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22 de enero de 2020

El “Argentinazo” libanés: corralito, crisis de deuda y nuevo estallido popular

A tres meses de desatada la histórica rebelión en Líbano que derivó en la renuncia del Primer Ministro Saad Hariri, la crisis política y económica que le dio origen no ha hecho más que agravarse; el anuncio hecho este martes por el sucesor de Hariri, Hasan Diad, de que finalmente logró su tortuoso objetivo de formar gabinete, lejos está de prometer una armonización del país.

De hecho, había sido la circulación de una lista de posibles ministros días atrás lo que atizó el llamado a una “semana de ira” y las aguerridas movilizaciones que volvieron a llamar la atención del mundo este fin de semana, con manifestantes de todo el país expresando su bronca en Beirut, en los alrededores del parlamento y contra los bancos situados en el centro de la capital. El cambio de ánimo lo dejaba claro un joven citado por El País, sentenciando que “vamos camino a la hambruna y ya nos hemos cansado de cantos pacíficos” (18/1). El gobierno respondió a las protestas con una virulenta represión que dejó un saldo de más de 500 heridos, con policías antidisturbios “arrojando latas de gas lacrimógeno a la cabeza de los manifestantes, disparando balas de goma a los ojos y atacando a la gente en hospitales y una mezquita”, acorde a la denuncia de Human Rights Watch.

Los cortes de ruta en varios ciudades aún continúan, y circulan en las redes sociales y grupos de whatsapp de activistas llamados a huelgas generales en todo el país (Middle East Eye, 21/1).

Corralito sobre mojado

Los bancos están en el centro del repudio popular por el mantenimiento desde octubre de un “corralito” que limita el retiro de fondos de los ahorristas, sin que ello logre frenar la corrida al dólar, que ha llevado a la libra libanesa a una devaluación histórica (que cayó en semanas de un cambio fijo de 1.500 a cotizar en el mercado negro a 2.300 por dólar). El corralito viene a agravar el colapso social y la política de ajuste que disparó la rebelión, llevando a la quiebra a más familias y negocios; ello mientras hay denuncias de que los millonarios ya han retirado sus fondos. El capital privado petrolero –Líbano es el único país de Medio Oriente que no tiene una petrolera estatal- presiona con lockouts por la falta de acceso al dólar a cambio oficial. “La caída de los ingresos del turismo, de las remesas y la estampida de inversores extranjeros han agravado la escasez de divisas en un país que importa el 80% de lo que consume”; mientras que un académico advierte ante el “rápido deterioro de la situación que se espera a final de mes cuando los trabajadores no perciban sus salarios” (El País, ídem), algo que ya viene sucediendo en algunas empresas y ha sido respondido con huelgas. Las prebendas asistenciales de los partidos del régimen están paradas, y los hospitales desabastecidos. Desde el Carnegie Middle East Center señalan que “la crisis ha dejado a los bancos ‘efectivamente insolventes e ilíquidos’ y empujará a Líbano a una profunda recesión, disparará una gran inflación y subirá dramáticamente el nivel de pobreza”, que según algunas estimaciones podría saltar del 30% actual al 50%.

El corralito aparece como emergente de la oprobiosa política llevada adelante desde 2016 por parte del gobernador del banco central, Riad Salamé, que este “llamó ‘ingenería financiera’ (...) los bancos prestaban los dólares de sus clientes al banco central a tasas estelares a cambio de comprar franjas de deuda del gobierno en operaciones de swap –en términos provechosos para los bancos”; una mecánica que un ex funcionario del FMI describió como “un esquema Ponzi [un sistema piramidal fraudulento]: tomaba prestado de los bancos para pagarles sus intereses”. Luego de que los bancos cerrasen por dos semanas tras el estallido de la rebelión en octubre pasado, los depositantes preocupados corrieron en masa a enviar su dinero al extranjero; “pero los bancos habían puesto la mitad de sus activos en el banco central para obtener altas tasas, lo que significaba que cumplir con las solicitudes de transferencia habría destruido las reservas del país” (Financial Times, 31/12).

Lo que hay de fondo es una crisis de deuda pavorosa y largamente incubada, determinada por el atraso total de la economía. Desde 2008, “mientras que el resto de los bancos centrales del mundo intentaron impulsar la recuperación posterior a la crisis manteniendo los costos de endeudamiento en 1 por ciento o menos”, el de Líbano se jugó a atraer capitales ofreciéndoles tasas superiores al 10%, desesperado por hacerse de dólares para mantener el tipo de cambio, “pagar por importaciones y financiar el gobierno” (ídem). Sumando lo prestado por el FMI, la deuda alcanza en la actualidad el 160% del PBI, siendo una de las más altas del mundo, ello en el cuadro de parálisis descripto. “Hay señales de que una serie de defaults podría ser inminente” como la cotización de los bonos a la baja, señala el Financial Times de este martes, marcando que “los tenedores de bonos libaneses aprietan los dientes” ante la posibilidad cierta de quitas de entre el 60 y el 70%. Un analista advierte que a este ritmo “las reservas internacionales se agotarán en septiembre”, a lo que otro apunta que “si defaultean su deuda, los bancos van a estallar”.

El fin del statu quo y Medio Oriente

En la imposibilidad que venía teniendo Diad para formar gabinete, y en su resolución provisional, se expresa la crisis de todo el régimen político. Sucede que “la renuncia de Hariri selló la muerte del statu quo pactado entre los dos bloques políticos, suníes y chiíes” (El País, ídem), que se formalizaba en un reparto de los principales cargos entre los partidos de estos dos credos musulmanes y de los católicos, ahora divididos entre uno y otro sector. Si bien el rol del Primer Ministro corresponde a un suní y Diad cumple ese requisito, lo cierto es que llegó allí con el respaldo de los sectores chiítas de Hezbollah y Amal y sus aliados cristianos (es decir, con el del bloque pro-iraní), mientras que los principales partidos sunitas (ligados a EE.UU., Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos) y el máximo clérigo suní lo rechazan.

Diad logró ahora formar gabinete superando los escollos al interior del bloque pro-iraní, pero han quedado afuera del gobierno el partido sunita liderado por el depuesto Hariri y otras fuerzas cristianas y drusas con fuerte presencia en el Congreso, que ya venían manifestando su enojo ante el plan de reducir el gabinete (el de Diad cuenta con 20 ministerios, contra 30 del anterior) y dejarlos sin carteras en el mismo. Irán y Hezbollah salen provisionalmente fortalecidos del nuevo armado -algo de especial interés en el cuadro de sus choques crecientes con Estados Unidos-, pero lo hacen a costa de dinamitar definitivamente el régimen político y de cargarse al hombro un Ejecutivo que deberá proceder a mayores ajustes, demandados por el FMI y el conjunto de acreedores.

La disposición de lucha de las masas libanesas, la superación en el movimiento de las divisiones sectarias, la presencia fuerte de las capas más explotadas de la sociedad, su extensión por meses, los cantos de “revolución” y de que “no pagaremos el precio” de la crisis muestran la profundidad del movimiento. Pero el extendido planteo entre los manifestantes de un gobierno de “tecnócratas” no ligados a los partidos del régimen –que, por lo demás, estos son incapaces de satisfacer- muestra todavía los límites que debe superar. Los trabajadores están demostrando con su acción que son ellos la única esperanza del país. Tomar conciencia de ello y estructurar esa conciencia en organismos propios está a la orden del día. Por la nacionalización de la banca bajo control obrero, el no pago de la deuda, la expulsión del imperialismo de Medio Oriente y una salida independiente de la clase obrera.

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