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20 de mayo de 2020

Internacional Progresista, al rescate del capitalismo

Internacional Progresista, al rescate del capitalismo

El exministro de economía griego, Yanis Varoufakis, y el senador norteamericano Bernie Sanders

DiEM25, Frente Europeo de Desobediencia Realista, un movimiento democrático paneuropeo transfronterizo, liderado por Yanis Varoufakis , exministro de Economía griego, cuando Syriza llegó al gobierno, y el Instituto Sanders, fundado en 2017 por Jane Sanders, esposa del senador demócrata Bernie Sanders, acaban de dar a luz la “Internacional Progresista”, una organización avalada por más de 40 intelectuales de todo el mundo, entre los que destacan Noam Chomsky y Naomi Klein, y dirigentes políticos, como Katrín Jakobsdóttir, del Movimiento de Izquierda-Verde y actual primera ministra de Islandia, en cuya capital, Reikiavik, está previsto realizar un primer Congreso del flamante nucleamiento.

El grupo Puebla, en su reciente encuentro virtual, que congregó a lo más graneado del progresismo latinoamericano, saludó y decidió sumarse a la iniciativa. En el convite fueron de la partida Lula, Dilma Rousseff, el exvicepresidente boliviano García Linera, el exmandatario ecuatoriano Rafael Correa y Fernando Haddad, que es uno de los 40 firmantes que dieron nacimiento a la Internacional Progresista.

La nueva organización advierte que “hay una guerra global en marcha contra los trabajadores, contra el medio ambiente, contra la democracia, contra la decencia”, plantea unir las fuerzas progresistas ante "el avance del autoritarismo”. Y llama a defender y sostener “un Estado de bienestar, los derechos laborales y la cooperación entre países, además de consolidar un mundo más democrático, igualitario, ecologista, pacífico post-capitalista, próspero y pluralista, y en el que prime la economía colaborativa”.

Si hay un común denominador en lo que se refiere a este arco tan variado del progresismo mundial es que están lejos de haber logrado promover un rumbo superador respecto de la política neoliberal en la experiencia política que les tocó protagonizar en sus respectivos países. Tampoco lo están haciendo ahora. Más bien han terminado adaptándose al orden social establecido. En la actualidad, tenemos a Bernie Sanders, luego de su frustrada carrera presidencial, llamando a cerrar filas en el Partido Demócrata y promoviendo la candidatura de Joe Biden. Se trata de un callejón sin salida para los millares de trabajadores y jóvenes que abrazaron la postulación del senador socialdemócrata. La política de Sanders es llamar a colaborar con los grupos de trabajo de Biden en la elaboración del plan de gobierno, como si fuera probable insuflarle un contenido progresista a la gestión del candidato demócrata, un hombre de confianza del establishment y transformar por dentro un partido que es uno de los pilares del imperialismo yanqui. Mientras se habla del Estado de bienestar, el dirigente político norteamericano acaba de votar el paquete de medidas de estímulo propuestas por Trump, que implican un gigantesco rescate del capital, mientras se dispone una ayuda residual para los trabajadores.

Lejos de representar una transformación del régimen político y social, el progresismo no saca los pies del plato. Un ejemplo muy elocuente es el de Islandia, donde el Partido Verde de la primera ministra cogobierna el país en coalición con el partido conservador de centroderecha, que se ha reservado para sí ministerios estratégicos. La centroderecha estuvo en el poder hasta 2017, cuyo gobierno estalló en medio de una gigantesca crisis política, cuando se revelaron actos de corrupción que comprometían al entonces primer ministro. El progresismo ha terminado salvando el sistema político y reconstruyendo la gobernabilidad a través de un pacto con los representantes tradicionales del neoliberalismo.

No se puede perder de vista la conducta de Varoufakis de la coalición Syriza, cuyo gobierno capituló ante los dictados de la Unión Europea y su memorándum de ajuste, violentando el mandato popular que rechazó las imposiciones que planteaba la troika. La tentativa de conciliar los aspiraciones del pueblo griego con la permanencia en la UE se reveló completamente infundada. El dirigente griego hoy se arrepiente de esta postura y señala que lo correcto hubiera sido abandonar la UE. Pero, ¿cuál sería la salida superadora? Recordemos que Varoufakis en el apogeo de Syriza señaló que la crisis capitalista "no era el mejor ambiente para políticas socialistas radicales". Apuntó que "no estamos preparados para superar el colapso del capitalismo europeo con un sistema socialista que funcione".

El exministro de Syriza no ha abandonado esta premisa. El cambio que propone consiste en suplantar su antiguo europeísmo por una variante nacionalista con mayor intervención del Estado, pero siempre en el marco del orden social vigente. Pero el estatismo burgués no es más que una tentativa extrema de rescate del capital, que ha ido siempre acompañado de un ataque en regla contra los trabajadores. Por lo pronto, un retorno al dracma traería aparejado un severo golpe a los salarios, que quedarían nominados en la moneda local depreciada frente al euro, en tanto que las deudas seguirían fijadas en la divisa europea, haciendo todavía más gravosa la hipoteca que pesa sobre el país. En el actual contexto, Grecia perdería la libertad de acceso al mercado europeo sin poder usufructuar las ventajas de una moneda devaluada en momentos en que marchamos a una depresión sin antecedentes y se potencia la guerra comercial y las políticas proteccionistas.

El impasse capitalista ha acelerado las tendencias a la desintegración de la Unión Europea. No se trata de volver a las fronteras nacionales sobre las antiguas bases, lo cual resulta cada vez más inviable, cuando las cadenas de valor están como nunca integradas y la dependencia e interconexión entre las naciones se han hecho mucho más estrechas que en el pasado, sino en reconstruir integralmente Europa sobre nuevas bases sociales a partir de la unidad socialista del continente.

¿Poscapitalismo?

La Internacional Progresista habla de “postcapitalismo”, de modo de escabullir el bulto. Desterrada la perspectiva del socialismo que excluyen, la salida que se ofrece, aunque se lo pretenda disimular, no es otra que el viejo plato recalentado de la sociedad capitalista, la cual podría regenerarse, según su punto de vista, adaptando formas de mayor equidad social y de democracia política. Se trata de un capitalismo imaginario, pues el capitalismo real, no el que surge de sus cabezas, viene descargando el peso de sus crisis y bancarrota sobre las masas. Tiende a barrer con los derechos laborales y conquistas de los trabajadores, obtenidos en la etapa precedente. Las reformas laborales y jubilatoria son patrimonio común tanto de los gobiernos neoliberales como “nacionales y populares”. La pandemia ha puesto de relieve como nunca el antagonismo entre la defensa de la vida y la salud de la población y una organización que se basa en el lucro capitalista.

El Estado de bienestar, cuya defensa pregona esta Internacional, es incompatible con el orden social capitalista vigente. Esto va de la mano de las tendencias a reemplazar la democracia por régimenes bonapartistas, de poder personal, que gobiernan por encima de las instituciones republicanas, como un recurso excepcional para pilotear la crisis y la polarización social que se viene abriendo paso.

En oposición al neoliberalismo, la receta que proclaman los promotores de esta iniciativa sería una mayor intervención del Estado. Pero hacen la prevención de que "el tema es si el Estado se utiliza para rescatar al neoliberalismo o para llevar adelante una reforma”. Se presenta como si el Estado fuera una entidad en disputa, por encima de la organización social, cuando es un engranaje e instrumento central del régimen capitalista, que actúa bajo la tutela de la clase dirigente y constituye una maquinaria que oficia de correa de transmisión y vehículo de sus intereses. El uso de los fondos públicos para las necesidades sociales -y no para el rescate del capital, como ocurre ahora- plantea la cuestión del poder y, por lo tanto, que la clase obrera sea la que asuma la conducción política de la nación.

Lo mismo vale cuando se habla de “cooperación entre los países”, como si se pudiera abstraer el hecho de que la guerra comercial se origina como resultado de la crisis mundial capitalista en desarrollo. Las tensiones y rivalidades entre las corporaciones y las naciones se vienen agigantando en forma proporcional al impasse capitalista. La integración capitalista, como lo testimonian la Unión Europeao el Mercosur, está haciendo aguas. La cooperación de los pueblos, la superación de las divisiones nacionales sólo puede ser obra de la clase obrera como parte de una transformación social bajo su liderazgo.

Grupo Puebla

La Internacional Progresista ha recibido el apoyo del Grupo Puebla, que reúne a los representantes más prominentes del progresismo latinoamericano. Pero no se puede soslayar el hecho de que estas fuerzas políticas han pasado por ser gobierno y conducido el destino de sus países durante décadas. El balance de esta experiencia revela su incapacidad para sacar al país del atraso, la dependencia y la opresión imperialista. Lejos de avanzarse a una industrialización y a un desarrollo independiente, se ha acentuado la primarización de la economía. Los gobiernos progresistas latinoamericanos han puesto en marcha importantes planes de asistencia social, lo cual ha representado un alivio para la población en una situación desesperante, pero esto está distante de constituir una transformación social. La estructura social se ha mantenido intacta: las mismas clases sociales son las que siguen concentrando las riquezas y el poder económico. El nacionalismo burgués y el progresismo latinoamericano han sucumbido bajo el impacto de la crisis mundial, que ha culminado en verdaderos derrumbes. Hasta la propia ayuda social se fue recortando mientras se procedía a ajustes severos, que dieron pie a protestas y grandes movilizaciones populares.

El progresismo latinoamericano ha sido incapaz de enfrentar al neoliberalismo. Ha tratado de salvar su pellejo adaptándose a las exigencias del capital internacional y aplicando él mismo los ajustes, pero eso no ha sido suficiente para evitar su caída. Dilma Rousseff y luego Evo Morales fueron destituidos por golpes cívico-eclesiástico-militares sin ofrecer resistencia ni convocar a la movilización popular. En la actualidad el PT brasileño, la fuerza más emblemática del progresismo latinoamericano, está fogoneando una salida política frente la crisis que afecta al gobierno Bolsonaro con los partidos que promovieron el golpe contra su gobierno y han sido portavoces y arquitectos de las reformas laboral y previsosional, así como de un ataque a las condiciones de vida del pueblo. Está claro que de allí no va alumbrarse un orden más igualitario ni una fuente impulsora de un estado de bienestar.

El Grupo Puebla, en su corta existencia, ha demostrado sus límites para transformarse en una alternativa. Alberto Fernández, uno de los dos presidentes en ejercicio que integra dicho nucleamiento, permanece en el Grupo Lima, junto a sus pares derechistas de América Latina, que vienen conspirando activamente para tirar abajo a Nicolás Maduro. El gobierno argentino ha reconocido y dado las placas correspondientes al cuerpo diplomático nombrado por el gobierno golpista de Áñez. La política exterior de nuestro país ha estado subordinada al rescate de la deuda que se viene desarrollando en el marco de las negociaciones con los bonistas y el FMI, y que estaría en los umbrales de un arreglo.

Un dato distintivo del gobierno del mejicano López Obrador son las llamativas buenas migas con el autoritario Donald Trump. El presidente mejicano ha renovado el tratado de libre comercio a la medida de las exigencias de Estados Unidos y convirtió a su país en un estado tapón contra las caravanas migratorias que buscan un escape al hambre y a la pobreza que asolan el continente. El combate contra el narcotráfico ha sido utilizado como pantalla, una vez más, para reforzar el corrompido aparato militar y policial.

La tendencia al compromiso con el imperialismo por parte de los exponentes latinoamericanos de la Internacional Progresista debe ser tomado como un alerta por todos los luchadores. No estamos frente a un espacio político que se desenvuelve dentro del campo de apoyo a las recientes rebeliones populares, sino de uno que nace con la función política de contenerlas. Mientras que, en 2019, el movimiento de lucha avanzó contra todos los gobiernos, con independencia de su filiación “neoliberal” o “progresista”, los miembros de este nuevo nucleamiento internacional -en especial en América Latina- actuaron para salvar la gobernabilidad.

Conclusión

La búsqueda de un punto de equilibrio entre al necesidades populares y el orden social capitalista se ha revelado infundada. Si hay algo que ha demostrado carecer de "realismo" es la pretensión de revertir las tendencias a la polarización social que se han acentuado como nunca. La pandemia, a su turno, lejos de atenuar los antagonismos sociales los ha exacerbado, demostrando el abismo que existe entre la defensa de la vida y la salud de la población, y una organización social basada en el lucro capitalista. No existe una estación intermedia entre el neoliberalismo y la revolución social. El tren de la historia, de mano del capitalismo, nos conduce hacia un escenario de barbarie: de guerras y estragos ecológicos, sanitarios, sociales sin precedentes. El tren de la historia solo puede ir para adelante y abrir un nuevo horizonte para la humanidad de la mano de una salida liderada por los trabajadores.

 

 

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