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23 de octubre de 2019

Trump, desacatado

Se agrava la crisis política en Estados Unidos.

El pedido de juicio político contra el presidente Donald Trump no solo no se ha caído, sino que viene juntando fuerza desde su lanzamiento.

Cuando este se defendía con que el denunciante anónimo solo reconoce un “conocimiento indirecto” de la llamada telefónica por la que se lo acusa -en la que habría apretado al presidente ucraniano Zelensky para que avance judicialmente contra el hijo de su posible rival demócrata en la elección del 2020-, surgió un nuevo denunciante anónimo que habría estado en presencia directa del llamado. Ambos acusadores son defendidos por las autoridades de la CIA y comparten el mismo patrocinio legal.

Por las audiencias en la Comisión de Inteligencia del Congreso han desfilados varios funcionarios desplazados del servicio diplomático, que relacionaron la renuncia de John Bolton -Consejero de Seguridad Nacional  de Trump hasta septiembre- con su impugnación a las acciones de Rudolph Giuliani, el abogado del mandatario, en Ucrania. “Es una granada que nos va a explotar en la mano a todos nosotros”, habría dicho Bolton, con razón. Esta semana la policía arrestó a dos rusos nacionalizados en EE.UU. que serían los enlaces de Giuliani en Ucrania, y se preparaban para salir del país para evitar una citación a declarar al Congreso.

El insumo de declaraciones contra el presidente tiene por trasfondo una verdadera rebelión en todo el aparato de inteligencia y del servicio diplomático. Antes que de un “estado profundo” ingobernable, por el que protesta Trump, la base de este proceso es un sector creciente de la clase dominante que ve que el método de choques y recules (empirismo ramplón) que ha caracterizado a la política exterior de Trump no ha llevado a ninguna parte, mientras la economía doméstica se sigue enfriando. Con el gobierno de Obama y Hillary Clinton, Washington pudo copar la Revolución Naranja de 2013-2014 en Ucrania, y usarla para constituir una enorme plataforma de negocios y una cuña colocada sobre el régimen bonapartista de Putin. Mientras el programa de fondo de la burguesía yanqui es avanzar en la colonización de Rusia y China, los anuncios de Trump de grandes ofensivas han concluido en una serie de retrocesos vergonzosos. Luego de declarar que iba a desplazar al gigante de telefonía celular Huawei de los mercados occidentales, terminó pidiendo la escupidera de un nuevo acuerdo económico con China, frente al reclamo de importantes sectores de empresarios yanquis que no paran de perder por la guerra comercial.

La decisión de abandonar las posiciones norteamericanas en la zona kurda de Siria y favorecer con ello una invasión turca, más allá del cese al fuego acordado en el fin de semana, ha significado un avance del bloque Al Assad-Irán-Rusia prácticamente hasta la frontera turca. El que Erdogan se haya alejado con tal decisión del eje ruso-iraní difícilmente pueda presentarse como una compensación para la burguesía norteamericana, que ve en este proceso un retroceso de décadas en el esfuerzo de EE.UU. por controlar Medio Oriente. Por ello la decisión de Trump ha caído como una verdadera bomba en Washington, incluido en el Partido Republicano que le sirvió al magnate de plataforma electoral. La Cámara Baja del Congreso votó una resolución rechazando la retirada militar, por 354 votos (incluidos 120 diputados republicanos) contra 60. Se multiplican las declaraciones de rechazo también entre los senadores republicanos.

En este contexto, la “mayoría asegurada” de Trump en la Cámara Alta, que le garantizaría el rechazo a una condena en el proceso de juicio político, podría evaporarse al ritmo de su caída en las encuestas y de su aislamiento respecto a los objetivos de su clase social. El Financial Times (2/10) dice que unos 35 senadores republicanos ya hablan en privado de votar afirmativamente una eventual destitución.

La respuesta de Trump ha sido, fiel a su estilo, una verdadera escalada de provocaciones. Ha calificado el proceso como un “golpe de Estado”, y su administración ha ordenado no concurrir a declarar a los funcionarios que son citados -aunque algunos, como la ex-embajadora en Ucrania y aún integrante del servicio diplomático, Marie Yovanovitch, han concurrido igual. Muchos analistas consideran que EE.UU. ya se encuentra en un terreno de crisis constitucional, por el desconocimiento flagrante del Ejecutivo del recurso puesto en marcha por el poder legislativo. En un acto de la semana pasada en Minneapolis, con una presencia ostensible de agentes fuera de servicio con remeras que decían “Cops for Trump” (polis en apoyo a Trump), este acusó a los legisladores de promover una guerra civil y dijo que la repatriación de soldados bien podría servir para “otros usos”.

El intento de montar un gobierno bonapartista de Trump enfrenta una crisis severa, sobre todo porque no ha podido mostrar avances para su base social real, el gran capital, y genera todo el tiempo choques y aventuras cuyos resultados es incapaz de prever y controlar. El proceso del “impeachment” trata de colocar el recambio de poder en un terreno institucional, en un contexto en que las masas amenazan con entrar en escena. En estas horas hay nuevas maniobras para imponer un acuerdo a la baja al enorme paro de la automotriz General Motors, de 50 mil empleados, que lleva más de un mes. Ha comenzado ahora un paro docente en Chicago, que no se limita a las demandas salariales sino que reclama también por mejores condiciones de la educación e incluso por los problemas de vivienda existentes en las comunidades donde trabajan.

El propio desarrollo masivo de los Demócratas Socialistas -grupo izquierdista dentro del Partido Demócrata, que ha pasado de 5 mil miembros a 60 mil durante el gobierno de Trump- y del movimiento en apoyo al candidato que estos apoyan, Bernie Sanders -que ya ha reunido un millón de aportes de campaña, la mayoría de montos bajos y de trabajadores o sectores medios- es una muestra de radicalización política de sectores de jóvenes y trabajadores, bien que canalizado hacia uno de los partidos de la democracia imperialista. La adhesión incluso de los precandidatos “progres” del Partido Demócrata como Sanders o Warren a la necesidad de mantener las tropas yanquis en Medio Oriente ha colocado a Trump como el polo “antiguerra” de la burguesía yanqui, aunque responda a la idea de privilegiar los choques comerciales y abandonar las operaciones multilaterales de la OTAN junto a Europa.

La decisión del Partido Demócrata de avanzar contra Trump en defensa de la “seguridad nacional” es justamente una reserva contra la posibilidad de que se cuele una agenda de las masas en esta crisis. Los trabajadores, los inmigrantes, los negros, las mujeres, la juventud, tienen miles de razones para propinarle una derrota a Trump en la calle. Un proceso controlado por el Partido Demócrata y la CIA, pilares de la opresión hacia adentro y fuera de las fronteras, no sólo no dará lugar a un avance para los explotados, sino que incluso puede llevar a un reforzamiento del aparato de espionaje, militar y policial. Por un gran movimiento que coloque en las calles las reivindicaciones populares y pase a la ofensiva contra este régimen acabado, sin esperar los largos tiempos del proceso electoral en curso hacia noviembre del 2020.

 

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