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19 de marzo de 2019

Uruguay: la salida del jefe del Ejército y la crisis política

Manini Ríos y el huevo de la serpiente

Una nota de prensa catalogó el cese de Guido Manini Ríos como comandante del Ejército como un “final anunciado”. Luego de cesado, utilizando los canales oficiales de comunicación del Ejército, Manini Ríos se encargó de señalar los motivos de la decisión del presidente Tabaré Vázquez que hacen referencia a los choques mantenidos en torno la reforma de la Caja Militar, la reforma de la Ley Orgánica Militar y en torno a la actuación del Poder Judicial por su actuación en los casos de derechos humanos -Ríos envió un documento solicitando al Poder Ejecutivo que homologara un Tribunal de Honor para exonerar de responsabilidad a tres militares, lo que constituye una defensa de torturadores que actuaron en el marco de terrorismo de Estado. Ninguno de los “demócratas” que piden la intervención en Venezuela para defender la democracia denunció el desacato del ex comandante.

Recambio político

El portal Infobae (13/3) catalogó a Manini Ríos como el “Bolsonaro” uruguayo. Ciertamente, los mandos actuales y retirados del Ejército se miran en el espejo de su par brasileño, que con el ascenso de Bolsonaro y el alto mando militar se han colocado a la cabeza del Poder Ejecutivo. Con ese envalentonamiento, oficiales de alto rango que dejan las FF.AA se han lanzado a presentar lemas electorales, como el Movimiento Social Artiguista, el Partido del Orden Republicano y Movimiento Unidos Podemos, vinculados al Partido Nacional o al Partido Colorado (Brecha, 1/3/2019). Un nuevo agrupamiento, Cabildo Abierto, impulsa la candidatura de Manini Ríos. Esta intervención política del ahora ex comandante (y del resto de los militares) coincide con la campaña “Vivir sin Miedo” de Jorge Larrañaga [senador del Partido Nacional] que pretende militarizar la seguridad interior.

Hay, sin embargo, una gran diferencia con el proceso reaccionario de Brasil. El triunfo del bloque reaccionario en ese país, constituido por una fracción de la pequeña burguesía fascista, el capital agroexportador, el capital financiero y el alto mando del ejército es la culminación de un golpe de Estado iniciado con la destitución de Dilma Rousseff en 2016 y del fracaso de la mayoría parlamentaria (ex aliada del PT, el PMDB y el PSDB) de usufructuar la crisis en su favor -recesión industrial, crecimiento de la desocupación, creación de un bloque anti-corrupción más corrupto que sus adversarios. Sobre esta base, el avance del minúsculo grupo fascista a la cúpula del Estado se fue filtrando por todos los poros del derrumbe económico y político, captado en su alcance por el alto mando del ejército que ha tenido que reclutar sus peones en los círculos del lumpenaje fascista. En Brasil, la cúpula del Estado Mayor hoy en funciones se encuentra al frente del gobierno, no sin fuertes choques con el ministro de Economía (Guedes) y el capital financiero. Los militares también tienen sus representantes en el parlamento brasileño.

En Uruguay, no solo hay una diferencia de forma: formalmente son los militares retirados (y no en funciones) quienes se lanzan a la intervención política -aunque Manini Ríos navega en ese límite- bajo el paraguas de las instituciones políticas existentes. El capital financiero aún no le soltó la mano al gobierno del FA, pero establece las condiciones para un recambio político: impulso de la Reforma Previsional, laboral, privatizaciones, ajuste fiscal y limitación de libertades sindicales, es decir, un ataque brutal a las condiciones de vida de los trabajadores. El Intendente y precandidato Daniel Martínez ya levantó el guante de estas exigencias, impulsando en la Intendencia de Montevideo la privatización de la recolección de basura en abierta confrontación con Adeom y el PIT-CNT. Por su parte, Luis Lacalle y otros candidatos derechistas asumen como propio este recambio al decir que hay que terminar con el “cogobierno” con el PIT-CNT. Lacalle Pou planteó ya hace tiempo la necesidad de impulsar una coalición de cuatro partidos (Partido Nacional, Partido Colorado, Partido Independiente, Partido de la Gente), colocándose él mismo como el presidente que encabezaría esa coalición. En estos días, luego de confirmar que será candidato, Julio Sanguinetti [ex presidente y miembro del Partido Colorado] se postuló como un elemento de sostén a esa coalición. En este cuadro, la posible intervención de Manini Ríos en  la campaña electoral vendría a fortalecer este intento de reagrupamiento.

Sin embargo, el problema de la oposición derechista uruguaya es su extrema fragmentación. No solo está dividido el voto entre distintos partidos, sino que al seno de cada partido existen múltiples candidatos y fracciones. De acá a las “internas”, y también hasta octubre (primera vuelta), los partidos y fracciones están incentivados para competir y disputar votos y cargos. Dependiendo de cuántos votos y bancas obtengan, tendrán mayor o menor representación en una posible coalición. En este sentido, el proceso de conformación de un posible gobierno de derecha se parece más al proceso macrista que al de Brasil. En primer lugar, porque se procesaría a través de elecciones, y en segundo lugar porque el presidente deberá ir a una negociación a nivel del parlamento para poder llevar adelante su programa.

A esta altura es pertinente una reflexión vital: ¿Quién le dio alas a Manini Ríos?

Cría cuervos…

Fue bajo el gobierno de José Mujica que Manini Ríos (un militar reaccionario perteneciente a la logia Tenientes de Artigas) fue nombrado comandante del Ejército, con Eleuterio Fernández Huidobro como Ministro de Defensa. Los militares que hoy toman distancia del gobierno del Frente Amplio, fueron apañados durante años por una política de conciliación y complicidad respecto de las FF.AA. a partir de garantizar la impunidad de los crímenes de Lesa Humanidad y mantener todos sus privilegios. La mentada reforma de la Caja Militar culminó con la orden de Vázquez de no tocar los privilegios el alto mando.

De conjunto, la política del oficialismo consistió en relegitimar el papel de las Fuerzas Armadas, expresada en las iniciativas del punto final, el “nunca más” y la reconciliación nacional, pero también en un fortalecimiento económico y político. Durante muchos años la bancada frenteamplista garantizó con su voto el envío de las tropas uruguayas a Haití, donde se entrenaron en la preparación para operaciones de represión urbanas y coordinación entre los mandos de la región, en especial con el Ejército de Brasil al frente de la militarización contra el pueblo haitiano. Bajo el gobierno de Mujica y la Intendencia de Ana Olivera, los militares fueron utilizados para quebrar la huelga de Adeom a quien le habían aplicado la “esencialidad”. Hace apenas unos meses, a iniciativa del gobierno, se aprobó la militarización de las fronteras y la creación de un Servicio de Inteligencia Estatal Centralizado, a sabiendas que el Ejército desarrolló durante décadas posteriores a la dictadura el espionaje a organizaciones políticas y sociales.

Como el huevo de la serpiente, el gobierno del Frente Amplio fue anidando a los Manini Ríos que hoy se lanzan a la oposición política -al igual que sucede con el ex comandante José Bonilla que creó su propia agrupación en el Partido Colorado- en busca de un giro político reaccionario y de ataque al movimiento obrero. De fondo, es lo que expresa esta crisis abierta: la manifestación de una tendencia a la fractura al interior del propio Estado, donde sectores del Ejército reclaman una intervención política para acompañar este giro.

Las lecciones son varias. Quizás la más importante sea que la estrategia de no disputar poder de clase y apostar a la gestión del capital lleva a un resultado conocido cuando se ha terminado el crecimiento económico que permite seguir conciliando intereses: a los gestores del capital se los exprime como un limón cuando ya han cumplido su cometido. El PT de Brasil es un testimonio vivo de esto.

Lo que sigue: el movimiento popular y los luchadores de izquierda tenemos por delante la enorme tarea de reagrupar fuerzas y enfrentar de forma independiente este giro reaccionario y represivo, impulsando la campaña contra la intervención del Ejército en tareas de seguridad interior (“Vivir sin miedo”), por el desmantelamiento de los aparatos represivos (organismos de espionaje, Policía militarizada -Republicana) y la lucha contra la impunidad de ayer y hoy.

 

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