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8 de marzo de 2007 | #982

Estados Unidos y China se 'enfrían'

El que avisa no traiciona. Hace un par de semanas, los derrumbes de las Bolsas de Tailandia y Filipinas habían oficiado de advertencia de una nueva crisis financiera internacional. Se las descalificó como fenómenos locales. Sin embargo, ambos países habían tomado las mismas medidas que adoptó el gobierno de China la semana pasada, con iguales consecuencias —el derrumbe de sus Bolsas. Esta vez, sin embargo, lo ocurrido impactó en el conjunto de la economía mundial, derribando las cotizaciones de las Bolsas y de la mayor parte de las materias primas. En todos estos casos, los países que desataron la crisis habían implantado restricciones al ingreso del capital extranjero, en especial en el mercado de acciones. Con ello querían evitar que el ingreso constante de dólares provocara la revalorización de las monedas locales y, con ello, una desprotección de la industria nativa. El bath de Tailandia se había apreciado en un 16% frente al dólar, cuando el gobierno decidió establecer una restricción a la inversión extranjera.
 
Otra medida de protección ha sido también la diversificación de las reservas monetarias de los Bancos Centrales de numerosos países. El canje de dólares por euros, libras u oro busca preservar el valor de las reservas monetarias de una devaluación del dólar y al mismo tiempo reducir el ingreso de capital foráneo que opera principalmente en dólares. China y Corea del Sur comenzaron a considerar el establecimiento de Fondos de Inversión con una parte de sus reservas monetarias, para que éstas pudieran ser aplicadas a inversiones internas en lugar de asignarlas a la compra de títulos de la deuda pública de Estados Unidos. En las últimas semanas, precisamente, el financiamiento de la deuda norteamericana fue deficitario como consecuencia de una saldo negativo en la cuenta de capitales (salieron más capitales de Estados Unidos que los que entraron).
 
Resulta claro, entonces, que la crisis que se ha desatado es el producto de una absoluta necesidad, a saber, poner coto a la enorme distorsión que provoca el déficit comercial norteamericano; la emisión de dólares que este déficit provoca; la enorme abundancia de dólares que resulta de esta emisión; y la gigantesca burbuja especulativa que es impulsada por un dinero mundial creciente y barato. Ha estallado de este modo una contradicción de fondo del proceso de la acumulación y la circulación del capital. Para acentuar esta contradicción hay que añadir la política de dinero fácil del gobierno de Japón. Japón pretende con ello mantener al yen devaluado y subsidiar de este modo sus exportaciones. Luego de casi dos décadas de depresión económica, las exportaciones son la única válvula de escape para el capitalismo japonés.
 
El derrumbe de China ha abierto, de este modo, un nuevo período, que se caracterizará por el encarecimiento del dinero, o sea la desvalorización de todos los activos y mercancías que se intercambian por dinero. Los capitales especulativos pierden la materia prima de sus negocios. Una cosa y la otra, una reversión de la liquidez internacional y el derrumbe de los valores ficticios alcanzados por los activos y las mercancías, implican al mismo tiempo bancarrotas financieras y crisis industriales.
 
Que el detonante de la crisis haya sido China, aunque no su epicentro, es harto significativo, esto porque en la crisis asiática de 1997 China se había mantenido fuera de la tormenta y, de este modo, había contenido la expansión internacional de la crisis. Es a partir de esta capacidad para hacer frente a una gran crisis financiera que China se convirtió a partir de 1998 en el receptor sin paralelo de capital extranjero, llegando a promediar un ingreso anual de 50.000 millones de dólares. De barrera de contención, China se ha convertido en detonante; basta esta constatación para medir el alcance de la crisis que ha comenzado.
 
La restauración del capitalismo en China
 
Las restricciones que China ha comenzado a aplicar al capital extranjero son, sin embargo, apenas una aspirina con relación a los desequilibrios que pretende corregir. China es la burbuja económica más grande que haya conocido la historia, porque aplica más del 50% de su PBI a la inversión, o sea que ha creado una capacidad de producción potencial gigantesca, con la expectativa de que será capaz de colocarla en el mercado mundial. Se trata de una distorsión del tamaño de la que Stalin desarrolló durante la industrialización forzosa de Rusia en los años '30, y que luego copió Mao tse-tung en los ‘60 con el “gran salto adelante”. En ambos casos la consecuencia fue una enorme hambruna y una feroz superexplotación de la fuerza de trabajo, que acabó en una crisis de conjunto de la industrialización. En la China actual el proceso combina los métodos de la coacción autoritaria con los de la coacción de mercado, o sea que son aún más infernales. En la reunión anual del Congreso de diputados de China, que tiene lugar en estos momentos, el gobierno ha dicho que pretende rebalancear esta superburbuja, pero sin mayores precisiones.
 
La evidencia de la desproporción entre inversión y consumo lo da el cierre reciente de empresas siderúrgicas que producen un total de 30 millones de toneladas de acero. China ha pasado de importar acero a exportar, pero se encuentra que una gran parte de su industria no tiene lugar en el mercado mundial en sus actuales condiciones. Necesita reestructurar, modernizar y despedir obreros en forma masiva. Encima de la burbuja económico-industrial se ha montado una burbuja financiera aún mayor. Las 2/3 partes de las empresas que cotizan en la Bolsa de Shangai dan pérdidas, lo cual no les impidió valorizarse un 120% en el curso de un año. La razón para esta anomalía es que los inversores esperan que sean privatizadas y que las deudas las absorba el Estado. En ese caso se encontrarían en la lista de los despidos varias decenas de millones de obreros. Pero con las medidas que restringen la entrada de capitales, las privatizaciones quedan por lo menos postergadas, por lo que no debe llamar la atención que la cotización de las acciones haya caído en picada. Gran parte de la especulación con estas empresas ficticias se ha realizado con procedimientos ilegales, lo cual es natural de parte de cualquier especulador ‘prudente’ (si la operación es dudosa se utiliza plata ajena). Hace un par de meses, un raid estatal contra especuladores del partido comunista, precisamente en Shangai, estuvo a punto de producir el bajón que tuvo lugar hace más de una semana.
 
La banca estatal china, que domina el 60% del mercado, tiene créditos incobrables, otorgados a empresas que pierden plata, por más un billón de dólares. El ingreso de capitales del último quinquenio ha llevado a la acumulación de reservas que hoy sobrepasan el billón de dólares, con la consiguiente contrapartida de emisión de moneda china y de inflación. Gran parte de las medidas adoptadas para restringir el ingreso de fondos externos tiene que ver con la necesidad de frenar la acumulación de deuda por parte del Banco Central de China para absorber el dinero emitido. Es decir que el sistema financiero en su conjunto se encuentra en bancarrota. Como se puede ver, la restauración del capitalismo en China, que muchos dan por concluida y consolidada, es un castillo de naipes. Pero en eso mismo consiste la restauración del capitalismo, que no puede avanzar sin construir castillos de naipes y provocar luego el derrumbe para poder acaparar como consecuencia de ese derrumbe, los activos y capitales más promisorios del país. Al abrazar el camino de la restauración capitalista, la burocracia ‘comunista’ de China ha elegido la vía de las catástrofes económicas, los estallidos sociales y las revoluciones. En esto consiste la transición histórica que vive China y, consecuentemente, el conjunto de la economía mundial que ha buscado una vía de salida en la restauración del capitalismo en China. Al decidir el Congreso diputados de China el ‘enfriamiento’ de la economía, la burocracia pretende dar un paso atrás sin la intención de abandonar el rumbo. Se trata de una vacilación política que redundará en crisis en el propio aparato de gobierno.
 
Estados Unidos, el epicentro
 
Como ya dijimos, China detonó la crisis, pero el epicentro es Estados Unidos. Los fondos de inversiones, los bancos de inversión, los fondos especulativos, las grandes empresas, el conjunto de pulpos que opera en China, no cotizan en Shangai sino en Londres y en Nueva York. Sin embargo, es falso que el mercado accionario norteamericano estuviera sobrevaluado, como pretenden los analistas que caracterizan a la reciente crisis como una ‘corrección’. Las ganancias en Estados Unidos han estado creciendo en forma constante, justificando de esta manera el mayor valor de las empresas. Hay una sobrevalorización, pero de otro carácter: es la que afecta a bancos y fondos comprometidos con la especulación inmobiliaria, y es la que amenaza al conjunto del capital norteamericano como consecuencia de los pronósticos de recesión y, por lo tanto, de caída de ganancias e incluso pérdidas.
 
El mismo dinero fácil que explica la burbuja de Shangai, explica la enorme especulación inmobiliaria que ha afectado a Estados Unidos (aunque también a Inglaterra o España). El desarrollo de la actividad de la construcción y las ganancias de la especulación han sido responsables por gran parte del crecimiento del PBI norteamericano. Desde hace un año, sin embargo, la construcción de viviendas y oficinas cae y quedan en mora los pagos por deudas hipotecarias. Se trata de un mercado de ocho billones de dólares; la insolvencia ya afecta a un billón de dólares. El HSBC, el Citi y numerosos fondos especulativos registran pérdidas enormes por la insolvencia de sus clientes con menos condiciones de pago. Varias firmas han presentado pedidos de quiebra. La recesión es entonces inevitable, porque tampoco el Estado tiene ya condiciones de incentivar la demanda, esto debido a su gigantesco déficit fiscal. Consecuentemente, los pedidos de bienes durables han retrocedido mucho en el último trimestre de 2006. La crisis en Shangai detonó la crisis en Nueva York al poner de manifiesto el agotamiento creciente de las salidas para la colocación de dinero nuevo.
 
Cuando se habla de liquidez o abundancia de dinero no solamente se alude a la emisión de moneda y al crecimiento de las reservas de los bancos centrales. La mayor parte de las operaciones financieras se realiza en forma virtual: las compras se realizan a futuro, sin dinero, y se cancelan del mismo modo, por la diferencia entre el precio pactado y el precio corriente. Este dinero virtual no figura en los balances de los bancos, sino que se registra por afuera de los balances. De este modo, la especulación genera una movimiento de capital ficticio, que consiste en una red de endeudamientos recíprocos. Los capitalistas llaman a esto la ‘diversificación de riesgos’; se trata en realidad de una multiplicación ficticia de capital, que no guarda relación con el capital efectivamente invertido en la producción de bienes y de servicios. La quiebra de una fracción de este capital arrastra al conjunto de los capitales recíprocamente encadenados.
 
Hasta ahora, las hipotecas creadas por la especulación inmobiliaria podían ser revendidas por los especuladores a un Fondo del Estado, lo que aseguraba su cobrabilidad. Pero con la evidencia de los ‘default’ ha dejado de hacerlo, es decir que a la hora de la verdad el garante público ha desaparecido. Esto no ha hecho más que precipitar una crisis en cadena. Es una ilustración de las contradicciones existentes el que los economistas ‘monetaristas’ se refugien ahora, para negar la crisis, en la especie de que los ‘fundamentos’ siguen sólidos, excluyendo de los ‘fundamentos’ al gigantesco capital ficticio que no encuentra cómo desembarazarse de sus deudas, ni cómo cobrar sus créditos.
 
La crisis bursátil ha afectado las exportaciones de las materias primas agrícolas, no porque hubiera caído la demanda, la cual de todos modos va a caer como consecuencia de las medidas proteccionistas que ha comenzado a adoptar China. Ha caído porque su precio tiene incorporada una demanda puramente especulativa, que apuesta a la suba de los precios. Esta demanda especulativa es responsable de por lo menos un 20% del mayor precio de esos productos. Las retenciones que Kirchner cobra a las exportaciones argentinas comenzarán a sufrir las consecuencias. La política ‘nacional y popular’ no está inmunizada a la crisis mundial, aunque pretenda lo contrario. El derrumbe de la Bolsa china consumió 100.000 millones de dólares de capital en 24 horas y la de Nueva York 700.000 millones. Kirchner pretende ‘defenderse’ con los 35.000 millones que tiene el Banco Central —lo mismo que tenía Menem. Con una salvedad: el Banco Central debe cerca de 10.000 millones de dólares por los bonos que ha emitido para absorber la emisión de moneda.
 
De una crisis a otra
 
Obviamente asistimos a un episodio, pero a un episodio de una crisis sistémica. Desde la gran crisis de 1972-75, asistimos a una espiral de crisis financieras crecientes, como consecuencia del hecho de que el capital financiero es el protagonista principal del movimiento del capital tomado en su conjunto. Cada crisis, hasta ahora, ha reforzado la preeminencia de ese capital financiero. Pero ello ha producido también grandes cataclismos: en primer lugar en las condiciones de vida de las masas, con la reaparición como nunca antes de la pauperización —sea por la desocupación en masa, sea por el trabajo precario, sea por la inmigración de los sectores sociales más golpeados. Esta conmoción social ha generalizado la crisis social al incorporar a ella a vastos sectores de la clase media. En segundo lugar, ha derrumbado todas las defensas de los estados obreros e impulsado una restauración capitalista sin precedentes en la tercera parte del planeta. La crisis que comienza ahora es la expresión de los límites del capital financiero para reproducirse en condiciones sociales y nacionales aún más violentas, y en las condiciones de un choque cada vez más profundo con las fuerzas productivas existentes, las cuales progresan a un paso considerablemente inferior al del capital financiero encargado de explotarlas.
 
El desenlace de estas contradicciones depende de la maduración de la clase obrera en el marco de la crisis. El proletariado y los campesinos de China y de gran parte de Asia tomarán al mundo por sorpresa.

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