13/06/2002 | 758

Después de la huelga metalúrgica

Después de diez días de paros parciales y una única jornada de negociaciones, las patronales y el sindicato metalúrgico de Baden-Würtemberg (Alemania) llegaron a un acuerdo salarial que deberá servir de base para la renovación del convenio colectivo metalúrgico en todo el país, el cual, a su vez, oficia como un «techo» para las negociaciones salariales de los restantes gremios.


El acuerdo establece un aumento salarial del 3,46% para el resto del 2002 (más un 3,1% a partir de mediados del año próximo), muy lejos del 6,5% reclamado inicialmente. Sin haber jugado a fondo la fuerza social del proletariado, la burocracia aceptó un acuerdo que no compensa las pérdidas salariales de los últimos años, mucho menos el incremento de la explotación como consecuencia de la flexibilización y la tercerización. Peor aún, deja en banda a miles de trabajadores porque establece, además, una cláusula que les permite a las pequeñas y medianas empresas «salir» del convenio.


El canciller alemán Gerhard Schröder lo calificó como un triunfo de los «moderados de ambos bandos». Alberto Bombassei, presidente de la cámara metalmecánica de Italia, saludó esta «lección de diálogo» porque, dice, aleja la posibilidad de «una ofensiva salarial que, partiendo de Alemania, habría debido alcanzar a toda Europa, en primer lugar a Italia» (Il Sole, 17/5). Pero en el propio campo patronal hay quienes denuncian el acuerdo, argumentando que impulsaría la inflación y desestabilizaría a los mercados financieros.


El acuerdo firmado en Baden-Würtemberg, cerca de la frontera con Francia, fue rechazado por las patronales de Alemania del Este y recibido con «extrema frialdad» por los sindicatos de la región, claro que por razones diferentes. Las patronales lo califican como «impagable», y anticipan una nueva ola de despidos; para los trabajadores, está muy lejos de satisfacer sus reclamos elementales, ya que cobran salarios inferiores a los de los trabajadores del oeste.


El conjunto de contradicciones que plantea el convenio metalúrgico muestra cómo la crisis capitalista – la recesión, la quiebra de grandes empresas y la cada vez más pública crisis bancaria – le pone límites insuperables a la política de «consenso» (es decir, de estrecha colaboración con las patronales) que ha seguido históricamente la burocracia sindical alemana.

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