26/01/1995 | 437

A lo Pirro

Defender los derechos nacionales de Chechenia

La burocracia de Yeltsin ha convertido la invasión a Chechenia en una masacre salvaje y descontrolada en la misma medida en que la tenaz resistencia de los chechenos fue poniendo en evidencia las contradicciones políticas de la burocracia moscovita, las divisiones en la cúpula del Ejército y del gobierno ruso, la desmoralización de las tropas enviadas a la operación y la oposición de la población rusa a la invasión y al gobierno yeltsiniano.


La artillería y la aviación han bombardeado Grozny, la capital chechena, hasta destruirla. Con un salvajismo inusitado, han bombardeado indiscriminadamente hospitales, maternidades, escuelas, barrios, aldeas y hasta granjas aisladas causando miles de víctimas entre la población civil, a la cual —según Yeltsin— los invasores “defienden”.


La masacre sistemática lanzada por la burocracia no ha logrado, sin embargo, quebrar la resistencia. Tras un mes de operaciones, los invasores no han logrado dominar Grozny. Las pérdidas rusas son abrumadoras: la organización rusa de derechos humanos Memorial estima en 12.000 las bajas del ejército invasor mientras en Moscú circulan versiones de que el ejército está arrojando los cadáveres de los soldados rusos en los precipicios y desfiladeros del Caucaso para ocultar el número real de bajas.


Los soldados rusos no mueren sólo por las balas chechenas. Se ha denunciado que unidades especiales del Ministerio del Interior asesinan a los soldados que retroceden o intentan rendirse. Los sitios donde los chechenos mantienen detenidos a los prisioneros —“por cientos, los soldados rusos dejan de luchar y se entregan” (La Prensa, 19/1)— son objeto de un bombardeo especialmente encarnizado por parte de la propia artillería rusa. Todo esto explica los abrumadores testimonios que recoge la prensa del odio que incuban las tropas y la oficialidad rusa contra el alto mando y el gobierno de Moscú.


Fracaso político


Yeltsin ha anunciado, por tercera vez, la toma de Grozny … Pero aún cuando lo logre, la toma de Grozny no resuelve ninguno de los problemas políticos y militares que enfrenta Yeltsin. No ha aniquilado la resistencia de las milicias chechenas, que se preparan para llevar al ejército ruso a una desgastante guerra de guerrillas mientras las divisiones en la cúpula del ejército y del gobierno se han hecho más evidentes que nunca.


En el alto mando se está produciendo un verdadero aluvión de generales opuestos a la invasión. En el gobierno, a la deserción de los “liberales” partidarios del ex primer ministro Yegor Gaidar se suma el parlamento, en el que se encuentra en preparación una resolución reclamando la renuncia de Yeltsin y la convocatoria a elecciones.


Las divisiones, incluso, han alcanzado al propio grupo que rodea al presidente. Yeltsin ha desautorizado abiertamente al primer ministro Chernomirdin cuando éste anunció un acuerdo con representantes chechenos en Moscú para un “cese del fuego”. El enfrentamiento, “según los analistas, refleja una honda discrepancia entre el entorno militar del presidente (favorable al aplastamiento por la vía de las armas a la resistencia chechena) y su primer ministro, un representante de la vieja nomenklatura comunista que teme los costos de una guerra impopular dentro y fuera de las fronteras de Rusia” (La Prensa, 19/1). Las fisuras comienzan a aparecer en el propio “entorno militar del presidente”: Yeltsin virtualmente ha “degradado” al ministro de Defensa, el general Pavel Gratchev, y uno de sus más fieles aliados, al  quitarle el mando del Ejército y limitar las atribuciones de su ministerio a la instrucción de las tropas.


Todo esto indica que, cualquiera sea el desenlace de las operaciones militares, los objetivos políticos que pretendía alcanzar Yeltsin con la invasión a Chechenia han fracasado.


No ha logrado resolver la “cuestión chechena”. Al contrario, ha convertido al dictador Dudayev —un ex general del Ejército ruso— en el líder de un “pueblo en armas” cuando, apenas unos meses atrás, la mayoría de la población chechena rechazaba su dictadura.


La guerra tampoco le ha servido a Yeltsin para “recuperar el control” sobre las 89 unidades que integran la Federación y contra las cuales lanzó una catarata de decretos en el curso del año que “en gran medida fracasaron” (International Herald Tribune, reproducido por Ambito Financiero, 18/1): durante la invasión, Tarstán y Yakutia, dos repúblicas situadas en el corazón de Rusia y mucho más poderosas que Chechenia, han reafirmado su independencia. Esto explica que, con temor, Le Monde  afirme que “aunque Chechenia no sea una pérdida completa para Moscú, no habrá puesto fin a las fuerzas centrífugas que amenazaban la integridad de Rusia desde el desmembramiento de la URSS”.


Yeltsin tampoco ha logrado fortalecer el régimen de su camarilla personal. La prensa se ha encargado de hacer notar el papel jugado por la camarilla presidencial —y en particular por el jefe de la “guardia presidencial” Alexandre Korjakov— en tres hechos claves y relacionados: el desencadenamiento de la guerra con Chechenia, el choque con el Banco Mundial a raíz de las divergencias sobre las exportaciones petrolíferas rusas y el intento por disciplinar, incluso por medios militares, a un conjunto de fracciones de la burocracia opuestas a Yeltsin. Peter Reddaway, ex director del Instituto Kennan de Estudios Rusos avanzados, señala que uno de los objetivos de la camarilla presidencial era utilizar la invasión para golpear a sus opositores: “los grupos de poder que controlan los recursos —los sectores de energía y bancos, el complejo militar e industrial, el lobby agrícola— (que) empezaron a desconfiar de Yeltsin considerándolo como impredecible e incompetente” (International Herald Tribune, reproducido por Ambito Financiero, 18/1).


Todos los objetivos políticos que Yeltsin pretendía alcanzar mediante la invasión —el aplastamiento de Chechenia, el “fortalecimiento del Estado ruso”, el cercenamiento de las libertades públicas, el disciplinamiento de la burocracia opositora— siguen pendientes; la guerra ha puesto en evidencia la debilidad de Yeltsin para alcanzarlos. Precisamente porque la guerra exponía esta debilidad a los ojos de todos, el imperialismo norteamericano —después de haber apoyado la masacre con el argumento de que era un “asunto interno ruso”— “aconsejó” a Yeltsin “terminar cuanto antes con el esfuerzo militar”. Yeltsin deberá ahora intentar alcanzar esos objetivos en un cuadro signado por una muy aguda descomposición económica y social —la producción industrial ha caído un 21% sólo en 1994, un derrumbe aún superior a los de 1992 y 1993 (18 y 16% respectivamente); el rublo, después del derrumbe de octubre “ha sufrido una verdadera paliza en los últimos tiempos” (The Wall Street Journal, reproducido por La Nación, 19/1), el desempleo y la miseria popular son aterradores— y, sobre todo, por un profundo odio popular agudizado por la guerra.


La “toma” de Grozny anunciada por Yeltsin no altera la cuestión fundamental:  una crisis política de envergadura está en marcha.