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9 de noviembre de 2019

Frente a las tentativas golpistas en Bolivia

Evo vacila. Es necesaria -más que nunca- la intervención independiente de la clase obrera y los explotados

La situación en Bolivia se está degradando en un sentido reaccionario, rápidamente.

Las protestas que sectores de la derecha instrumentaron para obligar al gobierno de Evo Morales a que convoque a una segunda vuelta electoral, han ido creciendo en belicosidad y reaccionarismo y prácticamente estamos ante el intento de desarrollar un golpe de Estado.

Se han constituido comandos -incluso motorizados- que salen a asolar los barrios de collas y atacan a militantes del MAS. Las expresiones racistas han vuelto a ganar la plana con el accionar de estos comandos que pretenden instalar a “Dios” en la Casa de Gobierno. Las movilizaciones iniciales fueron convocadas por Carlos Mesa, el ex presidente represor, dirigente de la oposición que salió en segundo lugar, con un resultado entre 9 y 10 puntos detrás de Evo Morales. Según la legislación boliviana se necesita tener una diferencia de 10 puntos de la primera minoría sobre la segunda para que se proclame vencedor en la primera vuelta. En una situación confusa, el Tribunal Electoral anunció que Evo había sacado un poco más de 10 puntos de distancia y el MAS se declaró ganador para un cuarto periodo presidencial. Los mesistas dicen que se hizo fraude y reclaman la segunda vuelta en la que esperan sumar a otras expresiones electorales derechistas y vencer al MAS.

Pero, rápidamente, la situación se fue radicalizando hacia la derecha. En la provincia de Santa Cruz, un dirigente ultraderechista, Luis Camacho, presidente de un Comité Cívico, que agrupa a empresarios y líderes ‘sociales’, se plantó reclamando la renuncia de Evo Morales, prometiendo nuevas elecciones sin Evo ni Mesa, llamando a la lucha por derrocarlo. En la ciudad de Vinto, de Cochabamba, el edificio municipal fue atacado e incendiado por una turba y la alcaldesa vejada y arrastrada por los pelos durante varios kilómetros.

En el día de ayer se ha amotinado la policía de Cochabamba, a la que se le han ido sumando destacamentos policiales de otros distritos. Y, según versiones, el cuerpo de ejército que se asienta en Santa Cruz habría anunciado su pase a la protesta nacional.

Camacho ha convocado a una marcha sobre La Paz, para imponer por la fuerza la renuncia de Evo Morales.

El gobierno si bien ha realizado algunas movilizaciones importantes de apoyo, se mantiene subordinado a la decisión de una Comisión Investigadora de la OEA que vino a recontar los votos. Ya hemos denunciado en anteriores números de Prensa Obrera que Evo ha colocado como árbitro de la crisis a la OEA (el llamado Ministerio de Colonias Yanki). Esta recién se pronunciaría hacia el fin de la semana próxima. Mientras una consultora -Ethical Hacking- contratada por el gobierno, que el 30 de octubre había sacado un informe diciendo que no hubo fraude, acaba de sacar otro rectificándose (aunque sin pruebas contundentes) y planteando que habría que convocar a nuevas elecciones. Se suma a la ofensiva golpista. El dictamen de la OEA tendrá -en estas circunstancias- una contundencia fenomenal.

Evo ha llamado a resistir el golpe. Pero ha declarado que no va a movilizar a las Fuerzas Armadas (¿teme que estas no le respondan?).

Pero aplastar un golpe derechista, trasvestido con ropaje democratizante -como en Venezuela- necesita de una acción enérgica. La vacilación del masismo en llamar a la huelga general, la movilización y el armamento de los obreros y campesinos alienta la insurrección derechista.

El país está dividido, electoral y políticamente entre dos fracciones burguesas: la clásica derechista oligárquica con Mesa y ahora, Camacho; y la nacionalista burguesa devenida durante más de una década en guardiana del orden, agotando la insurrección de la guerra del gas del 2003, sobre la base de la cual llegó Evo al poder. La clase obrera y los explotados no tienen una presencia propia. Si bien la base social que vota mayoritariamente por el MAS se asienta en los mineros, los trabajadores y campesinos, el gobierno los ha regimentado fuertemente y su movilización es todavía reglamentada. Es más, hay direcciones sindicales y sectores de trabajadores que están del lado de la derecha, arrastrados por la demagogia de “la defensa de la democracia”.

El problema fundamental pasa por que los trabajadores no se dividan y sean arrastrados detrás de liderazgos burgueses. Los dirigentes burocráticos no pueden decidir la opinión de sus organizaciones, sin que hayan deliberado y votado los trabajadores que la integran. Es necesario luchar por la convocatoria a un Congreso de Bases de la Central Obrera (COB), de los sindicatos mineros, de fabriles, etc. para fijar una posición autónoma, independiente. En esos Congresos votar un programa propio que plantee los reclamos del pueblo trabajador y de la nación oprimida (no pago de la deuda, nacionalización del litio bajo control obrero, etc.). Una parte de la izquierda boliviana (el POR) hace causa común con las movilizaciones derechistas. La izquierda obrera y revolucionaria debe agruparse para encarar esta fase de la crisis capitalista. La situación general de ascenso de las rebeliones en América Latina (Chile, Ecuador, etc.) puede hacer evolucionar rápidamente la situación boliviana.

Lo primero: independencia política de los trabajadores. Aplastar toda tentativa golpista con los métodos de acción directa que el proletariado y los explotados tantas veces han impuesto en la historia boliviana.

 

 

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