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9 de abril de 2020 | #1588

Europa, entre la pandemia y la crisis capitalista

Con más de 30.000 muertos por el coranavirus, Europa se prepara para un golpe económico sin precedentes. La contracción de la economía experimentada durante la crisis desatada en 2008 empalidece frente a las cifras que se barajan en el momento actual. 

Se calcula una caída trimestral superior al 30% y anual de la Eurozona que oscila entre un 10% en las hipótesis más optimistas hasta el 20% anual. Sólo una cuarta parte de la masa laboral está trabajando y también solo una cuarta parte de la industria no cerró la puerta.

Algunos creen que en solo este trimestre el desempleo europeo saltará de 7,5 millones de personas a más de 10,5 millones. Esos tres millones no incluyen a los otros millones de trabajadores informales y precarizados que han perdido su trabajo. Casi un millón de británicos pidieron el subsidio de desempleo en las últimas dos semanas. 

Rescate inviable

Los planes de estímulo puestos en marcha por los Estados son sensiblemente superiores a los de 2008, pero lo que se encubre es que solo una parte reducida va dirigida a paliar las necesidades apremiantes de la población. La realidad es que el dinero que se transfiere a los trabajadores es mínimo en comparación con el que se destina a las grandes empresas. Por ejemplo, el paquete del Reino Unido contempla evitar despidos mediante un pago del 80% de los salarios para empleados y autónomos afectados por la interrupción de su actividad por el coronavirus durante tres meses. Pero, en realidad, no es mayor que la proporción usual de beneficios por desempleo que conceden muchos gobiernos en Europa. El Reino Unido tenía un monto de subsidios por desempleo muy bajo (entre 400 y 500 dólares), que ahora se eleva al promedio europeo, pero sólo por unos pocos meses a lo que se agrega el hecho de que millones de trabajadores no calificarían para tener acceso a los mismos.

De un modo general, esto se reproduce en otras naciones del viejo continente. El auxilio para la población afectada es acotado en el tiempo y, a menudo, sus beneficiarios pueden tardar semanas, y hasta meses, en recibir ese dinero. 

Estos paquetes no sólo auguran penurias inauditas para las masas sino que ni siquiera son suficientes para promover una restauración del crecimiento y el empleo. Cada vez más los economistas, incluso en la filas de la burguesía, empiezan a asumir la emergencia de una depresión. 

Antes del estallido del virus, Europa se acercaba a una tasa nula de crecimiento y junto con las principales economías del mundo se marchaba a una recesión. Estábamos asistiendo a una huelga de inversiones que tiene como base una declinación cada vez más marcada de la rentabilidad empresarial y ganancias corporativas. Por lo tanto, el sector privado no está en condiciones de liderar una recuperación económica. Más bien, lo que está en juego es quién va a lograr sobrevivir. La depresión plantea la depuración del capital sobrante. Vamos a transitar un escenario de quiebras, que es lo que se pretendió evitar con los rescates en esta última década luego de la crisis financiera de 2008. Los gobiernos europeos estarían apelando a nacionalizaciones de empresas, como acaba de ocurrir con Alitalia (ver nota de Prensa Obrera). Se trata de un recurso último por salvar al capital en crisis, pero esta tentativa tropieza con límites muy precisos. No olvidemos que son los propios Estados los que se encuentran en una situación extremadamente vulnerable, con un endeudamiento igual o superior a su PBI. 

Los paquetes de estímulo pretenden ser financiados con más deuda, con lo cual se echa más sal a la herida. Esto vale para Francia, España e Italia -donde ha pegado con más virulencia la pandemia-, que cargan con índices muy superiores al promedio en materia de endeudamiento y déficit fiscal. Se estima un ascenso de la deuda pública que no se veía desde tiempos de guerra. De acuerdo con algunas estimaciones, en Alemania pasaría del 61% de finales de 2019 a un 86% este año. En Francia lo haría del 101% al 141%, en España del 98% al 133% y en Italia se iría del ya abultado 137% al 181%.

Guerra comercial

La situación se vuelve más aguda desde el momento que la Unión Europea enfrenta esta calamidad sin poder armar un esquema de contención comunitario. Hasta ahora, cada nación, en gran medida, ha debido arreglarse con sus propios recursos, con el límite que supone el hecho que los miembros de la UE están inhibidos de emitir, resorte que está reservado al Banco Central Europeo. Madrid y Roma instaron a los miembros de la eurozona a mutualizar la deuda, con eurobonos respaldados por todos los miembros del espacio de la moneda común. Pero los países del norte, Alemania, Holanda y Austria, se negaron con el argumento de que ese pedido era un intento encubierto de los países meridionales para beneficiarse de ayudas a bajo precio, financiadas por los Estados más sólidos económicamente. La Comisión Europea propondría crear un fondo de 100.000 millones de euros que se alimentaría a partir de emisiones de deuda en nombre de la UE. Sería una especie de primera mutualización de deuda por la puerta de atrás aunque, en caso de concretarse, está lejos de satisfacer la ayuda que se viene reclamando. 

Uno de los datos distintivos de la crisis actual con respecto de la de 2008 es precisamente el escenario de la guerra comercial, lo cual impide una acción concertada para enfrentar la pandemia. Las tensiones y choques entre los integrantes de la zona euro echan más leña al fuego a las tendencias a la desintegración de la Unión Europea ya reinantes.

La expectativa es que el Banco Central Europeo anule los bonos que ha ido comprando a los Tesoros nacionales. Eso borraría aproximadamente una cuarta parte de las deudas públicas europeas y permitiría mitigar en lo inmediato, aunque sea parcialmente, el endeudamiento explosivo al que están echando mano. Pero esto es un arma de doble filo, pues activa otra bomba de tiempo como es una emisión gigantesca. Un empapelamiento de la moneda común en la escala que se insinúa provocaría una desvalorización sensible del euro y el riesgo de un abandono masivo del mismo hacia el dólar o hacia el oro, que emerge como el refugio último en caso de que la crisis termine arrastrando las principales divisas del planeta. Por supuesto, esto llevaría a un descalabro y fractura de las relaciones económicas internacionales y, por lo tanto, un salto inconmensurable en el desarrollo de la bancarrota capitalista.

Crisis social y política

El colapso actual económico está disparando una crisis social explosiva en la que se une la batalla por la sobrevivencia de los viejos y nuevos desempleados, a los que han quedado inactivos y que no reciben ingreso alguno o apenas una compensación parcial de lo que venían cobrando, que se suma la de la otra franja de la población que está concurriendo a sus tareas habituales pero que está expuesta al contagio sin que se cumplan los requisititos de protección adecuado y la presión de las patronales por retomar la producción de actividades no esenciales.

Este panorama es el caldo de cultivo para la reacción popular. En Italia, el país en que la pandemia ha pegado en forma más prematura, se combinan estallidos sociales en el sur, la región más pobre del país, con huelgas y protestas en las fábricas, que vienen reaccionado contra las condiciones precarias y riesgosas en las que se trabaja y forzando a las empresas a interrumpir la actividad productiva. El 25 de marzo hubo un paro nacional, que logró una considerable adhesión, pese a que fue convocado al margen de las centrales sindicales, que están sometidas e integradas al Estado.

La crisis social se potencia por la crisis sanitaria. Europa debe enfrentar este brote con su sistema de salud deteriorado, como resultado de una política de austeridad que se ha profundizado los últimos años. Italia, para tomar un ejemplo, hizo un recorte de sus presupuestos de salud de 37.000 millones de euros en estos últimos cuatro años. 

Esto empieza a tener una traducción en el plano político. Los gobiernos de turno, ya sean centroizquierdistas o derechistas están sufriendo una erosión acelerada. El debilitamiento del gobierno de Conte, al que se le reprocha haber reaccionado tardíamente frente a la propagación del virus, está siendo aprovechado demagógicamente por la derecha de Salvini. Pero igual suerte está soportando Boris Johnson, de filiación conservadora, y no se salva Macron, quien no ha salido indemne de la conmoción política provocada por la huelga contra la reforma jubilatoria, que se ha expresado en la derrota que acaba de sufrir en las elecciones municipales. Las exhortaciones que hacen los gobiernos europeos a la unidad nacional tienen partas cortas. Ingresamos en un escenario convulsivo que va a estar atravesado por giros, crisis y realineamientos políticos, explosiones sociales y levantamientos populares. El gran desafío planteado para la izquierda revolucionaria es que en este proceso irrumpa la clase obrera como un factor independiente en la crisis capitalista y abrir paso a una salida política independiente de los trabajadores. 

La pandemia ha colocado al descubierto la incapacidad y los límites insalvables del Estado capitalista y de su clase dirigente para hacer frente a este flagelo. Ha puesto al rojo vivo la incompatibilidad que existe entre una organización social basada en el lucro y la defensa de la vida y salud de la población. En lugar de que los fondos públicos sean destinados a un rescate inviable del capital en crisis y quebrado, es necesario colocar los recursos al servicio de las necesidades populares, empezando por un combate en regla contra la pandemia. Esta tarea está reservada a los trabajadores, que deben tomarla en sus manos en la perspectiva de una reorganización integral del viejo continente sobre nuevas bases sociales. Al fracaso de los Estados capitalistas y a la desintegración del Unión Europea hay que oponerle gobiernos de trabajadores y la unidad socialista de Europa.
 

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