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28 de marzo de 2019 | #1542

China: Entre la crisis mundial y el despertar obrero

China ha registrado su tasa de crecimiento anual más reducida desde 1990. La economía creció un 6,6 por ciento el año pasado, con una tendencia descendente. En el cuarto trimestre se desaceleró a una tasa anual del 6,4 por ciento, el nivel más bajo desde los primeros meses del estallido de la crisis financiera de 2008.

Las autoridades han resaltado las dificultades en el frente “externo”, como consecuencia de la disputa económica con Estados Unidos pero, sin embargo, es en la economía doméstica donde los signos declinantes son más visibles.

La fabricación también se está comprimiendo. Algunas fábricas en Guangdong, en el corazón de la economía de exportación de China, han cerrado temporariamente, antes de lo habitual, en ocasión de los feriados de las fiestas fin año. Otros están suspendiendo las líneas de producción y reduciendo las horas de trabajo en medio de advertencias de que los migrantes pueden no tener trabajo. Las ventas minoristas han sufrido un descenso. Apple viene de anunciar, a principios de año, una demanda menor a la esperada para sus iPhones en China.

China es el mercado automotor más grande del mundo y las ventas cayeron el año pasado por primera vez desde 1991, contrayéndose en un 4 por ciento. Esto ha creado una gigantesca capacidad ociosa, ya que las automotrices han realizado enormes inversiones, en primer lugar las multinacionales. China es capaz de fabricar 43 millones de coches; sin embargo, producirá menos de 29 millones. En este escenario, las ganancias de empresas industriales cayeron por primera vez en tres años.

Hay evidencia de que la desaceleración puede ser más pronunciada de lo que indican las cifras oficiales. Hay consenso entre los analistas de que las estadísticas oficiales, en especial, en lo que se refiere a los datos de crecimiento, están infladas.

Cartuchos mojados

Un elemento que agrava la situación es que los estímulos promovidos por el gobierno para neutralizar el freno de la economía resultan cada vez más ineficaces. El Estado ha adoptado una serie de medidas fiscales y monetarias desde mediados de 2018, en un intento por frenar la desaceleración del crecimiento, pero todo indica que no han tenido el resultado esperado. Si bien el crédito se ha relajado, la medida no ha logrado levantar la inversión en activos fijos, que creció menos del 6 por ciento el año pasado, un descenso sensible comparado con el registrado en 2017.

Según un análisis de Moody’s, el monto de la nueva inversión de capital necesaria para generar una unidad determinada de crecimiento del PBI se ha duplicado desde 2007. En otras palabras, la nueva inversión tiene menos impacto en la economía general, mientras que los niveles de deuda aumentan.

Esta situación ha obligado a proyectar a la baja la cifra de crecimiento para 2019, que sería del 6 por ciento, aunque esta cifra está maquillada y el “aterrizaje” sería más importante. De las 20 provincias y municipalidades que han reportado sus objetivos de crecimiento para 2019 hasta el momento, 13 han recortado sus objetivos.

Por otra parte, los márgenes de maniobra para revertir este cuadro se han vuelto cada vez más estrechos. La cúpula gobernante ha descartado cualquier retorno al tipo de paquete de estímulo masivo, basado en el gasto del gobierno y la expansión del crédito que siguió a la crisis de 2008-2009. Es que en la actualidad enfrenta una montaña de deuda que ha ido creciendo en forma exponencial. El ritmo de crecimiento de la deuda china ha sido más elevado en relación con la de cualquier otro país occidental y habría superando el 300 por ciento del PBI al final del año pasado. Este endeudamiento ha permito mantener a flote a un sector de la industria estatal -obsoleta y de baja productividad, golpeada por la crisis de sobreproducción mundial creciente-, aunque este salvataje se vuelve cada vez más insostenible. Por otro lado, ha creado una enorme burbuja financiera, con un crecimiento sideral de la especulación bursátil y, por sobre todo, inmobiliaria. En el presente hay 65 millones de apartamentos en China que están desocupados.

La crisis de sobreproducción unida a este endeudamiento explosivo ha terminado por inviabilizar la política monetaria. El diario financiero The Wall Street Journal destaca que hay cada vez más reticencias de las instituciones financieras en su política crediticia a las empresas, tanto del sector público como privado. “Los bancos siguen prestando, pero a otras instituciones financieras y no a las empresas, que necesitan fondos y que son las que realmente hacen crecer la economía”.

Este punto de inflexión de la economía china se da en medio de una desaceleración global, en momentos en que se anuncia un crecimiento anémico de Europa de apenas el 1 por ciento, encima sacudida por el Brexit que afectaría negativamente no sólo a Gran Bretaña sino a todo el continente. Esto coincide con un estancamiento de Japón y señales de un bajón de la economía norteamericana precedido ya, en 2018, por un desplome de Wall Street, todos síntomas que anticipan la entrada a un nueva recesión mundial. Esto potencia las tendencias a la guerra comercial y condiciona la posibilidad de una salida de China a través de su frente externo.

El principal punto de conflicto en las negociaciones entre Washington y Pekín no es que China deba comprar más productos de Estados Unidos, lo cual Beijing lo ha aceptado. La exigencia principal de Estados Unidos es que China debe realizar cambios "estructurales" en su economía, incluido el fin de los subsidios estatales a las principales industrias, que según los Estados Unidos "distorsionan el mercado", y el reclamo de medidas contra el robo de propiedad intelectual y patentes.

Esto pone en tela de juicio el ambicioso proyecto "Hecho en China 2015”, en que está empeñado el Estado asiático. Los líderes chinos pretenden salir del atolladero creciente apostando a producir bienes de mayor valor agregado, de alta gama y tecnología. Esto choca con los intereses estratégicos de Estados Unidos, que ve en el desarrollo industrial chino una amenaza a su dominio económico y militar mundial. La pretensión de Estados Unidos es confinar a China a una condición semicolonial. La perspectiva -que abrigaban sus promotores- de una restauración del capitalismo “pacífica”, que eludiera las garras del dominio imperialista, ha quedado sepultada por los acontecimientos.

Clase obrera

China ingresa a un fase más convulsiva de la restauración capitalista. Lejos de escapar al impacto de la crisis mundial, la está recibiendo de lleno. El gigante asiático ha incorporado a sus contradicciones internas, las más violentas aún de la economía mundial, lo que está abonando el terreno para una intervención de mayor amplitud de la clase obrera.

Los conflictos laborales están aumentando a medida que el crecimiento económico se desinfla. Obreros en todo el país están organizando huelgas, exigiendo salarios no pagados. Choferes de taxi están rodeando oficinas gubernamentales para pedir un mejor trato. Se multiplican protestas a pequeña escala para combatir los esfuerzos de las empresas por reducir las retribuciones y recortar horarios de trabajo. El "Boletín Laboral de China", un portal que sigue la vida laboral del país, registró al menos 1.700 disputas laborales el año pasado, comparadas con las 1.200 del año anterior. Esas cifras representan sólo una fracción de los conflictos, puesto que muchas protestas y reclamos no son reportados.

El dato es que está emergiendo un activismo fabril. Las autoridades han detenido a más de 150 personas desde agosto, incluyendo maestros de escuela, choferes de taxi, albañiles y estudiantes izquierdistas, que encabezan una campaña contra los abusos en las fábricas.

El papel de árbitro y “moderador” que cumplían las autoridades en las disputas laborales se han vuelto menos efectivo y se está viendo sobrepasado por los acontecimientos. Al no haber sindicatos independientes, tribunales o medios noticiosos a los cuales recurrir, algunos trabajadores están optando por medidas extremas para solucionar las disputas. Pero, al mismo tiempo, lo llamativo es que empieza a aparecer el reclamo en algunos conflictos, en favor de la creación de sindicatos independientes.

El gobierno ha salido al cruce, en especial contra un activismo en los campus universitarios, que alienta, entre otras cosas, una campaña para los derechos de los trabajadores encabezada por jóvenes comunistas en universidades de elite. “Los activistas han empleado las enseñanzas de Mao y Marx para argumentar que la adopción del capitalismo por parte de China ha explotado a los trabajadores” (The New York Times, 22/2). Los comentaristas coinciden que se trata de una reivindicación de la causa de la revolución social. Esto desmiente la tesis muchas veces ventilada de que la restauración capitalista y el relevo generacional han disuelto la conciencia histórica de la clase obrera.

El gigante despierta. El proletariado chino está llamado a jugar un rol clave en la próxima etapa.

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