24/01/1998 | 572

Anuncios de clonación humana

No ha pasado un año desde la clonación del primer mamífero superior, la oveja Dolly, y un científico norteamericano acaba de anunciar que “está preparado” para comenzar a clonar humanos. Tendría ya cuatro parejas infértiles que estarían dispuestas a encarar la experimentación, a través de la cual se reproduciría genéticamente a uno de los integrantes de la pareja, dando como resultado un embrión idéntico, físicamente, a ése, su ‘único’ padre biológico.


El anuncio conmovió a los políticos y al ambiente científico de todo el mundo. Bill Clinton pidió al Congreso de su país una ley contra la clonación humana. Por otra parte, 17 gobiernos europeos se apresuraron a firmar un protocolo comprometiéndose a no recurrir a esta técnica, aunque no se incluye la clonación de células y tejidos humanos, sino sólo la reproducción de individuos íntegros.


La posibilidad de la clonación humana pone en juego, para los políticos patronales, para la iglesia, para los ‘periodistas’, una pesadilla. Dicen que se fabricarían hombres como en una línea de montaje de una fábrica automotriz, todos iguales, carentes de voluntad propia, de cerebro y, por ende, de miedo a la muerte. ¿Qué es lo que pone en marcha este mito?


La creación de un ser humano a partir de una célula de otro ser humano representa el comienzo de la reproducción sin sexualidad. Aún en la fertilización asistida, sea in vitro o cualquier otra técnica, el laboratorio une ‘artificialmente’ al óvulo con el espermatozoide, impedidos de unirse por vía ‘natural’. La relación sexual no existe, pero el origen del ser humano se halla en una unidad de dos principios. En la clonación humana, la ausencia de sexualidad genera la presunción de que el producto carecerá de ‘algo’ que sólo la combinatoria sexual puede otorgar: sentimientos, voluntad propia, afectividad, sexualidad.


Hombres hechos con procedimientos semejantes a los de un producto comercial, se los imagina tan desprovistos de espíritu como la mercancía o el dinero. En realidad, lo único que se podrá generar con estas técnicas, el día que puedan ejecutarse, es seres humanos idénticos físicamente a su padre o a su madre. Por otro lado, tendrán su propia idiosincrasia, su carácter, su cultura, dependiendo del entorno que los eduque.


Según los poderes europeos, “la clonación deliberada de seres humanos es una amenaza para la iden­tidad del ser humano” puesto que la “combinatoria genética natural ofrece una libertad mayor que una composición genética predeterminada” (Le Monde, 13/1). El carácter aleatorio, azaroso, de la combinatoria genética natural es lo que, entonces, hace libre al hombre. O al menos esto es lo que nos dicen los representantes de los gobiernos, sin hacer el menor intento por probarlo o demostrarlo.


Ninguna reglamentación podrá impedir que las investigaciones científicas se hagan. Como ya hemos dicho en referencia a la clonación de la oveja Dolly, las prohibiciones sólo generarán ‘paraísos biotecnológicos’ (ver Prensa Obrera, n° 538), subterfugios que sólo pueden impedir la investigación a la mayoría para dejar el negocio en manos de los grandes capitales. Conscientes de ello, ni en Es­tados Unidos ni en Europa han emitido una prohibición terminante, sino que se han dado un plazo de cinco años para volver a analizar la regulación.


Por otra parte, entre los que se negaron a firmar el protocolo europeo figura el Reino Unido, “que, tradicionalmente, ha sido reacio a encuadrar el trabajo de sus Investigadores» (Le Monde, 13/1).


Abogamos, naturalmente entonces, por la anulación de toda ley prohibicionista, aquí en Argentina, en Europa o en Estados Unidos, y denunciamos la posición proscriptiva del conjunto de la ‘izquierda’ europea, influida por los ecologistas.


La clonación, por ahora una posibilidad, abriría en todo caso para el ser humano una opción nueva, es decir, ampliaría el campo para su libertad.

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