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20 de febrero de 2019

Cumbre del Vaticano sobre abusos: timoneando un barco a la deriva

Desde este jueves y hasta el fin de la semana, se desarrollará un cónclave en el Vaticano sobre abusos, en un cuadro de crisis histórica en la Iglesia católica. Los escándalos de abusos de menores y encubrimiento, que brotan sin pausa desde las revelaciones del periódico Boston Globe en 2002 sobre más de 80 casos en la Iglesia de Boston, se han acelerado en el período reciente –entre ellos, el destape en agosto de más de mil casos de menores abusados por tres centenares de sacerdotes en la ciudad de Pensilvania, a quienes la institución ofreció todo tipo de salvatajes. El asunto representa también un problema financiero para la Iglesia Católica –solo la estadounidense ha debido pagar casi 4 mil millones de dólares por las condenas, según el National Catholic Reporter-, y confluye con la sistemática pérdida de fieles a manos de otros cultos y de las iglesias evangélicas.

El cónclave es el encubrimiento de un encubrimiento: el Papa Francisco busca mostrarse en lucha contra los abusos, cuando se multiplican las revelaciones de su participación directa en la protección de criminales denunciados, incluidos el cardenal abusador George Pell y el encubridor Francisco Errazúriz, a quienes mantuvo en su círculo íntimo de asesores hasta la reciente condena de Pell por un tribunal australiano. Meses atrás se conoció el amparo que brindó al abusador y malversador de fondos Gustavo Zanchetta, ex obispo de Orán, al que designó como administrador en la poderosa inmobiliaria del Vaticano. También preservó al obispo encubridor Juan Barros en Chile y se refirió a una conspiración de “los zurdos” contra aquel. De cualquier manera, los pederastas no tienen por qué temer la ira de Dios: ya el Papa “intentó bajar la enorme expectativa que rodea la cumbre al destacar que ‘el problema de los abusos continuará’ porque es un ‘drama humano’” (¡!) (La Nación, 19/2).

Los escándalos por abusos se entrecruzan con la pelea de camarillas que recorre a la Iglesia. En agosto, Carlo Viganó, ex nuncio apostólico en la Iglesia norteamericana – una de las más poderosas del mundo – exigió la renuncia de Francisco, denunciándolo por encubrir al cardenal abusador Theodor McCarrick, y el cardenal norteamericano Raymond Burke se hizo eco de la denuncia. McCarrick fue expulsado del sacerdocio días atrás, en las vísperas de la cumbre, pero los choques al interior del clero recrudecen. Viganó y Burke son elementos ultraconservadores que algunos vinculan al derechista Tea Party y al trumpismo, así como al mandatario derechista italiano Mateo Salvini (El País, 21/9/18).

El cónclave es una respuesta de Francisco frente a la crisis que atraviesa la institución y la conspiración de las camarillas rivales. Nada hay de “reformista” en su orientación: durante su gestión en el Vaticano ha repuesto a figuras desplazadas del conservador “partido romano” y dio la indulgencia plenaria a los millonarios Legionarios de Cristo – orden fundada en 1941 por el abusador y archicriminal Marcial Maciel, de enorme poder económico.

El drama de los abusos en la Iglesia ha motivado la organización de sus víctimas, con redes de sobrevivientes de abusos en varios países del mundo. El ascenso del movimiento de mujeres, que conquistó la legalización del aborto en países de profundo arraigo católico como Irlanda, también supuso un golpe para la institución oscurantista. A su interior, las denuncias de violación por parte de monjas y seminaristas han agudizado la crisis.

El papado de Francisco vino precisamente a tratar de timonear el desprestigio y la aguda descomposición de la Iglesia católica y preservar de ese modo la institución. De allí su carácter reaccionario. La Iglesia es un pilar de la dominación social capitalista.

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