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22 de marzo de 2019

Brexit: Implosión en la Unión Europea

La pulseada por el Brexit ha llegado a su punto límite. Theresa May, la primera ministra de Gran Bretaña, ha debido solicitar una prórroga de las negociaciones de salida de la Unión Europea, prevista para el próximo 29 de marzo, debido a que el Parlamento de su país ha rechazado en varias ocasiones el borrador de acuerdo al que había llegado con la Comisión Europea, el órgano dirigente de la UE. Ese acuerdo prevé un período de transición para el cese de la unión aduanera existente entre ambos bloques, aunque excluye de ellos al sector de los llamados ‘servicios’, esencialmente las transacciones financieras – en claro perjuicio para la City de Londres.

Por otro lado, el acuerdo establece una cláusula extremadamente sensible con relación a Irlanda, al mantener en forma indefinida el libre comercio entre el sur, la República de Irlanda, que es parte de la UE, y el norte, el Ulster, que se encuentra bajo soberanía británica. Esta norma excepcional obedece a la necesidad de evitar una caída de los acuerdos que llevaron al cese de la guerra civil en este territorio. Este status diferencial pone en cuestión la continuidad de la soberanía sobre el norte de Irlanda, que Gran Bretaña ha mantenido con los métodos de guerra más extremos. El mantenimiento por tiempo indefinido de la unión comercial entre los dos territorios implicaría asimismo que la continuidad transitoria de la unión aduanera entre Gran Bretaña y la UE se convierta en definitiva, dado que Irlanda del norte es, precisamente, parte de Gran Bretaña.

Crisis constitucional

El acuerdo para prorrogar las negociaciones ha desatado lo que puede llegar a convertirse en una crisis constitucional en Gran Bretaña. Ocurre que la UE reclama que ese acuerdo sea, en primer lugar, refrendado por el Parlamento, que ya lo ha rechazado en dos ocasiones. Lo rechazan los diputados que simplemente se oponen al retiro de Londres de la UE, en defensa de los intereses de la City; lo mismo ocurre, sin embargo, con quienes no aceptan el acuerdo, en defensa de la soberanía británica sobre Irlanda del norte y, presionan por un “no-acuerdo”, que provocaría una crisis generalizada que alcance a la Unión Europea. En caso de un tercer rechazo parlamentario, la prórroga de las negociaciones tendría como límite el 17 de abril próximo, en lugar del 22 de mayo, ofrecido por la UE, o del aún mayor 30 de junio, pedido por May -apenas tres semanas para tratativas que están empantanadas desde hace tres años.

La crisis constitucional sobrevendría como consecuencia de la falta de aval del Parlamento a una salida de la UE decidida en un referendo hace tres años. La convocatoria a elecciones generales adelantadas o a un nuevo referendo pondría en crisis el acuerdo de prorrogar las negociaciones. Podría ocurrir también que el presidente del parlamento vuelva a vetar la presentación del acuerdo con el argumento de que es ilegal la votación de textos ya rechazados. Cualquiera de las salidas políticas que se están pergeñando conduce a Gran Bretaña a una crisis de régimen político de gran escala.

Desplome económico

Se ha estimado que una salida sin acuerdo ocasionaría un enorme perjuicio a Gran Bretaña, que algunos informes del Banco de Inglaterra cifran en una caída del 10% del PBI en tres años. Afectaría, naturalmente, a la industria que exporta a Europa, como la automotriz, al punto que los ultra liberales partidarios del Brexit admiten que se verían obligados a nacionalizarla en forma provisional para evitar un cataclismo económico. Pero no todo es economía. Planea asimismo una ruptura del sistema financiero, de defensa y de seguridad. La UE tiene previsto invalidar, en caso de ruptura, el sistema de compensaciones de transacciones financieras, que hasta ahora se realiza en Londres (contratos nominales de centenas de billones de dólares). Es todo el sistema de alianzas ‘geo-político’ lo que se pone en juego. La UE añadiría un nuevo factor de desintegración al proceso que ya está atravesando, en torno a la cuestión de la inmigración, al surgimiento de gobiernos ‘populistas’ que infringen la legalidad europea, a la rebelión popular que crece en varios países y a los planes de ajuste impuestos especialmente a las naciones de Europa que tienen un endeudamiento impagable con Alemania. En las últimas semanas, Alemania y Francia han tomado medidas para bloquear las adquisiciones de activos europeos por parte de China, en tanto que Italia, al revés, estaría a punto de firmar un acuerdo de infraestructuras con esa misma China.

El Brexit, caracterizado por muchos como “irracional”, es una expresión de las contradicciones explosivas que se han desarrollado en Gran Bretaña. La hegemonía de la City ha provocado un crecimiento fuerte de la miseria social en el interior de Inglaterra y Gales, y una tendencia separatista en Escocia –e incluso un giro hacia la unidad de Irlanda. La misma City es alimentada por un endeudamiento internacional enorme, que afectaría la estabilidad de la libra en caso de una nueva crisis global. Hace dos años estalló el sistema de Participación Pública Privada, que era el gran negocio de obra pública y privada de los bancos y las desarrolladoras. El enorme mercado comercial y financiero de la UE se encuentra en retracción y rendimientos decrecientes, donde solamente avanza China. La reacción política saluda el Brexit para salir de las normas laborales que existen en la UE, que se formó, a su vez, para quebrar las conquistas laborales que existían en los estados europeos con anterioridad. La campaña anti-inmigratoria en Gran Bretaña es un método de presión para imponer mayor flexibilidad laboral a la clase obrera local. Frente a la crisis política abierta por el fracaso de los acuerdos de salida con la UE, el gobierno británico ha movilizado a las fuerzas armadas para hacer frente a las movilizaciones políticas que ocasiona esta crisis y a las huelgas y luchas que desatará la crisis sobre las masas.

Trump

El Brexit, por otra parte, no es sólo un ‘affaire’ europeo con la sombra de China. Donald Trump ha ejercido presión desde el primer momento para imponer una salida sin acuerdo con la UE, ofreciendo a May la alternativa de un acuerdo de comercio con EEUU, sin precisar los términos. Ha denunciado el acuerdo transicional con la UE como “un gran negocio para Europa”. Trump tiene en la agenda imponer aranceles elevados a la importación de autos desde Alemania. En este conflicto, la reversión del Brexit sería una derrota política para Trump y una victoria para Alemania.

“¿Por qué un Brexit sin acuerdo le interesa tanto a Trump” – se pregunta el Financial Times? Para el diario inglés, Trump quiere liquidar el acuerdo aduanero transitorio con la UE para favorecer las importaciones desde EEUU; de otro lado, busca quebrar la regulación de precios que ejerce el Servicio de Salud británico, en beneficio de las farmacéuticas norteamericanas (FT, 22.3). El FT advierte, sin embargo, que Trump no cuenta con el apoyo de los demócratas ni de los republicanos de origen irlandés, que se oponen a cualquier cuestionamiento a los acuerdos entre los territorios de Irlanda, donde EEUU ha intervenido como mediador. El FT apunta a otro objetivo de Trump, apoya al Bolsonaro de GB, Nikel Farage, en la discutible línea de organizar una Internacional de derechas, como herramienta política del imperialismo yanqui.

Bien mirado, el mercado mundial se encuentra copado por distintas potencias imperialistas, lo cual se manifiesta en los distintos bloques económicos que se han ido tejiendo en los años de ‘globalización’. Como diría Lenin, se plantea un nuevo reparto del mercado mundial, que es precisamente la política de Trump. Gran Bretaña, Brexit o no, solamente puede jugar de furgón de cola de esta lucha, y de ningún modo en una locomotora independiente, como fantasean los ‘brexiteers’. La City de Londres es el principal mercado internacional de capitales, pero solamente porque ofrece una estructura conveniente de operaciones al capital internacional –un intermediario.

Adónde va el Labour

La crisis enorme que se desarrolla en Gran Bretaña y en la propia UE, tiene un efecto convulsivo sobre la clase obrera, sobre la que recaerán los costos brutales de este enorme impasse. El Partido Laborista y más precisamente su líder ‘socialista’, Jeremy Corbyn, se encuentra en un inmovilismo completo; es incapaz de explotar esta crisis para derribar al gobierno de May y abrir paso a un gobierno del Labour. Corbyn ha pasado de abogado del Brexit, al cual presentó como una vía de salida al ‘ajuste’ que imponía la UE, a un vergonzante sostenedor de una permanencia en la UE, en función de evitar el caos que impondría una salida. Luego de haber conseguido imponer en el partido un programa de nacionalizaciones de transporte, energía y obras públicas, por un lado, y de aumentos salariales y reactivación de la economía, por el otro, no ha puesto este programa en el centro de la crisis política y defender una ruptura con la UE sobre la base de un programa obrero reformista. Parece haber caído víctima de “no le hagas el juego a la derecha”, o más precisamente, “no rompas con la City”, que necesita conservar los privilegios que tiene hoy en el mercado financiero europeo.

En el impasse del Laborismo británico se pone de manifiesto los límites insalvables que impone la falta de una política exterior de alcance internacionalista, en este caso en el reformismo. El carácter progresista de una reivindicación de la autonomía nacional de GB, por referencia a la UE, depende de que signifique una ruptura del capital y el establecimiento de un gobierno de trabajadores, y que empuje a los trabajadores continentales a luchar por la Unión Socialista de toda Europa. En el caso particular de Gran Bretaña, debe ir asociado a la defensa de la unidad e independencia de Irlanda y a la satisfacción de las aspiraciones nacionales de los pueblos bajo dominio político directo o disimulado de Gran Bretaña.

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