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28 de febrero de 2008 | #1027

La encrucijada de Cuba

Fidel Castro renunció a sus cargos en el Estado cubano; la Asamblea Nacional designó a su hermano Raúl para reemplazarlo. La prensa mundial discute la "transición".
Pero los problemas que enfrenta Cuba no son los de la "transición"; son los problemas sociales y políticos que ya estaban plenamente presentes bajo el mando de Fidel.
En los últimos tres años, al calor de las inversiones venezolanas, chinas y europeas, la economía cubana ha crecido, incluso por encima del promedio de América Latina.
Ese crecimiento económico trajo consecuencias contradictorias. Por un lado, permitió aliviar una parte de los sufrimientos de las masas cubanas; por ejemplo, los cortes de energía eléctrica tan comunes en el pasado reciente, ahora son raros. Pero, al mismo tiempo, ese crecimiento agudizó la diferenciación social en la isla y promovió una acumulación privada clandestina tolerada, e incluso impulsada, desde el propio aparato estatal. Su principal beneficiario ha sido la burocracia gobernante.
Las consecuencias de este crecimiento no han sido sólo económicas. En la medida en que ha tenido lugar en el cuadro de un amplio movimiento antiimperialista de masas en América Latina, ha dado lugar a un proceso de deliberación popular que ha dejado en claro el extendido descontento popular existente. De múltiples maneras, se manifiesta un rechazo a la burocracia, a su enriquecimiento, a la ausencia de libertades ciudadanas y a la miseria popular. En particular, los cubanos denuncian el escaso valor adquisitivo de sus salarios para comprar los bienes que están dolarizados.
Como lo mostró hace pocas semanas, el debate entre el presidente de la Asamblea Nacional Raúl Alarcón, y un grupo de estudiantes, la deliberación popular progresa. La burocracia, incapaz de acallarla, intenta encauzarla. Algunos de los reclamos presentes - como el derecho a viajar al exterior- son propios de las capas más acomodadas de la sociedad cubana, orgánicamente ligada a la burocracia.
Para The Economist (23/2) "la ruta favorita de las principales figuras del régimen es una en la cual el Partido Comunista supervisa la introducción del capitalismo mientras retiene el control político". Pero la burocracia cubana es conciente de que cualquier paso en esta dirección agravará todavía más la diferenciación social. El temor a la reacción social está presente en cada uno de sus pasos.

El imperialismo


La renuncia de Castro ha tenido un resultado involuntario: ha dejado en claro la división del imperialismo norteamericano frente a Cuba. Tanto Bush como el virtual candidato republicano John McCain rechazaron cualquier posibilidad de levantar el criminal bloqueo que desde hace cuarenta y cinco años asfixia a Cuba. Hillary Clinton y, sobre todo, Obama han dejado abierta la posibilidad de suavizarlo e, incluso, de levantarlo.
Es lo que reclama un amplio grupo de legisladores que representa al lobby agrícola, que pretende colocar su producción en una Cuba necesitada de alimentos. A ellos se oponen los sectores que podrían verse desplazados por las exportaciones cubanas provenientes de las inversiones extranjeras que se radiquen en la isla.
Mientras estas divergencias se procesan, la política oficial del imperialismo continúa siendo la promoción de la guerra civil con vistas a imponer el "regreso" de la gusanería de Miami y volver a convertir a Cuba, como antes de la revolución, en un prostíbulo norteamericano.
Pero, precisamente, esta política de guerra civil es un límite muy preciso a las posibilidades que tiene la burocracia cubana de emprender un camino restauracionista abierto. No hay que olvidar que el proceso de la restauración del capital no comenzó en Rusia o China con la "apertura" de sus economías sino con un acuerdo político preciso de garantías recíprocas entre el imperialismo y la burocracia; los acuerdos de Helsinski en el caso de la ex URSS, los acuerdos Nixon-Mao en el caso de China.

Revolución política
La recuperación económica de los últimos tres años mostró un crecimiento de la riqueza nacional. Pero sin una revolución política, que quiebre el gobierno de la burocracia, que no está sujeta a ningún control, es imposible canalizar positivamente ese incremento de la riqueza nacional. Esto no tiene nada que ver con el "pluralismo" y las "elecciones libres" que reclaman Bush y la gusanería, que son un simple eufemismo para rendir a Cuba.
En oposición a toda forma de restauración capitalista, democrática o totalitaria, y frente a la impasse del inmovilismo, planteamos un programa - la responsabilidad y revocabilidad de todos los funcionarios del Estado, la paridad de salarios con la burocracia, la libertad de deliberación, de asamblea y de manifestación; la apertura de los libros de las empresas extranjeras y estatales, el control obrero- y la perspectiva de una estrategia socialista internacional para defender a la revolución cubana

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