14/09/2017 | 1474

Chile: las características de una transición política

A tres meses de las elecciones presidenciales


Las grietas en el seno del gobierno de la Nueva Mayoría no dejan de crecer. Cuando faltan apenas tres meses para las elecciones presidenciales (19 de noviembre), todo indicaría que el oficialismo iría, por primera vez, dividido a los comicios. La Democracia Cristiana presentaría su propio candidato. Salvo el interregno del derechista Sebastián Piñera, la Concertación estuvo al frente del gobierno en las últimas décadas.


 


Los niveles de popularidad de la presidenta, Michelle Bachellet, están por el suelo. Este desplome, entre otras razones, hunde sus raíces en la severa crisis económica y social en ascenso. La caída del precio internacional del cobre ha provocado un descenso de las exportaciones, de los recursos fiscales y del nivel de actividad económica. De más de un 5% de crecimiento del PBI en 2010, el país descendió a 1,6% en 2016. Y todo indica que este año entraría en recesión. De la mano del pobre rendimiento de la producción minera, la actividad industrial cayó 3,9% el primer semestre de 2017, cifra que no se veía desde la crisis financiera de 2008. La bancarrota capitalista mundial viene haciendo su trabajo de topo a escala general y Chile no ha sido la excepción.


 


La integración del PC al gobierno, que dio nacimiento a la Nueva Mayoría, fue una tentativa para cooptar al movimiento popular. Esta experiencia, sin embargo, viene haciendo agua: una movilización multitudinaria estremeció al país contra la jubilación privada, al igual que la lucha educativa por la gratuidad de la enseñanza.


 


La Democracia Cristiana estaría tanteando una aproximación con la derecha, cuyo principal candidato, Piñera, de acuerdo con los sondeos electorales, encabeza las intenciones de voto. Por su parte, el Partido Socialista, en yunta con el Partido Comunista, pretende recobrar el ascendiente y el terreno perdido, y acentúa el perfil centroizquierdista de la coalición de gobierno, presentándose en sociedad como la cabeza de un gran polo “progresista”.


 


El hundimiento del gobierno ha dado lugar a la irrupción de tendencias tanto por derecha como por izquierda. En este último caso, asistimos a la aparición en escena en forma fulgurante del Frente Amplio -una irrupción que no se sostuvo en el tiempo. En las elecciones primarias obtuvo una adhesión muy por debajo de sus expectativas. El FA reúne agrupaciones de la ex Concertación y nuevos partidos que emergieron después de las movilizaciones de 2011, con un fuerte contingente de estudiantes, docentes universitarios y hasta organizaciones de derecha como el Partido Liberal, que viene del espacio de Piñera. Se autodefine como un movimiento “ni de izquierda ni de derecha” y hacen un culto de la “antipolítica”, con una campaña enfocada en la lucha contra la corrupción. Un Podemos trasandino, aunque no es un canal de lucha. En los 43 días de la huelga minera de La Escondida brilló por su ausencia. Sus candidatos no ofician de voceros de las grandes reivindicaciones sociales.


 


Por estas características hay quienes vaticinan una confluencia del Frente Amplio con el ala “progresista” de la Concertación, en especial en un futuro balotaje del candidato oficialista en nombre de la lucha contra la derecha. Enríquez-Ominami, uno de los ocho postulantes a la presidencia, fogonea esta alternativa: “Sigo abierto a un acuerdo programático para segunda vuelta”.


 


La elección va ser un recuento de fuerzas entre las diferentes variantes capitalistas. Pero cualquiera sea el ganador, va a tener que pasar por la prueba de pilotear la crisis, cuyo alcance y magnitud excede holgadamente las posibilidades políticas de todos los contendientes. Es altamente ilustrativo al respecto la experiencia de Estados Unidos. En dicho país, las familias trabajadoras no pueden pagar los estudios de sus hijos y acumulan una deuda impagable. Del mismo modo, el sistema jubilatorio está en crisis y está comprometido el pago de los haberes previsionales de las próximas generaciones de trabajadores norteamericanos. Si esto es cierto en Estados Unidos, con más razón vale para Chile. Los representantes patronales del país trasandino no reúnen los recursos ni tienen las condiciones para dar una salida a estos problemas de fondo.


 


Los desafíos de la próxima etapa


 


Asistimos a un intento de adaptar las formas de contención de las masas a esta nueva realidad. Estamos frente a un cambio de escenario en el que crece el descontento y la insatisfacción popular, pero en el que la clase obrera y sus organizaciones sindicales no tienen todavía un protagonismo y vienen jugando un papel de segundo violín.


 


Denunciamos a todos los bloques y salidas capitalistas en danza y llamamos a forjar una alternativa política independiente de los trabajadores. Bajo estas condiciones, llamamos a apoyar en las elecciones los candidatos obreros y luchadores sociales que han presentado listas en un número reducido de distritos. Destacamos la importancia del trabajo en los sindicatos, para que la clase obrera intervenga con sus métodos, en un escenario dominado por movilizaciones policlasistas de estudiantes y de jubilados, incluso en días feriados y con participación familiar.


 


La agenda es clara: por un salario igual a la canasta básica familiar y el fin del trabajo precario, contra los despidos, el ajuste y la aplicación de la nueva ley de reforma laboral. Por la restitución inmediata de los aportes patronales, el 83% móvil y por la transferencia de todos los cotizantes y sus ahorros a un nuevo organismo estatal de fondo de pensiones bajo control y administración de los trabajadores para terminar con las AFP. Gratuidad de la educación pública y condonación de la deuda educativa de todas las familias afectadas. Por la nacionalización de la industria del cobre y de todos los recursos estratégicos. Por un gobierno de trabajadores.

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