17/06/1999 | 631

Armamentismo europeo

Se dice con frecuencia que Europa fue a la guerra contra Yugoslavia por imposición de los Estados Unidos. En realidad, lo ha hecho por sus propias razones, una de la cuales es el desarrollo de su industria armamentista.


Desde el inicio de la guerra, el valor de las acciones de las empresas europeas de armamento aumentó sistemáticamente: las de Thomson-CSF y Lagardere de Francia o las de la British Aerospace crecieron más del 20% en los primeros días de la guerra. Es que esta guerra, dicen los analistas, «ha cambiado la idea de los militares sobre qué tipo de equipamiento necesitan y puede desatar un ciclo de masivo reemplazo» (Financial Times, 30/4). En consecuencia, «la industria está entrando en un período de producción para el equipamiento como no se ha experimentado en veinte años» (ídem). Este crecimiento está asegurado porque, como sostienen esos mismos analistas, «la declinación del gasto militar que siguió al fin de la guerra fría, ha terminado» (ídem).


La guerra ha servido también para acelerar las negociaciones en torno de la llamada ‘identidad europea de defensa’, el brazo armado de la Unión Europea para intervenir en las crisis que se produzcan «a sus puertas» (Financial Times, 12/5). Este diario británico (13/4) sostiene que los «líderes de Europa deben sacar ventaja del frente unido que presentan frente a Yugoslavia para empujar la iniciativa impulsada por Tony Blair».


Para Romano Prodi, próximo presidente de la Comisión Europea, «la creación de una política de defensa común es el paso lógico próximo después de las fusiones que tienen lugar en las industrias nacionales de defensa» (Financial Times, 10/5). Efectivamente, la British Aerospace (BAE) acaba de comprar las operaciones de defensa de la filial británica de la norteamericana General Electric (Marconi). Por otro lado, está en conversaciones con Lagardere de Francia y Finmeccanica de Italia para desarrollar en conjunto el negocio de los misiles ‘inteligentes’ y, además, posee el 30% de la filial de Daimler-Chrysler Aerospace dedicada a la fabricación de misiles. Todo esto la ha convertido en la empresa de armamentos más poderosa de Europa. Lo que explica que Tony Blair se haya convertido en uno de los promotores más ruidosos de la ‘defensa europea’.


La francesa Lagardere-Matra, por su parte, se está fusionando con la Aerospatiale de Francia como parte de la privatización de esta última; ha comprado una parte importante del paquete accionario de la Dassault (fabricante de los Mirage); y se candidatea para apoderarse de la española Casa. Los británicos de BAE, los italianos y Dasa, la subsidiaria armamentista del pulpo alemán-norteamericano Daimler-Chrysler, están intentando lo mismo.


Las privatizaciones y fusiones son una necesidad frente a la «evidente sobreproducción y superpoblación» (ídem), algo que ya había ocurrido en la industria armamentista norteamericana a principios de la década, bajo la presión del propio gobierno y del Pentágono.


Europa y Estados Unidos


La formación de esta ‘defensa europea’ recibió el apoyo norteamericano en la reciente ‘cumbre’ del 50º aniversario de la Otan. Donald Brandler, miembro del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos y un activo participante de esa ‘cumbre’, fue taxativo: «Todos los aliados acordamos en un conjunto de principios que guiarán el desarrollo de un rol más fuerte de Europa en defensa y seguridad. Esto contribuirá a la vitalidad de la Otan en el futuro y será uno de los más significativos desarrollos que saldrán de esta cumbre» (International Herald Tribune, 30/4). Le Monde (25/3) explica el ‘visto bueno’ del Pentágono a la venta de Marconi, un importante proveedor de las fuerzas armadas, a la British Aerospace, diciendo que «la afirmación de la Unión Europea en el dominio de la defensa va al encuentro de lo que desea Norteamérica».


El levantamiento del veto norteamericano a una ‘defensa europea’ se explica porque «los Estados Unidos y Europa están convergiendo para formar una nueva economía atlántica …» (ídem). Para el imperialismo yanqui, la Unión Europea debería ser un paso hacia la formación de esa ‘economía atlántica’.


Para los norteamericanos, la ‘defensa europea’ significa la posibilidad de actuar ‘por delegación’, mientras le ofrece a la industria armamentista norteamericana la posibilidad de expandirse más allá de lo que le asegura el aumento de su presupuesto militar. Es que los acuerdos alcanzados en ocasión de la cumbre de la Otan en Washington «permitirían a los aliados europeos comprar costoso equipamiento militar de los Estados Unidos, incluyendo satélites espías, aviones de carga y misiles de precisión de largo alcance para su uso en conflictos en los cuales Washington no quiera involucrarse directamente» (International Herald Tribune, 30/4). ¿Pero los europeos se limitarán a comprar misiles y satélites norteamericanos cuando, precisamente, impulsan una ‘defensa común’ para potenciar su propia industria armamentista? Detrás de la ‘economía atlántica’, se perfila la lucha por la dominación de la industria mundial de armamentos.


Los fabricantes de aviones militares se regodean con los beneficios que les deparará la ‘pos-guerra’ balcánica porque la aviación comercial languidece. Se espera que tanto Boeing como Airbus, su competidor europeo en la rama comercial, vean declinar sus ventas en los próximos años. El incremento del gasto armamentista, entonces, aparece como un sustituto obligado de la alicaída demanda de las compañías aéreas comerciales, es decir como una forma de evitar que la sobreproducción mundial derrumbe a dos monopolios del porte de Boeing y Airbus. Lo mismo sucede en Japón, donde el gobierno ha dado un fuerte impulso al gasto armamentista para sacar al país de la depresión económica.


¿Dónde han quedado los llamados ‘dividendos de la paz’? La charlatanería de un capitalismo ‘pacifista’, sin armas ni guerras, se terminó con los derrumbes de Asia, Rusia y Brasil y con la guerra de los Balcanes. El rearme de Estados Unidos, Japón y de Europa y el ‘renacimiento’ de la ‘economía de guerra’ no sólo son una agravada carga para los explotados. Son, por sobre todo, una expresión del agravamiento económico y político de la crisis mundial.