14/07/2005 | 908

EL 7-J

No sabemos a qué responde el hábito de condensar en cábalas la enumeración de los atentados que afectan a las metrópolis de ciertos países. El jeroglífico no se ha aplicado a Buenos Aires, que sufrió dos atentados, ni cobija a los que ocurren varias veces al día en Irak o a los que se han dado en Medio Oriente o el sudeste asiático. Queda la impresión de que los atentados tienen una calificación mayor cuando son sufridos por un Estado imperialista o que integra la coalición del imperialismo. Se ha creado una suerte de ranking, que reserva la calidad de ultraje a la civilización solamente a los que atentan contra las grandes potencias.


El atentado en el sistema de transporte de Londres tiene que ver, como una réplica, con la agresión imperialista a Irak, Afganistán o con el continuo despojo de tierras en Palestina, no obstante el llamado ‘retiro de Gaza’. Como lo titulamos en la tapa de este periódico en ocasión del 11-S, la responsabilidad es del imperialismo. La ocupación militar de Irak es una empresa de colonización y de dominación mundial, que no ha podido ser disimulada con ninguna clase de pretextos.


El atentado se asienta, por lo tanto, en un factor mayor de la política mundial, no en un supuesto desatino demencial. Si el calificativo ‘demencial’ tiene alguna aplicación válida es para el genocidio sistemático del imperialismo. Como escribió algún periodista, los atentados ‘islámicos’ son crímenes, las masacres imperialistas son ‘daños colaterales’. Hasta el día de hoy no existe una estadística oficial de ‘bajas civiles’ en Irak porque Estados Unidos no reconoce que esté agrediendo a la población civil. Los cien mil muertos que se llevan registrados han sido establecidos por una respetada asociación de médicos de Estados Unidos.


El otro factor de la política mundial sobre el que se asientan estos atentados tiene que ver con la crisis terminal de numerosos Estados que cuentan con el apoyo del imperialismo. Es el caso de Arabia Saudita, Afganistán o Pakistán. El derechista francés Bertand-Henry Levy califica a Pakistán como un Estado terrorista y denuncia que su gobierno descubre una célula o red terrorista cada vez que necesita un préstamo de Estados Unidos. El llamado terrorismo wahabista fue incubado por la lucha de clanes que se está disputando los despojos del Estado saudita —no es casual que hayan salido de allí los que perpetraron los ataques a las torres gemelas. El gobierno norteamericano no se puede desembarazar de ninguno de estos gobiernos, que son sus aliados, ni el imperialismo es capaz de producir una revolución social que transforme de cabo a rabo esas sociedades. Por eso se entretiene conspirando con los servicios de seguridad de esos países y toma partido erráticamente en la lucha entre sus clanes. Es decir, que el imperialismo le ofrece al fenómeno terrorista sus razones o motivos y hasta la estructura. Después del reciente atentado, la prensa internacional ofreció numerosas indicaciones de que los servicios de inteligencia occidentales eligen infiltrar a las llamadas células terroristas en lugar de desmantelarlas, con el argumento de la necesidad de remontar sus redes hasta la cabeza. Esto ya se vio en el pasado, con relación al espionaje soviético: todos cambiaban figuritas con el pretexto de que era el mejor método para evitar desbordes.


No es cierto, por lo tanto, que el terrorismo se encuentre fuera de control. Después de treinta años de atentados del IRA, es un despropósito caracterizar al 7-J como algo inédito desde la Segunda Guerra Mundial. Cinco días después del atentado ya ha quedado establecido que fueron ataques suicidas de personas debidamente identificadas. Ian Bremen, un especialista de los servicios, habla de “los ‘vestigios’ de la organización de Bin Laden”, la cual, asegura, “posee una capacidad considerablemente menor que hace cuatro años” (El País, 9/7).


El 7-J suscitó enfrentamientos entre los servicios de espionaje, que se responsabilizan por la falta de colaboración o coordinación. Es comprensible. La ‘globalización’ sólo puede alcanzar a los servicios hasta un cierto punto, pues una de sus principales funciones es servir de herramienta de provocación para sus gobiernos; no se puede esperar de ellos una cooperación consecuente. Esto explica que hasta el día de hoy no hayan revelado a los autores de los atentados en Buenos Aires, en 1992 y 1994.


Todo lo señalado sirve para destacar las enormes limitaciones de la resistencia islámica; está inmersa en un juego de aparatos, cuya cuenta la pagan los trabajadores victimizados en ambos campos del enfrentamiento.


Para abatir al imperialismo es necesario un gigantesco movimiento de masas.

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