El golpe que usurpó a la revolución

A diez años de la caída de Ceaucescu

En la Navidad de 1989, hace exactamente diez años, un golpe de Estado promovido por los stalinistas y los militares rumanos encarceló y fusiló al dictador, también stalinista, Nicolae Ceaucescu y a su esposa. Más que un golpe contra el régimen fue un golpe contra el pueblo, al que se le birló una victoria histórica: desde una semana antes de la Navidad, se desarrollaba en toda Rumania una gigantesca movilización revolucionaria. El día del golpe, cien mil trabajadores, concentrados frente a la sede del gobierno, habían obligado a Ceaucescu a huir. Mediante esta expropiación política de la revolución, nació la ‘democracia’ en Rumania.


Diez años después, nadie festeja el acontecimiento. No hay manifestaciones populares. Tampoco celebran los stalinistas ‘reconvertidos’ (Frente de Salvación Nacional) o sus sucesores, la coalición derechista del presidente Constanstinescu. Ocurre que la tensión y el malestar popular son tan grandes que todos temen que “cualquier chispa pueda iniciar los disturbios” (The New York Times, 23/12).


Las razones de la bronca popular sobran. Con la economía del país en caída libre (una producción que no alcanza el 70% de la del ‘89, una deuda externa impagable y una inflación galopante), las condiciones de vida de los explotados se han derrumbado: la desocupación en algunas localidades llega al 25%, mientras que el 60% de los rumanos vive por debajo del límite de pobreza. La situación de los jubilados es desesperante. En Bucarest y otras ciudades existen verdaderas legiones de niños durmiendo en las calles. Mientras tanto, florecen los ‘nuevos ricos’… que no son otros que los burócratas del viejo régimen devenidos en ‘empresarios’. El bloqueo de Serbia y el cierre del Danubio por los bombardeos de la Otan han dejado a Rumania sin uno de sus más importantes socios comerciales y sin su principal vía de comercio. El derrumbe de Rumania es una expresión de la crisis del conjunto de los Balcanes.


La clase obrera rumana ha librado grandes batallas contra los restauracionistas. La más importante fue la marcha de los mineros del valle del Jura a comienzos de 1999, que fue salvajemente reprimida. Pero apenas unos meses después de esta derrota, “reaparecen las huelgas violentas” (ídem). En Brasov, la segunda ciudad del país, más de cinco mil trabajadores de una fábrica de camiones y tractores atacó y ocupó la sede municipal en reclamo de aumentos salariales y el cese de los despidos. El gobierno se vio obligado a recular, “un comportamiento que corre el riesgo de repetir frente a las otras huelgas anunciadas” (Le Monde, 14/11).


Refiriéndose a la gran huelga de 1987 de los trabajadores de esta misma empresa contra los planes de flexibilización de Ceaucescu, el corresponsal del diario norteamericano afirma que “en ciertos aspectos, la fábrica es donde comenzó la revolución de 1989”.


La observación no es inocente ni gratuita. El fracaso del ‘comunismo’ -es decir, la dictadura de los burócratas- y el posterior fracaso del ‘mercado’ indican que se engendra una nueva revolución en Rumania.