09/12/1999 | 650

Comunistas y ex comunistas, a la masacre de Chechenia

Los militares rusos y el gobierno de Yeltsin parecen haber aplazado por unas horas la decisión de destruir a la capital de Chechenia hasta la raíz. «La destruiremos por completo y luego la reconstruiremos», han anunciado los voceros rusos, como si la lógica de la proposición absolviera del crimen a sus autores. La matanza puede ser gigantesca porque muchos pobladores no tienen los medios para evacuar la ciudad o incluso desconocen la advertencia. El secretario general del partido comunista, Gennadij Zyuganov, que se encuentra en la oposición, apoya la masacre en forma furibunda: «Vayamos hasta el fondo», declaró en una entrevista al Corriere della Sera (7/12). La destrucción de Grozny evitaría a los militares rusos la necesidad de una lucha directa para expulsar a los guerrilleros chechenos.


El imperialismo no le va en zaga a los criminales comunistas y ex comunistas. Ya hace un mes, el subsecretario de Estado norteamericano, Strobe Talbott, subrayó enfáticamente que «Rusia tiene el derecho y el deber de proteger al Estado… y de poner bajo control la situación en el Cáucaso norte» (Corriere, 30/10). El diario agrega que «señales de apoyo han venido también del embajador norteamericano en Rusia, Collins, y del representante de Washington ante la Organización de Seguridad Europea, Vershbow». Este último declaró «apoyamos la integridad territorial de Rusia y no ponemos en discusión el derecho de tomar iniciativas militares adecuadas contra el terrorismo». Los representantes yanquis siguen repitiendo lo mismo un mes más tarde, cuando la aviación rusa ya ha provocado un desastre colosal en todas las ciudades chechenas.


Es cierto que, recientemente, el ex funcionario de Carter, Zbigniew Brzezinski, que además es asesor de las empresas norteamericanas que explotan el petróleo en el Asia Central y en el Cáucaso, calificó de genocidio la acción rusa, en un artículo en el diario francés Le Monde. Pero lo que este hombre pide es «que se produzca un resultado rápido», debido a «la amenaza de que pueda desestabilizar el sur del Cáucaso», que es por donde pasan los ductos que transportan el gas y el petróleo. Brzezinski teme que los rusos puedan copar el gobierno de Georgia, lo que significaría, dice, «el control político del oleoducto Baku-Soupsa», manejado por sus patrones, que une al mar Caspio con el mar Negro, sin atravesar Rusia en ningún momento.


Mantener fuera del conflicto y de la órbita rusa a las repúblicas del sur del Cáucaso, o sea Armenia, Georgia y Azerbaidjan, es el propósito de la estrategia norteamericana. Por eso plantea una solución política que evite la ocupación prolongada de Chechenia por los rusos. Esto podría llevar, además, a una lucha guerrillera de larga duración, que tendría la capacidad de conmover todas las estructuras políticas de la región hasta el Asia central. El enorme interés que los yanquis asignan al petróleo del mar Caspio se debe a que tienen cerradas las posibilidades de invertir en Irak y en Irán, y también a las posibilidades de obtener mayores superbeneficios que en la propia Arabia. Los países de Asia Central son extremadamente dependientes del capital extranjero para explotar el petróleo, lo cual tiende a convertirlos en colonias de las firmas internacionales; toda la legislación gasífera y petrolera de Kazakhstan, por ejemplo, fue directamente redactada por abogados británicos (suplemento de The Economist, 7/2/98).


El avivamiento del sentimiento nacional en los pueblos del Cáucaso norte es una consecuencia del proceso de modernización que vivieron luego de la Segunda Guerra Mundial bajo la dirección soviética. La desintegración de la URSS frenó este progreso e incluso sacudió las estructuras sociales y políticas de la región. La pequeña burguesía local se planteó alternativas independientes. La crisis financiera rusa de agosto del ‘98 les propinó un golpe mortal, porque quebró los lazos financieros con Moscú y provocó numerosas quiebras. La invasión de la vecina Dagestán, por parte de los guerrilleros chechenos, fue una vía de salida a la crisis, en la perspectiva de una federación de repúblicas nor-caucásicas (Dagestan, Chechenia, Ingushetia). Pero esta acción entraba en conflicto con los intereses energéticos rusos e internacionales y ponía en peligro el orden existente en el Asia central, hacia el este, y Turquía y sus territorios kurdos, hacia el oeste.


Contra los comunistas y ex comunistas rusos y contra el imperialismo mundial, consideramos un deber pronunciarnos por la defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos del Cáucaso norte, por su derecho a la independencia y por su derecho a establecer libremente una federación de estados.

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