20/06/1996 | 499

Crisis política con final abierto

Con aproximadamente 25 millones de votos, Boris Yeltsin realizó la ‘proeza’ de perder otros 23 millones de sufragios, si se compara los que obtuvo el domingo con los resultados de las elecciones que lo consagraron presidente de Rusia hace cinco años. El bloque opositor, encabezado por el candidato del partido comunista, Gennadi Zyuganov, también hizo de las suyas, pues no logró avanzar un solo milímetro respecto de los votos que había logrado en las elecciones parlamentarias de diciembre último. Quien se llevó las palmas, el general Alexander Lebed, sacó 15 millones de votos pero sólo el tercer lugar, bastante distante de los primeros.


La conclusión general que ofrecen estos resultados es que los dos principales bloques en disputa han revelado que sus capacidades de desarrollo político se encuentran agotadas. Uno, el oficialista, porque ha diezmado al país y porque su política sólo sirve a un puñado de especuladores locales y al reducido grupo de pulpos internacionales que se está apoderando de las riquezas estratégicas del territorio ruso y de su reserva de tecnología; el otro, el llamado ‘comunista’, porque es definitivamente incapaz de movilizar a las masas contra este estado de cosas, debido a sus propias aspiraciones de apoderarse de una parte de la propiedad nacional que se encuentra en remate. La recomposición que tuvo el partido comunista en los dos últimos años, desde que Yeltsin atacara al parlamento en 1993, es un fenómeno transitorio, que no resistiría una derrota electoral en el segundo turno. Sin movilizar al pueblo y sin el apoyo de los recursos del Estado para mantener su maquinaria política, estos últimos en llegar al capitalismo no tienen porvenir.


Fraude consentido


Los principales candidatos ya han aceptado los resultados del escrutinio de urna, lo cual confirma el acuerdo entre ellos para admitir un fraude consentido en favor de Yeltsin. Zyuganov le declaró a la corresponsal de Clarín (18/6) que “el fraude” había sido “tolerable”, sin aclarar que gracias a ese fraude Yeltsin pudo conseguir el primer lugar y con ello restablecer una suerte de autoridad política y la iniciativa del momento, lo cual no es poca cosa. En Chechenia, el boicot a las elecciones fue total, lo que no impidió que se dieran a conocer los resultados de los comicios, en los cuales participaron los corresponsales extranjeros que pretendían probar la seriedad de los controles de la elección. El comisario electoral de la ciudad de Argoun, la cuarta en importancia de Chechenia, informó oficialmente que había votado el 55% del padrón, cuando en realidad nadie había podido hacerlo debido a que los locales de votación estuvieron cerrados durante todo el día (Le Monde, 18/6); lo que resta saber es cómo repartió los votos entre los diversos candidatos. La conducta permisiva de los opositores frente al fraude no debería sorprender, ya que durante toda la campaña electoral aceptaron casi sin chistar un manejo abusivo de los medios de comunicación y de los dineros públicos por parte de Yeltsin, que no tiene antecedentes en los registros internacionales.


La Bolsa rusa reaccionó eufórica ante los resultados, pero no hay que confiarse demasiado, porque los especuladores se encuentran al acecho de cualquier ocasión. Los que la llevaron para arriba fueron los banqueros rusos alineados con Yeltsin, pero enseguida comenzó a caer cuando se evidenció que la especulación no contaba con el respaldo de los fondos extranjeros.  De acuerdo al Financial Times (18/6), “es improbable que los inversores extranjeros irrumpan en el mercado por una diferencia de solamente dos puntos (en los resultados electorales)”. Antes de la votación, el responsable de los asuntos rusos de la Casa Blanca, S. Talbott, ya se había atajado ante lo que pudiera ocurrir, diciendo que aceptaría a cualquier gobierno que continuara con las ‘reformas’ —es decir, con la confiscación del patrimonio nacional.


¿Cuáles son, ahora, las perspectivas para la segunda vuelta y para el futuro político ruso en general?


Una coalición difícil


Es claro que la votación va a ser decidida por el electorado del general Lebed, constituido en su mayor parte por quienes anteriormente habían votado al nacional-fascista Zhirinovsky y por una parte muy significativa de las unidades militares. El apuro que manifestó Yeltsin en querer sellar un acuerdo con Lebed, evidencia que la gran mayoría de los votos de éste debe oscilar, en el segundo turno, entre la abstención o el voto al PC, y que lo mismo debería ocurrir con los votos que fueron a Zhirinovsky (6% del padrón). La aritmética electoral condena a Yeltsin a la derrota. ¿Puede evitarla un acuerdo entre Yeltsin y Lebed, para lo cual el primero ya le habría ofrecido al militar un viceministerio a cargo de la totalidad de las fuerzas armadas y de seguridad?


Toda la prensa coincide en señalar que lo que haga Lebed no necesariamente comprometerá a su electorado, de modo que el alcance de un acuerdo es forzosamente limitado. Pero existe, además, un serio problema de tipo político, porque aunque Lebed es un firme partidario de la restauración capitalista y es harto consciente de que ésta sólo puede proceder hacia adelante por medio de la colonización financiera e industrial de Rusia por parte del imperialismo,  fue retirado del ejército por Yeltsin debido a que se oponía a la política del gobierno en Chechenia, a que denunciaba el saqueo ilegal de la propiedad pública por parte de la camarilla yeltsiniana y, por sobre todo, a que se oponía a cualquier integración de los países del Este europeo en la OTAN, y en forma terminante a cualquier tutela occidental sobre los países bálticos y sobre Ucrania. Si la incorporación de Lebed a un segundo gobierno de Yeltsin tiene alguna importancia, debería significar una crisis con los gobiernos de las potencias capitalistas (e incluso, detonar una crisis entre ellas) y con la camarilla de Yeltsin que controla los servicios de seguridad y los principales negociados. Poco antes de la elección, Kissinger publicó un artículo de crítica a Clinton, en el cual aboga por una enérgica política de extensión política y territorial de la OTAN. De tercero en discordia y de definidor electoral, Lebed podría pasar a jugar el papel de árbitro político, con el apoyo del ejército, y producir eventualmente un cambio en el régimen político que hoy gobierna a Rusia. También hay que considerar un problema adicional, porque para que la maniobra pueda tener un pleno efecto electoral, Yeltsin debería reestructurar su gobierno con la incorporación de Lebed antes del segundo turno, pero en este caso correría el riesgo de precipitar una crisis en su grupo y acabar en un desastre electoral.


Este panorama nos está diciendo que no está excluida ninguna variante, desde un fraude aún mayor y un gobierno de coalición (que, para reforzar la integración de Lebed, podría incluir a líderes del partido comunista) hasta un golpe de Estado que suspenda temporalmente los comicios. Hasta el día de hoy, Yeltsin no ha promulgado, como corresponde, una ley votada por el parlamento que establece el procedimiento que se debe seguir para un cambio de mando presidencial, lo cual técnicamente lo habilita para prorrogar su estadía en el gobierno en forma indefinida, sin que importe que se haya elegido un nuevo presidente. Lo que Yeltsin sí ha obtenido de la elección, y esto no es poca cosa con todas sus limitaciones, es la iniciativa para ejercer una presión brutal sobre toda la oposición, para dictar una salida a la impasse creada desde largo tiempo.


Desastre


Las elecciones no han resuelto ningún problema ni tampoco han abierto una perspectiva para ello. Fueron disputadas entre camarillas y aparatos pro-capitalistas o abiertamente capitalistas, mientras las masas se encuentran relegadas a una posición de cuarto orden. Han sido disputadas por un gobierno que no podría mantenerse siquiera un instante en el poder si no fuera por el apoyo del capital internacional y de sus estados, y por una oposición que, más allá de sus propios apetitos, es perfectamente consciente de que, por su propia política, tampoco podría sobrevivir si no se sujeta al capital extranjero. Pero, al mismo tiempo, el proceso político-electoral ha expuesto el grado extremo de desintegración social y política del país, al cual el capitalismo no lleva por ahora a ningún lado sino a crisis todavía más profundas, cuyas consecuencias internacionales son ya cada vez más acentuadas.