21/10/2020

Bolivia: el nuevo escenario luego de la derrota electoral del golpismo

Los desafíos para la izquierda revolucionaria.

La prensa boliviana y mundial afirma que “sorprendió a propios y extraños” (Página 7 de Bolivia) el rotundo triunfo del MAS en las elecciones del domingo 18 de octubre. La derrota de la derecha golpista fue aplastante: Luis Arce (MAS) se impuso por 53% contra el 31% de los votos de Carlos Mesa (CC) y 14% del facho Camacho.

Hasta último momento, el gobierno intentó impedir la irrupción electoral antigolpista manipulando la elección. Primero Áñez renunció a su candidatura, luego se retiró la lista del Tuto Quiroga, llamando ambos a apoyar a Mesa como frente antimasista. Al mismo tiempo se prepararon todo tipo de planes de provocación y represivos para anular el proceso electoral si se imponía el MAS. Y de fraude: el sábado 17, horas antes de que se iniciaran los comicios, se prohibió sacar fotos de los resultados electorales en cada mesa, se levantó el preconteo rápido (Direpre) que se hace en cada elección y se militarizaron las calles. Si la diferencia era baja, se preparó un mecanismo de fraude para forzar que hubiera que ir a una segunda vuelta que permitiera unificar las candidaturas de la derecha. Terminados los comicios, el trabajo “concienzudo” del Tribunal Electoral llevó a que a las 4 de la madrugada solo estuvieran contabilizadas el 10% de las urnas y daban… el triunfo a Mesa.

La avalancha antigolpista fue apabulladora y el gobierno tuvo que reconocer informalmente, que a pesar de que los datos oficiales estarían recién días después, había triunfado la lista del MAS.

Once meses después, la aventura golpista fue derrotada. Asistimos a una bancarrota de los planes reaccionarios que se pone más en evidencia si tenemos en cuenta la política que desarrolló el MAS de apaciguamiento y compromiso con los golpistas. Evo Morales presentó rápidamente su renuncia y allanó el camino con sus bloques parlamentarios mayoritarios para que Áñez asumiera el poder. El presidente depuesto llegó a un acuerdo de “pacificación” jugando todo su esfuerzo y prestigio en sacar a las masas de la calle a cambio del “compromiso” de Áñez de convocar en tres meses nuevas elecciones.

 

El golpe, sin embargo, se encontró con una fuerte resistencia de masas que la represión y las bandas fascistas no pudieron frenar. Las elecciones fueron postergadas una y otra vez. En el último anuncio de aplazamiento, se abrió camino la gran huelga general que durante 12 días produjo más de 200 cortes de ruta simultáneos, paralizando el país y poniendo en jaque al gobierno. Las Fuerzas Armadas no se atrevieron a reprimir abiertamente, temerosas de que su base indígena se negara a ello. Los grupos fascistas hicieron acciones marginales y/o fueron repelidos por los piquetes. La huelga se radicalizó y en los cortes se votó la consigna “Fuera Áñez” lo que planteó un enfrentamiento directo con el poder. Esta situación obligó al gobierno a aceptar una fecha electoral cierta y empeñó a Evo Morales y las bancadas parlamentarias del MAS, opuestas públicamente al “Fuera Áñez”, en un nuevo “acuerdo de pacificación” para levantar la huelga y sus cortes. Esta resolución fue resistida por los piquetes, muchos de los cuales denunciaron una traición a su lucha para acabar con el gobierno golpista. Muchos mantuvieron los cortes 24 horas más.

El voto al MAS

En ese escenario de crisis y revueltas, las elecciones se terminaron transformando en un gran pronunciamiento contra el golpe más que en un voto de confianza a Evo Morales y su partido (que fue perdiendo respaldo entre los trabajadores y en especial en sectores de vanguardia en sus años finales de gobierno y en particular por su conducta en estos últimos once meses). El voto al MAS se constituyó en un plebiscito contra la asonada derechista.

Las masas se valieron del único canal existente para derrotar a los golpistas. El voto en blanco ni siquiera llegó al 1%, algo absolutamente marginal, confirmando que no encarnaba ninguna tendencia real en las masas bolivianas. Por otra parte, la participación fue del 87% del padrón, de características históricas. El “voto oculto” en las encuestas fue la reacción de las capas más profundas de la población explotada para derrotar a los golpistas. Se corroboró el acierto del llamado, como lo hicimos desde el Partido Obrero, a aplastar electoralmente a los golpistas usando la boleta del MAS. La única que se ofrecía como alternativa, frente al hecho de que no existía ninguna opción electoral de izquierda. Entendimos que las elecciones iban a ser también un terreno de lucha contra la derecha golpista. En Argentina -donde constituimos la agrupación ATraBol con inmigrantes trabajadores bolivianos- nos empeñamos en movilizarnos, impulsando el frente único, para vencer las proscripciones derechistas (ver crónicas de nuestra participación en las luchas de Caleta Olivia, Ushuaia, Córdoba, Mendoza, etc.). Lo hicimos en forma independiente, criticando al MAS, a Evo Morales y a Arce haciendo un balance de sus 14 años de gobierno pero, por sobre todo, denunciando su capitulación y conducta contemporizadora con los golpistas y oponiéndole una política y una programa de reivindicaciones inmediatas y transicionales que apunte a imponer una salida de los trabajadores.

Quienes se proclaman defensores de los intereses de la clase obrera no pueden limitarse a ser espectadores de una lucha real. No solo en el plano de la acción directa, sino también en el de la arena electoral, lo que constituye una lección para la izquierda boliviana y en general, para quienes luchamos en América Latina por una salida de los trabajadores a la crisis mediante la lucha por gobiernos de trabajadores. Es necesario intervenir en la lucha política y de clases en todos los terrenos, disputando a la burguesía su dominio político sobre las masas. La abstención deja a estas prisioneras del nacionalismo. Hay que oponerse a él y combatirlo no en el terreno de los pronósticos agoreros, sino de la acción política independiente.

La izquierda boliviana (y buena parte de la latinoamericana) ha demostrado su esterilidad para intervenir en este proceso. Gran parte de esta izquierda fue progolpista, ninguneó la huelga general (algunos se atreven a considerarla como una huelguita parcial, etc.) y ahora tampoco intervino activamente, sino en forma propagandística, cuando el proceso electoral es un campo para la intervención y agitación política directa. El POR boliviano es el mejor ejemplo de un propagandismo abstracto.

Unidad nacional con los golpistas

En sus primeras declaraciones, Arce planteó que en el marco de la democracia va a buscar un gobierno de reconciliación y unidad nacional. Esto constituye una señal dirigida a Washington, al capital internacional y a la derecha, de su disposición a llevar adelante una política de garantías y compromiso en medio de un escenario convulsivo atravesado por un lado, por tendencias a una rebelión popular y por el otro por el avance de la militarización y el reforzamiento de un régimen represivo. La cuestión de la desarticulación de los mandos golpistas será un tema de agenda de primer orden para el movimiento obrero y popular.

El saludo cínico de los represores y explotadores a Arce no es pura impostura: está sustentado en que este fue el ministro de Economía del gobierno de Evo Morales y el que transó con la llamada agroindustria de la media luna santacruceña, las petroleras, mineras y el capital financiero un modus vivendi que les permitió pingües ganancias. No se trata de que es un moderado frente a un radicalizado, Evo Morales. Fue Evo el que eligió al “tecnócrata” como su candidato, en contra de otras propuestas de candidaturas más ligadas a organizaciones de masas (Andrónico, etc.). Lo eligió para dar una señal clara al gran capital de que no se iba a avanzar en contra de los intereses de estos. Arce ha declarado que no dejará de pagar la deuda externa, que se limitará, como lo ha hecho Alberto Fernández en Argentina, a reclamar que se posterguen los pagos. Ha dicho que negociará esto con el FMI. Y su declaración de independencia de Evo es otra concesión en el mismo sentido, aunque Evo avale su política. La experiencia argentina en marcha indica que se está aplicando un plan de ajuste contra las masas (disminución de ingresos de los jubilados, desalojo de vecinos que ocuparon tierras para darle un techo a sus familias, etc.), precisamente con eje en el repago de la deuda. Este es el panorama que se planteará también en Bolivia cuyo PBI ha caído un 6,4% y se plantea un ajuste capitalista contra el pueblo.

Necesidad de un planteo político independiente

En la nueva situación, es más importante que nunca que el movimiento obrero y campesino adopte una posición política independiente y tenga un funcionamiento autónomo frente a esta nueva tentativa nacionalista. Que tome en sus manos una agenda de los trabajadores. Se plantea la necesidad de convocar a un congreso de bases de la COB a nivel nacional y departamental, donde se vote una política propia de la clase obrera. Por la alianza obrera y campesina: por un gobierno de los trabajadores.

Es necesario impulsar un programa con medidas concretas que afecten decisivamente los intereses de los monopolios y el capital financiero.

Ya, y en primer lugar: frenar las dramáticas consecuencias de la pandemia. Nacionalizar el sistema de salud y ponerlo bajo gestión directa de los profesionales y trabajadores sanitarios. Incrementar el salario, contratar más personal sanitario y pasarlo a planta permanente.

Frenar la ola de despidos y suspensiones que se descarga sobre los trabajadores. Inmediata reincorporación de los trabajadores cesanteados. Ocupación de las empresas que despidan o suspendan masivamente y puesta en marcha de las mismas bajo gestión de los trabajadores.

Subsidio mensual mientras dure la emergencia de la pandemia para todo desocupado.

Antes de su derrota, Áñez tomó un préstamo del FMI. Sin ningún tipo de autorización, ni siquiera del parlamento. No hay que pagarlo. No hay que pagar la deuda externa.

Cárcel, juicio y castigo a los mandos militares y policiales que produjeron las masacres contra el pueblo (Senkata, etc.). El 20 de julio, sin siquiera autorización parlamentaria, como marca la Constitución, Áñez nominó generales y almirantes coincidentes con su política. Todos deben ser destituidos, al igual que el conjunto de los mandos golpistas. Disolución de las fuerzas represivas. Libertad a todos los compañeros detenidos y anulación de los procesos por resistir la opresión golpista. Plenas libertades democráticas para el pueblo trabajador. En este marco, levantamiento de todas las causas judiciales contra Evo Morales y de su proscripción política.

Estas medidas, los trabajadores y explotados, deben tomarlas en sus manos, imponerlas ya por la acción directa.

Chile, que acaba de protagonizar una gigantesca movilización en el aniversario de la histórica rebelión que tuvo lugar el 18 de octubre del año pasado, y Bolivia, señalan que se viene un nuevo auge de las luchas de los pueblos contra los ajustes fondomonetaristas y la crisis capitalista. En esa perspectiva es necesario preparar las condiciones para convocar a una segunda Conferencia Latinoamericana de la Izquierda, para darle un norte obrero y socialista a la justa rebelión de nuestros pueblos: por la unidad socialista de América Latina.

Los trabajadores conscientes y la izquierda que se reclama revolucionaria tienen la oportunidad histórica (y el desafío) de construir un partido obrero independiente, socialista y revolucionario, fundamental en esta nueva etapa de la lucha de clases que se va a agudizar más que nunca en Bolivia.

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