuertemente golpeado por la competencia del que se establezca en la Europa continental. Escocia, donde el voto por permanecer en la UE derrotó con amplitud al Brexit, amenaza abandonar GB si se concreta una salida integral. La confrontación más importante tiene que ver con Irlanda, dividida entre el sur independiente y el norte británico, donde se podrían reinstalar las barreras comerciales eliminadas hace una década. En este caso, podría reabrirse el conflicto católico-protestante que dividió al norte durante muchísimo tiempo, incluida una larga guerra civil.

May y la Comisión Europea creyeron que partían la torta por la mitad al acordar, hasta cuando se firme el tratado final en 2020, que GB continúe integrando el mercado único de mercancías, no así los servicios financieros. La libre frontera en Irlanda seguiría en pie. Irlanda pasaría, de hecho, a ser una jurisdicción de la UE y, potencialmente, podría reunir a las dos partes en una República única, y GB perdería lo que quedaba de su colonia más antigua. Los partidarios de una salida completa caracterizan que el acuerdo significa un principio de desintegración de Gran Bretaña. La gran industria reclama, en estas condiciones, que se vuelva al status quo anterior, para preservar las cadenas de producción existentes.

La convocatoria a un referendo acerca de la continuidad de Gran Bretaña en la UE en 2016, y luego la victoria del Brexit, reflejaron los rendimientos decrecientes que ofrecía la integración europea a sus socios, en especial a partir de la crisis mundial de 2007/8. De un lado, la UE necesitaba enfrentar la crisis con una mayor integración fiscal y financiera, lo que imponía nuevas regulaciones a la City de Londres. De otro lado, la City pretendía convertirse en el centro de intercambios financieros para China y una internacionalización de su moneda - el yuan. GB reclamaba, asimismo, dejar afuera las reglas laborales e inmigratorias de la UE, con la finalidad de desregular por completo el mercado de trabajo. Lo mismo ocurría con las normas que garantizan la salud en el marco comunitario. La UE, en su conjunto, era atravesada por una creciente desintegración interna, y enfrentaba la crisis mundial con mayores dificultades que EEUU o Japón. La depresión social descomunal que había sufrido el interior de Inglaterra, Gales y Escocia, como consecuencia de las políticas ‘neo-liberales’ de la City, se había canalizado en una suerte de rebelión nacionalista que fue canalizada por un sector de la burguesía inglesa. El Brexit, al cabo de dos años, ha puesto de manifestó el carácter irreconciliable del conjunto de contradicciones que llevaron a su sanción.

El pacto de salida es un conjunto de parches; son escasísimos quienes creen que tenga una chance de aprobación legislativa. El Parlamento actual no puede producir ningún recambio de gobierno – deberían adelantarse las elecciones generales. Un nuevo referendo carecería de legitimidad, porque tendría lugar luego de otro que no habría sido cumplido. El partido Laborista tiene todas las oportunidades de conquistar el gobierno e incluso tiene listo un programa de nacionalizaciones burguesas y reformas sociales. Se encuentra, sin embargo, dividido y sin brújula en torno a la cuestión de seguir o no en la Unión Europea. Un Brexit laborista tendría costos enormes, debido a las deudas y compromisos que debería cancelar Gran Bretaña en ese caso. Seguir en la UE impondría atarse a su política de ajuste capitalista. La convocatoria a un frente internacional de los trabajadores de Europa se presenta como una condición para cualquier salida elementalmente favorable a los trabajadores. Esto va más allá del horizonte estratégico del Labour, lo que explica las vacilaciones de su jefe político para reclamar un voto de confianza, disolver el parlamento y convocar a elecciones anticipadas.

La crisis política ha comenzado a transitar por otros andariveles – como las manifestaciones callejeras y huelgas parciales. El nudo lo van romper los overoles grises del proletariado británico.

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